El cielo necesita nuestra carne

Belén Martín Gonzalez. Coordinadora de Mentores UFV

En estos días he tenido que hacer inmersión en la obra de Jesús Montiel. Me he enredado en versos luminosos que no me dejaban cerrar la boca ni los ojos, por la profundidad que iba descubriendo. Incluido en un librito ligero y blanco titulado Insectario, me he encontrado con PARAÍSO:

No puedo concebir un Paraíso

que ignore la maleza de estos nervios

tantas veces crispados,

la sangre con su prisa de ambulancia

o el orden milagroso de las tripas

que gruñen mi retraso en la autovía.

Que prohíba la entrada

de tus muslos o borre sus varices

-ramaje atardecido donde enredo las manos-.

Que rechace la rampa de tus piernas

y olvide cómo absorbe tu ombligo

la blancura del vientre igual que un fregadero.

El Cielo necesita nuestra carne:

papel donde el amor

aprende a pronunciarse y se concreta.

Sigo con la boca abierta para que penetre directa al corazón la verdad que estos versos esconden: el Cielo necesita nuestra carne, es en mi realidad encarnada donde se escribe el camino al Cielo. No hay que esperar tapándose la nariz a que “todo esto pase”, a “cuando llegue la normalidad”. Ni lamentarse por la planta que me dejé en la oficina sin riego automático, o el vestido que cuelga en una percha de la tintorería, limpio y listo para una gran fiesta que cancelaron. Es el hoy, mi vida y cuerpo de hoy, donde puede escribirse una historia de amor que ya es camino hacia el Cielo y, por tanto, cielo cotidiano.

Mi boca abierta ante esos versos quiere absorber todas las respuestas ¿quién escribe esa historia? ¿qué pluma o punzón utiliza el Escritor para marcar las letras? ¿será permanente el tatuaje, para que mi cuerpo me recuerde con insistencia lo escrito y lo no escrito? Me falta el aire. Y el mismo autor, como aplicando un respirador de UCI sin lista de espera, me dice: Lo difícil de vivir es vivir dándonos cuenta (Notas a pie de instante, 2018). Por favor, que no se me escurran los días, con esta prisa virtual que no me ancla a nada ni a nadie, con esta eucaristía insípida porque le falta el cuerpo -el mío- con que unirme como a un papel de calco y quedar marcada para siempre. ¿Cómo vivir dándome cuenta?

Y sigo con la boca abierta. Esta vez para dejar salir una petición de mi alma. Petición que no sé formular, es como un silencio, como un mostrarse desnuda en la camilla del tatuador. Quiero vivir dándome cuenta, reconocer la profundidad de tu Sello en mi corazón. Y que ese sello me duela, me reavive, me levante a las tres de la madrugada porque mi hija tiene fiebre, y me permita doblar bien el mantel, cambiar los trapos de la cocina para encontrarlos mañana limpios, apagar todas las luces.