Se las lleva el viento

El novelista Javier Marías falleció hace unas semanas y por el afecto que le profesaba como narrador no puedo dejar de rendirle un pequeño tributo en mi estreno en esta columna del Newman. Hace unos meses tuve el honor de ser elegida, entre otros muchos, para proponer a un nominado al Premio Nobel de Literatura. No dudé en presentarlo como candidato, pues durante años tuve la certeza, como así trasladaba a mis alumnos curso tras curso, de que su obra ameritaba tal galardón. Ahora el Nobel ya no recibirá nunca a Javier Marías.

Aunque muchas de sus novelas tratasen de cerca el tema de la muerte y de los muertos y de los vivos que los sobreviven; y aunque también fuera recurrente en sus relatos el tema del tiempo y el olvido, y si bien pudiera parecer adecuado, no traigo aquí hoy a JM por ello sino por su amor infinito a las palabras y por el uso preciso, certero que de ellas siempre hizo. Los que estudiamos las cosas del escribir conocemos la importancia de su correcto manejo y del obstáculo que puede suponer, del estorbo que implica su deficiente utilización.

En  el discurso de ingreso en la Real Academia Española en el año 2008, titulado Sobre la dificultad de contar, el novelista se lamenta de la ardua tarea de narrar y apunta que “nuestra labor no solamente es pueril, sino absurda, una especie de trampantojo, un embeleco, una ilusión, una entelequia y una pompa de jabón. En el fondo está destinada al fracaso y además es casi imposible”.

Y no solo pone en tela de juicio la objetividad de lo contado al pasar por los tamices del que cuenta, sino que reconoce las carencias insalvables que presenta el traslado de la realidad al código verbal, pues “al recurrir a la palabra, se echa mano de un instrumento impreciso, metafórico, siempre inexacto, obligadamente figurado, meramente sustitutivo y hasta cierto punto inservible para la tarea”.  Son insuficientes las palabras para reproducir lo acontecido, para replicar lo visto, lo escuchado o lo vivido; por no hablar de aquellos otros asuntos que catalogamos de inefables y de los que trataremos en otra ocasión.

Pero si las palabras no bastan, ¿qué lo hará? Necesitamos desplegarnos, volcar nuestro interior, contar historias, pues somos homo narrans y esta dimensión antropológica no claudica ante la contingencia del verbo. Las palabras, aunque incapaces de trasladar la totalidad de lo comunicable, prestan su humilde servicio tanto al niño que pide agua, como al poeta que canta a las estrellas; tanto a la madre que eleva una plegaria, como al escritor reconocido por la Academia. Así, esta humilde imperfección nos es imprescindible y por ello, la palabra es tan  fascinante.

Pero como dijimos, Marías amaba las palabras por muy caprichosas o escurridizas o volubles que fuesen y, en ese mismo discurso, reconoce que existe un ámbito en el que son dueñas y señoras de la veracidad, que hay historias que sí pueden ser fidedignas, narradas sin ausencia de imprecisión o duda, aquellas historias que cuentan “lo que nunca ha sucedido. Lo que no ha tenido lugar ni ha existido, lo inventado e imaginado, lo que no depende de ninguna verdad exterior. Sólo a eso no puede agregársele ni restársele nada, sólo eso no es provisional ni parcial, sino completo y definitivo”.

Marías recibió el don de la palabra en un grado que solo unos pocos privilegiados reciben, pues son capaces de contar historias completas y definitivas. Hoy, con su media sonrisa, desde el cielo del parnaso y junto a sus admirados Cervantes y Stevenson, Sterne y Dickens charlará de poesía. Y aquí, entre el repiqueteo de las gotas de la lluvia creeremos escuchar el de las teclas de su máquina de escribir, negro sobre blanco, palabras y más palabras. Palabras que nunca se llevará el viento.