En 1851 John Henry Newman recibió el encargo de crear una universidad católica en Irlanda. La idea de la universidad (Ediciones Encuentro, 2025) recoge una serie de ensayos, discursos y conferencias en relación con este empeño. Se trata de un libro dividido en dos partes: la primera, La enseñanza universitaria, en su título original, Discourses on the Scope and Nature of University Education (1852), recoge los primeros nueve discursos de los que se ocupa esta reseña y fueron pronunciados en Dublín antes de la fundación de la universidad.
Por otro lado, Temas universitarios (Lectures and Essays on University Subjects, 1858) titula la segunda parte de esta edición y agrupa conferencias y ensayos posteriores que complementan y desarrollan las ideas de los primeros discursos. Esta edición, con una traducción nueva reunida por primera vez en un único volumen, ve la luz en el mismo año en el que el papa León XIV proclamó a Newman Doctor de la Iglesia y copatrono de la educación junto a Santo Tomás de Aquino.
Leer la primera parte de La idea de la universidad de John Henry Newman hará que más de un lector le mantenga una mueca sostenida por la asombrosa actualidad que tiene. La visión de Newman, clarividente y profética de su tiempo bien podría aplicarse, en muchísimos aspectos, a nuestra sociedad posmoderna. No me refiero solo al retrato de la crisis universitaria, abanderada hoy por la hiperespecialización y la técnica, sino que Newman capta una crisis más profunda con la que nos podemos seguir identificando: la de un corazón humano centrado en la lógica de la utilidad, embriagado por las promesas del progreso y necesitado, aún sin saberlo, de un alimento intelectual que le ayude a descubrir su propia humanidad.
Newman propone en estos discursos una idea de universidad que proporciona una formación en los hábitos del espíritu, para ordenar nuestra razón y nuestro corazón, para vivir una vida a la altura de la hechura humana. Una formación que bebe de toda la tradición clásica y que no ha perdido vigencia. Vaya por delante que no estamos ante una lectura ligera, sino que nos encontramos ante un recorrido profundo y elevado en el que el autor quiere hacer con nosotros un camino racional y argumentativo de las ideas que quiere defender.
Ante la ardua tarea de llevar a cabo una universidad católica en Irlanda, secundando la petición del Papa Pío IX, Newman escribe los discursos, en cierta medida, como respuesta a las objeciones y recelos que algunos intelectuales tenían en relación con el proyecto. Los prejuicios de la inutilidad de erigir una universidad católica y del exclusivismo religioso asociado a ella estaban ampliamente extendidos, pues esta universidad era la alternativa católica a la Universidad de Dublín (Trinity College), de tradición anglicana. Sin embargo, sería un error tomar estos discursos como una mera reacción defensiva, como un ejercicio de pura refutación.
Resulta significativo cómo a lo largo de los discursos nos va mostrando que la verdad no se da aislada sino en diálogo, y que para alcanzarla es necesario ponerse en camino con otros, que una verdad que no se deja interpelar bordea el dogmatismo. En este «método newmaniano» resuena su lema cardenalicio Cor ad cor loquitur (1). La conciencia de la necesidad de escucha atenta a las cosas y a Aquél que las ha hecho impregna toda su obra y también estos escritos.
A lo largo de los discursos John Henry Newman desarrolla dos ideas fundamentales: la primera, la de la teología como garante de un conocimiento verdadero. Y la segunda, una defensa del saber por el saber, o, dicho en otras palabras, una defensa de la educación liberal.
El primer gran tema que encontramos en los primeros discursos es el de la teología como ciencia, cuya presencia en la institución universitaria es nada menos que garante de la universalidad, de cualquier universidad que se precie de llevar este título. Esto puede resultar escandaloso en la mentalidad actual, pero Newman nos lleva magistralmente por las razones que sostienen este argumento.
Contra los prejuicios de la época, también de la nuestra, la universidad católica no es aquella que tiene un departamento de pastoral y crucifijos en sus aulas. Tampoco la que enseña valores o la que asegura que aquellos que la habitan sean cristianos o lleguen a serlo. Newman alude principalmente a la condición de la teología como ciencia. Una universidad católica, dice Newman, por su mismo nombre profesa y enseña un saber universal y, por tanto, debe incluir la teología dentro de su currículo.
«¿Es, entonces, lógico y coherente que un centro de saber se autodenomine universidad y excluya a la teología del catálogo de sus estudios? ¿Y es extraño que los católicos, solo desde el punto de vista de la razón y dejando al margen la fe o el deber religioso, estén insatisfechos con las instituciones existentes, que se dicen universidades y se niegan a enseñar teología; y que deseen, en consecuencia, disponer de centros de enseñanza que no sean no solo más cristianos sino también más devotos del saber en su estructura y amplios y profundos en sus ofertas?» (2)
Su carácter pedagógico y la precisión en las ideas y los conceptos le llevan a aclarar un aspecto del pensamiento dominante: la teología no es estrictamente la religión cristiana, mucho menos una religión cristiana reducida al sentimentalismo o a la experiencia de unos pocos más o menos influenciados por la educación o las costumbres de una u otra época. Tampoco se trata exclusivamente de una creencia por influencia cultural, posición social o educación familiar. Esto poco o nada tendría que ver con la universalidad de la razón humana.
Tampoco se refiere, siquiera, al hecho histórico de Jesús de Nazaret, que sería argumento suficiente, por su historicidad, para ser tomado en cuenta en la Universidad. Newman centra su argumento en mostrar que la teología natural, aquella ciencia que ordena y sistematiza las verdades sobre Dios como creador inteligente y sustento de todo lo que existe, se puede conocer como ciencia en el sentido aristotélico, y que la verdad religiosa no será solo una parte de todo el conocimiento sino, si se toma como lo que es, una condición para este. De lo contrario, la enseñanza universitaria sin teología sería anti-intelectual.
Si existe una verdad religiosa-teológica, no se pueden cerrar los ojos ante ella sin perjudicar a todas las verdades que estudian las demás ciencias. En ausencia de la teología será la ciencia la que intente dar una respuesta teológica y excederá el recorrido que le es propio.
A partir del quinto discurso, Newman desarrolla una segunda idea principal: la del saber como un fin en sí mismo. Se trata de una puesta en valor del conocimiento que va más allá de los contenidos sin excluirlos, porque, en palabras de Newman, «su mera presencia en nosotros hace por nosotros a manera de hábito, aunque no se emplee para ninguna otra cosa ni sirva para un fin directo» (3)
El conocimiento, tal como lo entiende Newman, no se trata de cultura como la entendemos hoy: aquel que acumula conocimientos de muchas ramas del saber. Educación liberal significa la formación en la disciplina intelectual que cultiva la capacidad de pensar, que da músculo a nuestra razón. La propuesta que hace Newman como principal tarea de la universidad es realizar una serie de actividades educativas que conformen la mente para el desarrollo de ese hábito filosófico que permite relacionar distintos aspectos de la realidad y comprenderlos en su conjunto.
Si la teología garantiza la universalidad del saber, podemos decir entonces que la segunda gran propuesta de Newman responde a una pregunta distinta: ¿para qué sirve ese saber? Esta cuestión sigue resonando en los oídos de muchos profesores de humanidades, cuyos alumnos demandan la utilidad de esta o aquella asignatura. La primera impresión podría generar hastío o desánimo por la estrechez de miras, pero si miramos un poco más al fondo, nos damos cuenta de que la pregunta apela directamente al sentido: ¿de qué me sirve estudiar esto, esto hará que mi vida valga la pena? Podemos decir con Newman que la educación liberal es lo más útil que existe porque nos va conformando el espíritu. Nos va proporcionando una «iluminación» o «ensanchamiento de la mente». Una especie de conversión del intelecto, dice Newman, que hace que cada evento signifique algo, que pueda dotar de estima y criterio a todo lo que ocurre: esa «visión clara, serena, precisa de todas las cosas, en la medida en que una mente finita las puede abarcar, cada una en su sitio y con sus características propias». (4)
En una época en la que se pone en duda el valor del conocimiento humano frente a las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial, Newman nos pone delante de un aspecto insustituible de esta capacidad. Ninguna tecnología puede suplir esos hábitos intelectuales que dotan a la persona de estructura, capacidad crítica, y la orientan hacia el reconocimiento de la verdad por sí misma. El temor no debería ser tanto por la pérdida de formación en contenidos sino por lo que el aprendizaje de esos contenidos hace en nuestra razón. Newman describe así los frutos de esa formación: «y el mundo, que ha dejado de ser gris, monótono, sin provecho y sin sentido, es ahora un drama variado e intrincado, con partes distintas, con un objeto y una lección moral que sobrecoge». (6)
Newman lo entendió muy bien y puso toda su vida al servicio de esta tarea. Decir disciplina intelectual o hábito filosófico puede tener poca floritura o poesía, pero no por eso pierde esencialidad. La disciplina intelectual es lo que más le conviene al ser humano y, a su vez, lo que mejor le capacita para desempeñar sus deberes en la sociedad (7).
Si hay que asignar un fin práctico a las actividades de la universidad, sería este: el de formar buenos miembros de la sociedad cuyo arte es «el arte de la vida social y su fin es hacerlos idóneos para el mundo». La formación universitaria, dice Newman, no es otra cosa que un medio ordinario que aspira a elevar el tono intelectual de los hombres y mujeres de cada tiempo, para dotar de serenidad al espíritu del que vive en sí mismo a la vez que vive en el mundo, del que sabe cómo ser feliz en su tierra cuando no puede salir fuera (8).
En la sociedad del rédito inmediato, reivindicar algo que lleva tiempo y esfuerzo, algo que tiene valor por sí mismo es cuanto menos escandaloso. La ganancia, paradójicamente, es aprender a vivir y gozar de eso que no tiene ganancia aparente. Esto, a su vez, a ojos de Newman es ya una ganancia para el mundo. ¿Hay algo más necesario y urgente que esto?
[1] El lema Cor ad cor loquitur —«el corazón habla al corazón»— Newman lo toma de san Francisco de Sales, con motivo de su nombramiento como cardenal en 1879. Resume una convicción que atraviesa toda su obra: la verdad no se transmite solo por argumentación abstracta, sino por contacto personal, por influencia viva de una persona sobre otra. El diálogo es para Newman una exigencia del propio modo en que la verdad se comunica entre personas.
[2-8] J. H. Newman, La idea de la universidad (Madrid: Ediciones Encuentro, 2025).
El Instituto Newman de la Universidad Francisco de Vitoria comparte mensualmente una serie de publicaciones dedicadas a John Henry Newman para profundizar en la vida, el pensamiento y el legado de este gran santo y analizar su relevancia para nuestra vida y la vivencia universitaria actual.
Su nombre tiene el San delante desde octubre de 2019 pero nuestro Instituto lleva su nombre desde hace 20 años. Merece la pena conocer a esta figura, entender porque nos gustaría ir siguiendo su huella en esta casa, la Universidad Francisco de Vitoria. De ahí que compartamos con vosotros cada mes un breve artículo o pieza audiovisual explicando la hondura de este personaje de la mano de profesores universitarios que admiran su inteligencia de la fe y su inteligencia de la realidad.

