Para que no se me acuse de místico, empezaré con una confesión: a veces, a la hora de comer o de cenar, Gemma y yo cruzamos miradas inquietantes y por un momento me traslado a aquella escena de Tom Hanks de pie en la lancha frente a las costas de Normandía. En mi memoria resuena la ametralladora de frases y amenazas para salir sanos y salvos de aquel percance: Si te vuelves a levantar te quedas sin postre, baja los codos, usa un tenedor, tienes chocolate hasta en las cejas, ¡no eres un cerdo! ¡por favor!… Pero no siempre salimos ilesos.
El agua o el Cola-Cao derramados por el campo de batalla es un clásico. La deforestación que causamos por exceso de servilletas, ay, si Greta viera como queda la mesa y el suelo al acabar… Sin ir más lejos, el otro día Felipe se mordió un dedo mientras comía un sándwich, si es que aquello puede llamársele “comer”, como un pelícano atragantándose con su propia ala, mientras se mete en el pico, enajenado, un atún más grande que sí mismo.
Algo similar podría decir de la misa dominical en familia, de ese sudor frío que me recorre la frente cuando se acerca la consagración, sabiendo que el silencio existe para ser rellenado por el grito de algún hijo mío. Y qué decir de Guadalupe, que aprendió a caminar sólo para dar curso a su intensidad bípeda, transformándose durante la Eucaristía en una ardillita muy mona que se ha bebido tres latas de Red Bull.
Y sin embargo, creo que la relación mesa familiar-Eucaristía va más allá de la anécdota bélica de mi experiencia cotidiana. Creo que la mesa familiar es de algún modo el signo que condensa de un modo visible y esencial lo que significa una familia, y que ésta, la familia humana es a su vez el símbolo natural más claro de la Eucaristía.
Que la mesa familiar sea símbolo implica que está llamada a expresar -y al mismo tiempo, entenderse a sí misma bajo la luz de- el amor de Dios que se entrega a sí mismo a través de Cristo a los hombres, tal como acontece en la Eucaristía. Bajo esta luz, por tanto, quisiera pensar la mesa familiar, ese lugar que nos congrega desde, al menos, el momento en que nuestros abuelos homínidos aprendieron a frotar dos palos hasta hacer de ello una fuente de calor que cambiaría la historia (si situamos ahí la primera barbacoa, creo que hasta se podría hablar del descubrimiento más trascendental y maravilloso de la historia).
Lo primero que quisiera destacar de la mesa familiar es que la misma se constituye desde tiempos inmemorables como síntesis del fuego y el hogar.
En segundo lugar, la mesa familiar es el rito cotidiano de la recomposición del todo familiar, y en este sentido resulta esencial en tanto que alimento de la vida espiritual de la familia. La dispersión del cuerpo familiar cuya diáspora se repite cada mañana cuando cruzamos el umbral de la puerta y salimos al mundo, se reintegra ese mismo día a la hora de cenar, entre cucharas y platos de sopa, contándonos los unos a los otros. Porque no contamos lo que nos ha pasado, sino que nos contamos en lo que nos ha pasado, como Ulises a los feacios, o mejor, en aquella larga noche que Atenea les regaló a los esposos cuando la vuelta a casa se consumó por fin.
En tercer lugar, es el altar del sacrificio que nos pone ante el dolor y la vida del mundo: sí, para que tú vivas cientos, sino miles de pollos han dejado de aletear y cacarear, como nos recuerda de un modo más poético pero no menos terrible Enrique García Maiquez con su poema “Hecatombe”.
En cuarto lugar, la mesa familiar es también el lugar donde se hace patente el sentido sacramental de la creación, la abundancia de la obra del creador que lleva toda ella su sello. Y que conecta con ese otro elemento que es preciso vincular al hecho mismo de comer y que lo distingue de la mera ingesta, del acto biológico como tal. Esto es, la comunión, que transfigura el rito cotidiano en auténtica fiesta.

