Una universidad donde formar la mente para habitar el corazón. La idea de la universidad de John Henry Newman (II)

Cristina Cañete

Instituto John Henry Newman

Los discursos de John Henry Newman no solo llegaron al público que los escuchó: se prolongan hasta nosotros con cautivadora actualidad. La segunda parte de La idea de la universidad, titulada «Temas universitarios tratados en lecciones y ensayos ocasionales», recoge diez conferencias que impartió siendo ya rector de la Universidad Católica de Irlanda entre 1854 y 1858. No son un mero añadido o rectificación a los discursos de 1852 —recogidos en la primera parte, La enseñanza universitaria—, sino la mirada lúcida que un rector ofrece desde la experiencia. Ediciones Encuentro reúne ahora ambas partes en un único volumen, por primera vez en castellano, y nos devuelve así a las preguntas perennes sobre qué es y qué no es una universidad a la luz de las enseñanzas del recién proclamado Doctor de la Iglesia.

Y es que pocas trayectorias situaron a un hombre ante una responsabilidad semejante a la de Newman: recibir la mejor herencia universitaria conocida y levantar, a la altura de su tiempo, una nueva institución académica católica. Esta recopilación responde a la necesidad de recuperar las cuestiones esenciales que se abrían paso entre las facultades, los alumnos y los docentes de aquella universidad que daba sus primeros pasos. No nos encontramos, por eso, ante un tratado sistemático, sino ante la observación atenta de aquellos pilares sin los cuales la universidad perdería su esencia al renunciar a su propósito de ensanchar la mente: el lugar de las letras en el cultivo de la mente (discursos I, II y III), la convivencia entre las ciencias y la teología (discursos VII, VIII y X), y la formación del intelecto al servicio de la Verdad (discursos IV, V, VI y IX).

El primer núcleo agrupa los discursos dedicados al papel de las letras en la formación de la mente. En la conferencia inaugural de la Facultad de Filosofía y Letras defiende que las letras (los clásicos, la lengua, la literature) no son un mero ornamento periférico, sino un objeto directo del ejercicio intelectual universitario. Una universidad existe para formar mentes, no para acumular información. Esta convicción adquiere en el segundo discurso su raíz antropológica más profunda: la palabra griega logos, recuerda Newman, significa a la vez «razón» y «habla», y un sentido no puede separarse del otro; porque son un solo sentido verdaderamente. Esa unidad entre pensar y decir explica por qué para Newman las letras son educación de la mente entera: quien aprende a expresarse aprende a pensar.

El tercer discurso aplica esa conclusión al terreno concreto de la literatura católica en lengua inglesa, mostrando cómo asumir críticamente una tradición nacional sin renunciar a su grandeza ni reducirla a sus errores. Hay grandes escritores adversos a la fe católica, pero precisamente por eso el estudiante debe leerlos: no para refugiarse de ellos, sino para medirse honradamente con su talento.

El segundo núcleo agrupa los discursos en los que Newman aborda la convivencia entre las ciencias y la teología, aspecto ampliamente estudiado en la primera parte. La conferencia inaugural de la Facultad de Medicina interroga la relación entre la Revelación y la ciencia física, y el discurso a los estudiantes de Medicina retoma esa cuestión desde la profesión al denunciar los riesgos de una visión reduccionista del hombre. Pero es en el discurso escrito para la Facultad de Ciencias donde Newman formula con mayor precisión su idea de universidad como organismo del saber.

La universidad, dirá, no mantiene una sola línea de pensamiento ni sacrifica ninguna: actúa como árbitro que asigna a cada verdad su orden de precedencia, sin imponer desde fuera lo que cada disciplina debe descubrir desde dentro. Y lo hace porque parte de una convicción decisiva: si la verdad es una, ninguna ciencia honesta puede contradecir en último término a otra. La universidad se convierte así en el espacio donde esa unidad se hace visible, no por imposición, sino por la fidelidad de cada disciplina a su propio objeto, a la verdad de la realidad.

El tercer núcleo es probablemente el corazón vivo del libro. Recoge los discursos en los que Newman se asoma a la intimidad misma del trabajo universitario: qué hace el alumno cuando aprende, qué hace el maestro cuando enseña, qué se forja en una mente que se deja modelar por la verdad. Aquí Newman empieza a hablarnos a nosotros, a quienes habitamos la universidad. Así, en el discurso «Estudios elementales» describe el cultivo de la mente como una tarea artesanal: educar la inteligencia no es llenarla, sino limpiarle los ojos mediante el ejercicio paciente de comparar, abstraer, analizar y razonar. En este sentido, la instrucción, dirá Newman, si ha de serlo de verdad, consiste ante todo en un método para pensar con rigor.

Esta misma exigencia de claridad intelectual se aplica en «Un modelo actual de incredulidad», donde la incredulidad moderna no aparece como una mera atmósfera difusa, sino como una estrategia intelectual consciente. Newman describe una doctrina filosófica concreta que reduce el conocimiento a lo “alcanzable”, es decir, lo físico, medible y experimental, y descarta lo “inalcanzable”, es decir, Dios y la verdad religiosa. Esta doctrina, al apropiarse del prestigio de las ciencias experimentales, acaba proclamando como dogma que la religión nada tiene que ver con ellas. El rigor exigido también lo expresa en «La predicación universitaria», presentando al predicador eficaz como alguien que une desprendimiento y precisión: debe olvidarse de sí mismo, no buscar lucirse y dejar que el mensaje hable por él, pero al mismo tiempo ha de fijar con exactitud su objetivo de instruir al hombre en su integridad.

Pero es en el noveno discurso donde Newman alcanza el corazón de la misión universitaria, cara a cara con los estudiantes que eligen con cierta audacia venir a aprender a su universidad. Su palabra inaugural es una de las páginas más esenciales del libro:

«Ustedes han venido no solo a que les enseñen, sino a aprender. Han venido a poner su mente en funcionamiento. Han venido a hacer propio lo que escuchan; han venido, por decir así, a extender las manos para cogerlo y apropiárselo.»[1]

Es la voz de un educador que sabe que aprender es un acto activo, casi físico, de quien tiende las manos y reclama crecimiento. A partir de ahí, Newman dibuja una de sus imágenes más bellas sobre lo que ocurre en un aula: la enseñanza no es exhibición de un arte, sino un trabajo compartido entre dos voluntades que cooperan en un fin. Newman lo formula como un contrato silencioso:

«“Yo hablo si ustedes escuchan”, por un lado. Y “yo vengo aquí a aprender, si usted tiene algo que valga la pena enseñarme”, por otro. En un despliegue de oratoria, todo el esfuerzo está en un lado nada más; en una clase, el esfuerzo lo comparten ambos lados, que cooperan en un fin común.»[2]

De ese pacto, cuando se mantiene a lo largo de los años, nace lo que Newman llama la formación de la mente: un hábito de orden y de sistema, una capacidad de referir cada nuevo conocimiento a lo que ya se sabe. Quien posee ese hábito deja de confundir oratoria con contenido y descripción con demostración: la inteligencia se vuelve, al fin, conocedora de la verdad. Y el discurso culmina con una reflexión en la que conviene detenerse: los estudiantes que han comenzado su formación intelectual con fe y devoción, vienen ahora a la universidad para añadir la formación del intelecto a la formación del corazón. Esa es, en una sola línea, la idea newmaniana de universidad: un lugar donde el corazón aprende a pensar con rigor y la inteligencia aprende a no separarse del corazón.

Estamos ante un libro que muestra a Newman en su momento más concreto: a diferencia de los discursos de 1852, donde la universidad se piensa, aquí se la ve funcionando. Newman se despide del volumen confesando el gozo de haber tenido parte en una obra tan grande: es la voz de un fundador con la conciencia de haber plantado algo que le sobrevivirá.

Quizás la Universidad Católica de Irlanda estaba próxima a su fin, pero Newman sigue vivo aquí y ahora. Casi siglo y medio después, quien hoy enseña, investiga o gobierna en una institución inspirada en aquel proyecto encontrará en estas páginas una vocación pendiente: la de seguir añadiendo, día tras día y aula tras aula, la formación del intelecto a la formación del corazón.


[1] J. H. Newman, La idea de la universidad (Madrid: Ediciones Encuentro, 1996), pp. 529-530.

[2] Ibid., p. 532.

El Instituto Newman de la Universidad Francisco de Vitoria comparte mensualmente una serie de publicaciones dedicadas a John Henry Newman para profundizar en la vida, el pensamiento y el legado de este gran santo y analizar su relevancia para nuestra vida y la vivencia universitaria actual.

Su nombre tiene el San delante desde octubre de 2019 pero nuestro Instituto lleva su nombre desde hace 20 años. Merece la pena conocer a esta figura, entender porque nos gustaría ir siguiendo su huella en esta casa, la Universidad Francisco de Vitoria. De ahí que compartamos con vosotros cada mes un breve artículo o pieza audiovisual explicando la hondura de este personaje de la mano de profesores universitarios que admiran su inteligencia de la fe y su inteligencia de la realidad.

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