Parece ya un lugar común en las películas y series con algún villano que en realidad no sea tan malo, o no lo sea de ninguna de las maneras. A menudo se justifica esto aduciendo alguna causa ajena a la voluntad del antihéroe, por ejemplo un acontecimiento traumático del pasado, que determina de tal manera su conducta que obligado por las circunstancias termina por hacer daño a otros “sin querer”.
Resulta curiosa esta forma de razonar que trata de excusar incluso al supuesto malvado contumaz y que a base de excesiva indulgencia con el malhechor niega también la existencia misma del mal. Uno de los problemas de esta lógica exculpatoria es que aplicada de forma general elimina la diferencia entre víctima y victimario o perpetrador. Con la consiguiente autocomplacencia que nos ciega a la cualidad moral de nuestros actos sea lo que sea lo que hayamos hecho.
Que el ser humano tiende al autoengaño no debería ser una tesis sorprendente para cualquiera que tenga uso de razón y se conozca mínimamente a sí mismo. Nos ocultamos a nosotros mismos por muchas razones, una de las cuales es que, como decía T. S. Eliot en el poema “Burnt Norton” de sus Four Quartets, el ser humano no puede soportar demasiada realidad. Hay algo en nosotros que preferimos no saber y que no se sepa. Algo que nos avergüenza y que mantenemos escondido porque, como ocurría con el familiar deforme o demente, uno no puede deshacerse de él sin convertirse en un monstruo, pero tampoco quiere que otros lo averigüen y por eso prefiere vivir como si no existiera. Algo semejante ocurre con nuestras faltas, defectos y, por qué no decirlo, pecados. ¡Cuán preferible es aparecer ante nosotros mismos y los demás como víctima sin mancha que como victimario mancillado! Hasta tal punto puede llegar ese autoengaño individual y colectivo que prefiramos la supuesta inocencia a costa de privarnos de toda forma de responsabilidad.
A menudo, las acciones malvadas que deforman al individuo y enferman a la sociedad se atribuyen exclusivamente a causas inevitables. Se suele señalar, por ejemplo, un trauma infantil, una pasión irrefrenable o una ignorancia invencible. Sin embargo, bajo esta premisa, dejaría de tener sentido disculparse, ser castigado por una ofensa o incluso ofenderse por el daño recibido.
Sólo se puede ser víctima cuando hay quien realiza una injusticia a sabiendas y alguien que la sufre en sus carnes, es decir, cuando hay quien elige ser victimario o verdugo a expensas de la vida, fama, bienes, etc. de otro u otros. En la forma específica que adquiere el autoengaño en relación con nuestra capacidad de actuar libremente, salir del ocultamiento implica aceptarse como capaz de todos los errores y horrores, incluido ese pernicioso vicio de excusarse siempre que se hace algo malo, infame o cruel. La auténtica víctima conoce tan de cerca el dolor que produce la maldad humana que prefiere ser la que sufre a ser ella la causante del sufrimiento. Esa es la razón por la que una verdadera víctima si pudiese elegiría dejar de serlo, mientras que la persona que se hace la víctima elige serlo. Por desgracia la víctima genuina es la que ha llegado a conocer las profundidades del corazón humano ⏤incluido el suyo⏤ al verse obligada a enfrentarse al abismo que lo constituye íntimamente. Quizá convendría meditar de nuevo la antigua enseñanza socrática que afirma que un lugar en el que no hubiera victimarios e injusticia tampoco habría espacio para las víctimas y la justicia, y sería un mundo habitado por seres opacos para sí mismos y para sus bajezas. ¿Y quién querría vivir en un mundo así?

