CLAVE 1: La vida siendo atea

El próximo día 16 se celebrará el coloquio sobre el libro Dios no va conmigo entre profesoras creyentes y no creyentes de la Universidad Francisco de Vitoria. Pese al atractivo de la propuesta, este evento podría resultar algo ajeno para aquellos que no han leído el libro, por eso, en estas dos semanas ofreceremos algunas claves de la historia que narra Holly Ordway (su autora). Así, destacaremos algunos momentos significativos del libro a modo de píldoras muy breves para contextualizar el coloquio.

También recomendamos dos reseñas publicadas y escritas por los profesores de Literatura José Manuel Mora-Fandos (Universidad Complutense de Madrid) y Victoria Hernández Ruiz (Universidad Francisco de Vitoria).

#1 La vida siendo atea

«Cuanto más me enamoraba intelectualmente del ateísmo, me encontraba con que más me costaba vivir a la luz de sus conclusiones»

Holly Ordway creció sin influencias religiosas evidentes, durante su treintena, ejercía como profesora de Literatura en la universidad y estaba orgullosa de afrontar la vida desde un firme ateísmo. Consideraba que cualquier otra opción era irracional, inculta o supersticiosa. Este era también su concepto de la fe: ilusión o incluso a veces hipocresía. En definitiva, la concebía como un modo de autoengaño para no afrontar el sinsentido del mundo.

Por el contrario, ella encontraba satisfacción en no ser víctima de ese supuesto miedo que tenían otros para aceptar la verdad, es decir, para reconocerse fruto del azar. «Hay algo terriblemente seductor en sentirse superior. Una vez estás allí, resulta difícil echarse atrás», escribe. Con todo ello, Ordway pretendía ser honesta intelectualmente y encontraba dificultad para hacerlo desde esa posición: «cuanto más me enamoraba intelectualmente del ateísmo, me encontraba con que más me costaba vivir a la luz de sus conclusiones», confiesa.

Si afirmaba que la vida no tenía un verdadero sentido, ¿qué sentido tenía vivirla?. Aun así, ella buscaba cierta felicidad en las actividades con las que creía que merecían la pena. De esta forma aliviaba esa inquietud de la pregunta, pero no la resolvía en absoluto porque en la práctica ni la enseñanza, ni la esgrima, ni escribir, ni ahorrar, ni invertir le bastaba. «Me dedicara a lo que me dedicase, nada me satisfacía (…) Si la vida realmente no tiene un sentido, entonces nuestras acciones tampoco pueden tener un sentido por sí solas», escribe. Además, se dio cuenta de que el orgullo en que se apoyaba no le hacía bien, pues en el fondo, entender su identidad como una «mota carente de sentido dentro de un universo indiferente» le conducía a postulados e ideas alarmantes sobre la dignidad de la persona y alimentaba su ira.

«Pensaba que merecía la pena vivir la vida aunque fuera difícil. ¿Cómo podía ser de ese modo y aun así carecer de sentido? El ateísmo conduce al autoengaño o a la desesperación cuando se vive de manera coherente»