Marcelo López en el Minicurso: «Solo tenemos poder de aquello que deseamos”

Almudena Collado

El profesor de Humanidades, Marcelo López Cambronero, ahondó en la cuestión fundamental de la libertad humana que propuso durante el pasado Café Newman, a través de un atractivo itinerario de preguntas y respuestas con testimonios audiovisuales. Alrededor de 225 estudiantes universitarios en el Aula Magna y más de 60 en formato online participaron en el acto, salpicado con una veintena de intervenciones que confirmaron lo mucho que nos jugamos en el ejercicio libre de nuestros actos. 

Marcelo López Cambronero se sirvió del famoso programa de entretenimiento televisivo de los 80, que empezaba con el original saludo “yo soy Emilio Aragón y usted no lo es”, para introducir la idea de que cada uno tiene su propia experiencia de la libertad. Todas las palabras tienen su asiento en una experiencia y hay que profundizar en ellas para comprender qué significan. Por ejemplo, afirma que quizá no haya un hecho como tal que explique la relación con una madre, pero el vínculo descansa en un conjunto de experiencias únicas que demuestran que nos quiere. De la misma forma, todos tenemos el deseo de ser cada vez más libres y es preciso buscar la base común de las experiencias de libertad entre la variedad de biografías. 

PREGUNTA 1: ¿MIS PADRES ME DAN LA LIBERTAD QUE ME MEREZCO? 

ESTUDIANTE 1: Depende de los límites que te pongan, ellos quieren que estés bien, pero según lo que quieren te dan más o menos libertad, a mí por ejemplo me han dado mucha viniendo a Madrid desde el País Vasco. 

ESTUDIANTE 2: Está en función de aquello en lo que les parece que tenemos que ser responsables y que debemos asumir las consecuencias de nuestros actos. 

ESTUDIANTE 3: Hay padres que restringen mucha libertad en la adolescencia y se arrogan el derecho de que por ser sus hijos somos suyos. Lo veo en la relación con algunas amigas. 

MARCELO: Muy buena la idea de los padres como propietarios de sus hijos.  
Yo, por ejemplo, quería estudiar Filosofía y mi madre pensaba que esa gente solo fumaba porros. Vivíamos en Albacete y me llevó a una oficina del paro para que viera la lista de desempleados que habían hecho Filosofía. Así que acabé metiéndome en la Facultad de Derecho, mi hermano tenía un despacho y parecía un camino razonable. Pero cuando acabé, estudié Filosofía. 
Mi madre estaba vehiculando mi proyecto vital, injusto por otra parte, pero equilibrado con una responsabilidad futura.  
Hoy me duele cuando mis hijos me dicen que el colegio les parece una cárcel. ¿Por qué pensáis que lo dicen? Hay mucha responsabilidad, exigen bastantes requisitos, hay consecuencias, suspensos, partes… una serie de medidas coercitivas. 
¿Por qué a veces pensamos que una pareja o un padre o un profesor nos “come el terreno”?  

VIDEO 1: Fragmento documental en el que una chica da su testimonio sobre la decisión de alargar la salida nocturna al concierto de su rapero favorito: “he sacado unas notas increíbles y mis padres me dijeron ‘te has pasado’”. 

ESTUDIANTE 4: Es que en vez de pensar en nosotros, los padres piensan en lo que les hace felices a ellos, nos dejamos influenciar, nos comparan con hermanos y familiares… 

MARCELO: Acabas de conectar la libertad con otro concepto muy interesante, la felicidad. Ser feliz yo está relacionado con hacer felices a otros.  

ESTUDIANTE 5: A mí, por ejemplo, me gustan mucho los coches, las motos y la velocidad, pero mis padres lo pasan mal. Ellos sufren y yo no vivo la experiencia igual que si tuviera su apoyo, no disfruto al 100%. 

MARCELO: La libertad de hacer lo que quieres choca con la necesidad de algo por parte de otros. Vamos a profundizar en la forma en la que nos relacionamos con los padres, ¿ocultáis cosas a vuestros padres? 

ESTUDIANTE 6: En el fondo tenemos conciencia de que algunas cosas están mal, por eso no suelen hacernos elegir entre algo bueno o malo, sino que nos dan libertad en función de lo bueno y lo mejor. 

MARCELO: Lo que elijo no es blanco o negro, hay tensión entre lo que quiero y lo que mis padres esperan que haga, hasta que suelto la correa, porque cada vez necesito ser más “yo”, a lo mejor sacáis buenas notas para ganar libertad. 

PREGUNTA 2: ¿QUÉ EXPERIENCIA TENGO DE LA LIBERTAD? 

ESTUDIANTE 7: Yo considero que he sido muy libre toda la vida y tengo la confianza de mis padres. No necesito ocultarles nada porque cumplo lo que les digo: que estoy bien, cuándo llegaré, qué voy a hacer. Siendo responsable me gano su confianza. 

MARCELO: Si sientes que tus padres no se preocupan, ¿serías igual de libre? 

ESTUDIANTE 8: Tengo amigas a las que sus padres no les dejan salir con chicos o llegar a casa más tarde de las 10. Yo con 23 años entiendo que les engañe. 
No eres igual de libre cuando necesitas su apoyo y refuerzo, no tienes suficiente cabeza y puedes tomar decisiones que te hagan perderla. 

MARCELO: ¿Pensáis que tiene que ver con el amor? 

ESTUDIANTE 9: Con esta edad tenemos criterio, yo seguiría siendo libre porque mis padres cuentan conmigo. La necesidad de su apoyo tiene que ver con que no me sentiría llena sin él. 

MARCELO: Os voy a poner un ejemplo. Un día quedo con unos amigos para jugar al fútbol, pero no me siento cómodo. A la siguiente vez, no voy a quedar. ¿Qué decís? Soy libre para ir, pero ese ejercicio de la libertad no me hace feliz. La libertad no tiene que ver solo con hacer lo que me dé la gana, sino con las emociones a largo plazo. Puedo limitar mi libertad inmediata porque la felicidad está por encima. Unir ambas felicidades supone otro condicionamiento. 

ESTUDIANTE 10: Yo estuve un año ocultando una situación delicada a mis padres porque pensaba que su mirada sobre mí cambiaría y me di cuenta de que había sido menos libre por no contárselo y fui mucho más libre con la experiencia de su amor después de contarlo. 

MARCELO: Tenemos experiencia de que la “gana” nos hace menos libres, pero ¿cómo puede ser que si lo hemos elegido no hayamos sido libres? 

VIDEO 2: Fragmento de Axel Kaiser, director ejecutivo de la Fundación para el Progreso, sobre la distancia entre la riqueza y la libertad. 

ESTUDIANTE 11: No estoy de acuerdo, yo no he podido estudiar el doble grado por falta de dinero y la persona que tiene dos o tres trabajos para poder vivir no es libre para salir de fiesta, por ejemplo. 

ESTUDIANTE 12: Claro. A todos nos gustaría ser Steve Jobs y veranear en yate por una isla… 

ESTUDIANTE 13: Pues yo estoy convencido de que la libertad es algo interior y va mucho más allá de tener un yate. Todos querríamos volar, pero existen fronteras materiales. Si fuera Jobs me esclavizarían otras prisiones. He conocido personas con discapacidad física o con pocos recursos y tienen mucha más libertad y felicidad que yo pudiendo viajar a una isla. Yo creo que la libertad material limita la interior. 

MARCELO: Hay grados de libertad, pero el superior pide del inferior. Tiene sentido pensar si Robinson Crusoe era libre en la isla… 

ESTUDIANTE 14: Dentro de la isla sí era libre, pero no tenía libertad para salir de la isla, por un impedimento u obstáculo que era el mar. 

MARCELO: Entonces, si le apetece un café en la isla y no puede tomarlo, ¿es libre? 

ESTUDIANTE 15: Depende de si no sabe que existe. 

MARCELO: Os quiero presentar el orden que existe entre el deseo, el poder y la libertad. 
-El poder es lo que puedo hacer, la capacidad que tengo de hacer.  
-La libertad es lo que quiero hacer, las cosas que hago.  
La libertad necesita del poder.  

En el ejemplo de antes, si no puedo hacer el doble grado mi libertad tiene un límite: el poder, y cuanto menos poder, menos libertad. 
Os pongo otro ejemplo personal. Me enamoré de una chica de Ciudad Real en un campamento de verano cuando tenía 15 años. Un día quise ir en autobús a verla, pero mi madre no me dejaba, me limitaba mi poder. Yo le contesté: «Mamá, pero ¿y si es la mujer de mi vida?” (Esa mujer con la que yo puedo ser yo). Me dejó viajar, pero no era esa mujer y no volví más. 

-Damos otro paso, el deseo. Solo tenemos poder de aquello que deseamos, por tanto, lo que no deseamos no está dentro de aquello que podemos, ni de aquello para lo que somos libres. Y en la medida en que limitamos el deseo, limitamos el poder y la libertad.  
Por ejemplo, si ser feliz significa estudiar Medicina y es para mí una vocación se mueve mi poder y mi libertad. El que está aburrido en su habitación jugando a la Play se mete en su cajón, limita su deseo y es más pequeña su libertad.  
Otra pregunta: ¿Qué da el Estado? ¿Deseo, poder o libertad? 

ESTUDIANTE 16: Por muchos obstáculos que haya lo que más mueve el mundo es el deseo, no interesa que nos lo den, el Estado nos da libertad de acción. 

MARCELO: Los derechos fundamentales son el territorio mínimo que el Estado asegura: derecho a votar, derecho de asociación…, pero el Estado no me da libertad, sino poder para ejercer la libertad. La libertad está en nosotros y no se puede dar en un Estado, lo que necesito es que el Estado me dé posibilidades. 

ESTUDIANTE 17: ¿Qué pasa si lo que nos imponen son deseos? 

ESTUDIANTE 18: En publicidad y marketing se inculcan muchos deseos nuevos, en la industria de la moda se impone un canon de belleza de mujer flaca, se crean colecciones de ropa constantemente… 

MARCELO: ¿Por qué deseáis tener esa ropa? 

ESTUDIANTE 19: Ese cambio hace que tengas un poder distinto en la sociedad. 

MARCELO: Por ejemplo, si te ves feo y te gusta una chica piensas que pesar 20 kilos más o no tener pelo te hace perder poder, pero si te ves guapo piensas «voy a por todas” y te compras la ropa que te hace sentirte un triunfador. ¿Por qué? ¿Ese deseo no existía antes? 

ESTUDIANTE 20: No pueden imponernos los deseos que no nazcan de nosotros, el objeto es un medio de satisfacción del deseo que ya tenemos. Juegan con los deseos que llevamos dentro. 

MARCELO: Exacto. Los deseos los tenemos: que nos acepten, que seamos reconocidos, que tengamos felicidad…  
Por eso, un coche no es una lista de características funcionales, sino una rubia estupenda sinónimo de promesa de felicidad, o sea, un deseo que ya tenemos. 
Sin embargo, también encontramos deseos imperiosos que no sabemos cómo satisfacer. Buscamos la satisfacción en el poder, pero no encontramos plenitud: ¿por qué tenemos una bronca con nuestra pareja si queremos amar? 

PREGUNTA 3: ¿PARA QUÉ QUEREMOS SER LIBRES? 

MARCELO: Mi colonia, mi estilo, mi Coca-Cola, el Real Madrid… Lo único que demuestran estas definiciones es que yo me busco a mí mismo, que quiero ser libre para ser yo, disfrutar mi vocación, y me la juego cada mañana.  

Cuando mi hija adolescente me pedía escuchar su grupo de música favorito era porque le configuraba, pero al mes siguiente ya escuchaba otra cosa porque es una búsqueda permanente de sí misma. 
Soy “tontaco” cuando quiero llevar la mascarilla a juego porque “yo lo valgo”. 
Si el buen estudiante ocupa un rol en casa me desmarco y soy el rebelde. 

Os pregunto: ¿La identidad la da una tradición familiar? ¿Por qué no se casan Romeo y Julieta? “Ay, Romeo, tú montesco, ¡yo capuleto!”. Pero él contesta: «Yo, Romeo y tú, Julieta». Queremos ser nosotros mismos. Incluso sabemos que la llamada poderosísima de la identidad convive con lenguas y territorios propios, generando una tensión. 

Cuando nos dicen que algo no es posible se reduce el deseo, el amor infinito, etc., y creemos que es mejor el iPhone, conformarnos con el consumo que no nos hace felices para calmar la melancolía.   
Cogiendo el ejemplo de antes, estudiaré 10 años si ser médico merece la pena, porque resulta que ¡quiero ser médico! 
Uno ama la vida cuando se atreve a desear, cuando tenemos un para qué, un horizonte, una motivación interior, un deseo de plenitud. 

ESTUDIANTE 21: Quiero hacer una propuesta, la distinción entre deseo y necesidad. Una necesidad es acuciante, precisa una satisfacción inmediata, tiene que ver con algo básico; un deseo no se puede satisfacer así y esto es una buena noticia, por eso, el iPhone no es un deseo. 

MARCELO: El deseo no se satisface nunca. Esta es la tragedia. Incluso el que gana el Premio Nobel se pregunta al día siguiente si es suficiente. Y esto pasa porque el deseo no nos lo hemos puesto nosotros. Es como una flecha que apunta a algo que está más allá, como si no fuéramos de este planeta. Pero entonces…, ¿falla algo de nuestra naturaleza? Incluso si el cosmos nos aplastara seríamos más que el cosmos porque nosotros nos damos cuenta y el cosmos no. Lo que nos aúna es ese deseo de ser felices que no se satisface del todo. 
La respuesta es la vida cristiana: existe una posibilidad, existe gente con experiencia de esa satisfacción plena, que ha tocado esa eternidad. Ante esto, solo caben dos posibilidades: ¿o es locura o es verdad? Su manera de mirar transfigura algo de ese deseo, por eso, se hacen cristianos, porque existe Otro que tiene una presencia y ofrece un atractivo. La felicidad se vive aquí. 

Os voy a contar dos experiencias personales que me han marcado mucho: una vez jugando al fútbol tuve una lesión gemelar que me tuvo un mes inmovilizado y durante un campamento de verano con mi hijo tuve una rotura. Me pronosticaron mucho tiempo de recuperación, pero yo quería acompañar a la montaña a mi hijo al día siguiente. Ese día le dije a Dios: «Señor, si tú puedes y yo sé que puedes, hazlo». Me dormí junto a una fuente y cuando me levanté caminé, se curó así. 

En otra ocasión, a mi hermano le diagnosticaron un cáncer de cerebro y se iba a morir. Mi madre pasó toda la noche en la capilla pidiéndole a Dios que si su hijo vivía creería para siempre. Cuando los médicos abrieron el cerebro encontraron otra cosa, pero no un cáncer terminal. 
Sin embargo, estos no son los milagros más grandes. El verdadero milagro es ver en los ojos de otra persona la presencia del Señor y que a la semana siga igual. En los casos anteriores puedes traicionar a Dios, pero la alegría de otra persona que ha hecho esta experiencia tiene algo que es una promesa para todos, no es espectacular, pero tiene algo que lo cambia todo, te dice una palabra que es verdad, te sientes amado más de lo que mereces. Puedes ser un “canalla”, pero has experimentado una presencia del Señor mucho más grande.