Dios no va conmigo

Victoria Hernández. Coordinadora del Grado en Humanidades UFV escribe esta reseña del libro Dios no va conmigo, de H. Ordway.

Cruzar el Tíber no es un asunto fácil. En el mundo anglosajón, mayoritariamente reformista en las muchas y variadas facetas que engloba el protestantismo, Roma es una de las formas utilizadas para referirse a la Iglesia Católica, y por tanto la expresión que refiere al avance hacia la Ciudad Eterna una vez vadeado el gran río que la rodea, encierra un significado metafórico que señala a la conversión al catolicismo.

Y cruzar un río como el Tíber no es fácil, el caudal a su paso por Roma es inmenso, cercano ya a su desembocadura. Y la dificultad consiste, entre otras cosas, en que va la vida en ello porque una vez en el agua no hay marcha atrás. No sé qué tienen los ríos de Italia para las metáforas, pero César lo vio claro cuando decidió cruzar el Rubicón saltándose todas las leyes al respecto para derrocar a Pompeyo: Alea jacta est.

Esta es la línea argumental principal del libro del que venimos a hablar, Holly Ordway, profesora universitaria de Literatura, atea convencida, descubre lo insatisfactorio de su posición intelectual y lo inexpugnable de la fortaleza racional que ha construido para salvaguardarla. Este descubrimiento lo realiza a través de la literatura que ella enseña, a la que ha dedicado su vida y por la que transitó durante muchos años sin percatarse de los tesoros que encerraba. Una vez hallada la incongruencia que la hacía sentirse vacía, decide ponerse a buscar algo que la llene y esta búsqueda la conduce a las orillas del río en el que ahora toca mojarse.

Y Ordway se mete hasta el cuello, porque para ella la cuestión es muy seria. No se trata la suya de una conversión sentimentaloide o espiritualista, no; a ella la gracia la atrae hacia un reto planteado desde la inteligencia, y que precisamente se desarrollará en un terreno de juego en el que ella cree jugar en casa. Su pretendida postura de superioridad intelectiva inicial se va desmoronando mientras descubre con verdadero asombro las razones de la fe a través la teología natural y los desarrollos filosóficos.

Porque Ordway es una mujer racional, metódica y una investigadora meticulosa que aplica en su discernimiento sobre la búsqueda de la causa incausada y del bien supremo del que emanan todos los bienes el mismo rigor con el que encara la edición de un texto de la poesía inglesa del XVI, el análisis retórico de Keats, o su tesis sobre Tolkien. Y cuando se da cuenta, ya no hay marcha atrás. La corriente la arrastra hasta la otra orilla en el momento en que sus defensas comienzan a filtrar el agua de forma imperceptible y el constructo racional que negaba ciegamente lo que a ella le parecían cuentos para niños se va desmoronando ante la paulatina contundencia con la que los argumentos de razón le van siendo revelados.

La autora ha llegado a una tregua en su travesía fluvial en la que admite la existencia de un logos eterno, pero no puede admitir que se haya hecho presente en su propia creación, que el bien y la inteligencia infinitos se mezclen con el barro de la materia, y menos aún puede comprender de qué modo la existencia de ese logos nos garantiza la vida después de la muerte. El golpe de gracia, sin embargo, lo recibe de la manifestación esplendorosa de la pura belleza de un atardecer sobre el Pacífico. Envuelta de la luz del crepúsculo reflejada en las olas, tiene conciencia plena de Su presencia y entiende por fin, con la sencillez de la metáfora que a ello aplica, lo cerca que ha estado todo este tiempo de lo inaprehensible de la fe. Y tras la racionalización, llega la imaginación.

En su infancia, fantaseaba con visitar la Tierra Media: pasear bajo los altos mellyrn de Lothlórien y desayunar por segunda (o tercera) vez en un agujero hobbit, pero sabía que al tratarse de un lugar imaginario la empresa era imposible. ¿Y si no era así?, ¿y si de repente descubriese que la Tierra Media existía realmente y que podía visitarla? La vida que tanto amaba, colmada de cosas bellas y que se escurriría irremisiblemente como el agua entre los dedos al llegar la muerte, cobraba certeza como promesa de felicidad inconmensurable, como esperanza de realización de los más altos anhelos.

Detenemos en el presente clímax el desarrollo de este suculento relato autobiográfico, pues si bien las historias de conversión anticipan por su propia naturaleza el desenlace con bastante nitidez, no es cuestión de destripar el final a los lectores. Y merece mucho la pena saborear con detenimiento las páginas de Holly Ordway, ya que no solo exhibe en ellas un meticuloso método de análisis sobre sus avances hacia la fe, sino que lo hace con una prosa muy sugerente y significativa, pues no deja cabo suelto en sus juicios y disquisiciones más profundas.

Pero el texto es transparente en su ligereza, pues como estudiosa de la literatura que es, se vale de la analogía, el símil y la metáfora con una maestría impecable, accediendo a los abismos de la teología con gran agilidad mediante capítulos breves y luminosos. No desvelo más, prefiero que los lectores saboreen por sí mismos la exquisita selección de textos literarios con que Ordway trufa su narración. A los ya mencionados Keats y Tolkien, se suman numerosos autores de todas las épocas: desde Gerard Manley Hopkins, hasta John Donne; desde C. S. Lewis hasta Gary Habermas; pero también T. S. Eliot, George Herbert, G. K. Chesterton, N. T. Wright, Peter Kreeft, Lewis Carroll o Dante, entre otros muchos.  

Y ahí residen las bondades de la obra: es una apologética que se presenta como un sencillo cuaderno de bitácora; un testimonio de conversión que muestra la dureza del camino recorrido y que puede parecer así de poca ayuda para los que estén decididos a ponerse en marcha. Pero sin tratarse de un discurso eminentemente persuasivo o de una alta erudición teológica, la obra no deja indiferentes ni a propios ni a extraños, y lo consigue porque junto a todo ello también es una miscelánea de literatura inglesa que sirve como instrumento de gracia para la autora y como tabla de salvación para muchos nadadores. Y todos lo somos en algún momento de nuestra vida: los audaces que se meten en el agua por vez primera, o aquellos que han de hacerlo como camino de vuelta a Roma. Nadadores que cruzan victoriosos el Tíber.

Holly Ordway, Dios no va conmigo. [Trad. Julio Hermoso. Not God’s Type. An atheist academic lays down her arms. Ignatius press, 2014]. Instituto John Henry Newman. Ed. UFV. Pozuelo de Alarcón, 2019. 195 páginas.

Holly Ordway es una profesora de Literatura estadounidense que ha impartido clase en diversas universidades de todo el país, doctora en Literatura Inglesa por la Universidad de Massachusetts Amherst, ejerce actualmente como catedrática de Lengua y Literatura Inglesa en la Universidad Baptista de Huston, universidad en la que también coordina el titulo superior de Apologética.