Los seres humanos tenemos una pertinaz dificultad para acoger aquello que se nos da (y que por lo tanto es un don), comenzando por la propia vida. Y tenemos también particular impedimento para comprender la compleja y rica realidad que nos rodea. Es una tarea, escribe Irich Murdoch en La soberanía del bien, llegar a ver el mundo tal y como es.

No sé si por eso, o por la inconsciencia que crece en los profesores que tenemos ya algunos años de vuelo, me planté en clase de Bellas Artes con la intención de interpelarles sobre la contemplación, la permanencia y aquello que no debe ser cambiado. “Hartos como estaréis, supongo, de tanto cambio, de que casi todo el mundo os invite a cambiar el mundo … Hartos de que el cambio os agote, no tanto por los cambios en sí, sino por los pelos que nos vamos dejando en las gateras de las transiciones, hoy os quería hacer dos preguntas, aparentemente dispares: la primera es que si hay algo en el mundo que, a vuestro juicio está bien hecho, y que por lo tanto más nos convendría no menearlo, ni cambiarlo en nada; y  la segunda es por qué creéis que los activistas de moda, esos que se cuelan en los museos armados con latas de tomate y purés de patata, no les ha dado todavía – y no quiero dar ideas – por arremeter contra el arte contemporáneo. Como decía Groucho Marx, cuando le espetó a una dama que si se casaría con él y que si era rica, contéstenme primero a la segunda pregunta.  

Tras el silencio infrecuente, un alumno aventajado, de los que contra la costumbre se sientan atrás del todo, levantó la mano y respondió: “difícilmente se puede desfigurar lo que no tiene una figura muy reconocible”. Touchés. Nos dio para hacer y rehacer preguntas, para hablar sobre figuras y desfiguración, realidad y relato, sobre relativismo moral y verdades absolutas, y sobre cómo es legítimo (o no) expresar esa particular forma de verdad que cada uno lleva dentro. Les puse la foto del diario digital en la que aparecían dos de las llamadas activistas pegadas a las majas de Goya. Hubo también aquí una infrecuente unanimidad y, aunque ellos lo expresaron con otras palabras, quedó en el aire la sensación de que eran dos necias (en el estricto sentido de la palabra) a un marco pegado, unas necias superlativas.

Luego taurinamente – y asimismo contra la costumbre -, una alumna de las de adelante cambió el tercio y nos dijo “yo no cambiaría ni una pincelada de Las Meninas, ni a mi hermano que tiene síndrome de Down”. Y entonces las preguntas que cada uno teníamos retenidas, comenzaron a agitarse y a querer salir. Salieron tantas que – ay mísero de mí, ay necio grande – me quedé sin tiempo para la flipped classromm que tenía preparada. A ver qué les contesto ahora a los evaluadores cuando vengan a preguntarme por las nuevas metodologías que implemento en el aula.  

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