Lección magistral: Naturaleza y fin de la universidad. Recuerdos y reflexiones · Prof. Dr. D. Ángel Sánchez Palencia

UNIVERSIDAD FRANCISCO DE VITORIA
SOLEMNE ACTO DE APERTURA DEL CURSO 2026-2027
7 de septiembre de 2026

Naturaleza y fin de la Universidad. Recuerdos y reflexiones

Prof. Tit. Dr. D. Ángel Sánchez-Palencia Martí
Lección Magistral

Excelentísimo Sr. Rector Magnífico,
Ilustrísimas autoridades académicas,
Colegas del claustro profesoral,
Personal de Administración y servicios,
amigos todos:

No es original, ni tiene porqué serlo, comenzar manifestando el honor que supone impartir la Lección magistral que inaugura el trigésimo tercer curso académico de nuestra Universidad Francisco de Vitoria -previamente al curso 2002-2003, Centro Universitario adscrito a la Universidad Complutense de Madrid- y agradeciendo a la institución, en la persona de la Vicerrectora de Profesorado y Modelo Formativo, la Dra. María Lacalle, la invitación que me hizo a estar hic et nunc, aquí y ahora. Personalmente es profundamente significativo y lo recibo como un regalo que, mi muy querida Universidad, me hace precisamente hoy, día 7 de septiembre, día en el que cumplo 62 años, de los cuales, más de treinta, ¡media vida!, la UFV y la Asociación IUVE, que fue matriz de esta Universidad, han sido el complemento circunstancial de lugar y de tiempo de mi biografía, que es parte de mi identidad personal. Justamente desde ahí, desde mi experiencia, quiero gritar al inicio de mis palabras: «ser profesor en la Universidad Francisco de Vitoria no es un trabajo, es una vocación». Motivo por el cual he titulado esta Lección: Naturaleza y fin de la Universidad. Recuerdos y reflexiones; si bien los recuerdos no están tanto en el texto como en mi memoria -tantas veces compartida con tantos de entre vosotros- y en el espíritu de la presente Lectio.

Como profesor de Antropología filosófica, asignatura que imparto desde mi luna de miel con la docencia universitaria, quiero comenzar estas reflexiones sobre la Universidad recordando, pues todo esto ustedes ya lo saben, la estructura ontológica (perteneciente o relativo al ser) del hombre y la singularidad de la acción humana; es decir, recordando la concepción del hombre que subyace en el origen y naturaleza de la Universidad.

El «bicho humano» -me gusta decir para expresar aquella verdad enunciada por Blaise Pascal, y me gusta decirlo porque en mi mesa de estudio, la tentación del platonismo es constante y sutil; pues ofrece una solución muy elegante al problema del hombre-. Escribe Pascal:

Es muy ventajoso para el hombre recordarle cuán parecido es los ángeles a la vez que cuán parecido es a las bestias; pues no debe el hombre creer que es igual a las bestias, ni a los ángeles, ni ignorar lo uno y lo otro, sino saber ambas cosas.

«El bicho humano» -decía- ocupa un puesto singular en el cosmos (en la escala de los seres), pues se trata de un confín en el que se dan cita el espíritu y la materia y desde esa unidad, difícil de comprender cabalmente y más difícil aún de vivir, el hombre escribe libremente su biografía siendo así, a la vez, obra y autor de sí mismo. No se piense que este modo de hablar de Pascal es caduco y está superado; al fin y al cabo, ya no llamamos bestias a los animales (antes bien, nuestra relación actual con los animales es resultado del antropomorfismo o proyección de las características propias de la vida humana sobre la vida animal) y no creemos en los ángeles; pero en el fondo, quienes hablan del cerebro como sujeto de la acción humana -que son legión- creen que el hombre en tanto que hombre es una bestia o alimentan con su descuidado lenguaje el error de Francis Crick, merecidamente célebre por su descubrimiento, junto con James Watson, de la estructura en doble hélice del ADN en 1953. Este premio Nobel publicó un libro que, en su edición española, se titula La búsqueda científica del alma [1] -del espíritu- en el que expone su tesis, a la que denomina hipótesis revolucionaria, con estas palabras:

La hipótesis revolucionaria es que «Usted», sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad personal y su libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de moléculas asociadas. Tal como lo habría dicho la Alicia de Lewis Carroll: «No eres más que un montón de neuronas».

Por su parte, quienes defienden la Antropología del género y piensan que la identidad de género se construye a voluntad creen que el hombre en tanto que hombre es un ángel incorpóreo olvidando así que también es una bestia.

Quédense con esto, ni ángel ni bestia, ángel y bestia: pensamiento es suspensión.

Consideremos ahora, brevemente, la singularísima acción humana. Como afirma Julián Marías, la vida humana se despliega entre la circunstancia, que nos es impuesta, porque frente a ella no somos libres y la vocación, que no nos es impuesta, sino que nos es propuesta, porque frente a ella somos libres. Conviene considerar dos cuestiones a propósito de esta cita de Marías.

La primera es el carácter físico e histórico de la circunstancia que es el campo de juego de nuestra existencia. El hombre es un ser corpóreo y, como tal, existe en el espacio y en el tiempo. No elegimos el año en el que nacemos, la familia, la conformación de nuestro cuerpo ni la lengua materna. Yo no he elegido nacer y vengo a la existencia a una determinada altura de los tiempos y en un determinado lugar de la geografía. Así, yo nací tal día como hoy de 1964 en la Bética o Castilla la Novísima, como se refería Don Ramón Menéndez Pidal a Andalucía. Bajo el imperio de la humildad, estas determinaciones nos ofrecen maravillosas oportunidades de actuar con sentido.

La segunda cuestión que conviene considerar es que, al contrario que la circunstancia, la vocación es una llamada o invitación que resuena en el corazón, en el hondón mismo de mi ser; corazón entendido en el sentido del hebreo «leb», que es mucho más amplio, profundo y complejo que el sentido habitual que damos a este término, pues refiere el centro unificador de la totalidad de la persona; es decir -según la feliz expresión acuñada por el Papa Benedicto XVI- refiere «la persona en su uni-totalidad». La vocación -decía- es una llamada que me propone un ideal, que (López Quintás) no es una idea cualquiera, sino una idea motriz y es precisamente en ese carácter de propuesta, de invitación, donde reside nuestra radical libertad: podemos aceptarla y realizarnos en autenticidad o podemos rechazarla y malograr nuestra existencia… Tal es el carácter dramático de la vida humana que, a su vez, reparen en ello, es el objeto de imitación del arte literario.

Y aún hay una tercera cuestión que es menester considerar; a saber, que la vocación no es la palabra arbitraria y caprichosa que yo pronuncio, sino la palabra que resuena en mi corazón si, y solo si, como pedía el viejo Heráclito, presto oído atento a la realidad; que no es otra cosa que la verdad depositada en el ser de las cosas. En la cuestión de la vocación la última palabra la tiene la realidad, la verdad.

Pero es preciso considerar estas tres cuestiones con un determinado tipo de pensamiento, un pensamiento en suspensión (López Quintás) que contempla a la vez las tres cuestiones: circunstancia, vocación y realidad, sin olvidar ninguna de ellas; de lo contrario podemos caer en el más frecuente de los errores, que es el error al que lleva la falacia de la pars pro toto, tomar la parte por el todo. Nótese que se trata de un error que parte de una verdad y, precisamente por ello, lo envuelve en falsa verosimilitud. Si considero que la vida humana es solo circunstancia caeré en un fatalismo. Si pienso que es solo vocación, en un voluntarismo y, si olvido prestar oído atento a la realidad; es decir, si la cuestión de la verdad carece de relevancia existencial, mi vida se disolverá en el relativismo.

Ese modo de pensar en suspensión al que me refiero, que es clave en orden a un pensamiento riguroso, no resulta fácil practicarlo hoy, y subrayo el adverbio de tiempo hoy; pues requiere, en primer lugar, «evitar los peligros de una actividad excesiva (…), pues las muchas ocupaciones llevan con frecuencia a la dureza del corazón, no son más que sufrimiento para el espíritu, pérdida de la inteligencia, dispersión de la gracia» (San Bernardo de Claraval). Esta actividad frenética volcada hacia la techné y la crematística (bonum utile) es parte de la circunstancia impuesta, pero pertenece a la historia y, por lo tanto, cae bajo el imperio de la libertad. Por lo que a nuestra casa respecta, estimo que la actividad excesiva es un riesgo actual y letal para la salud de nuestra praxis docente e investigadora y que es evitable en buena medida si hacemos caso al viejo Aristóteles y pensamos, de verdad, lo que implica que «el fin es lo principal en todo» [2], también en la Universidad.

Y ahora, pertrechados de este aparato terminológico y conceptual, consideremos la naturaleza y propósito de la Universidad, que es la realidad a la que debo prestar oído atento para descubrir mi vocación profesional de profesor universitario.

¿Qué es la Universidad? Es bien conocida la definición de Universidad de Alfonso X, el sabio; que leemos en el TÍTULO 31, LEY 1 de la PARTIDA SEGUNDA, un texto que data del siglo XIII:

Estudio es ayuntamiento de maestros y de escolares, que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes; y hay dos maneras de él: la una es la que dicen estudio general, en que hay maestros de las artes, así como de gramática y de lógica y de retórica y de aritmética y de geometría y de música y de astronomía; y otrosí en que hay maestros de decretos y señores de leyes [3].

La primera parte de la definición expresa la naturaleza o esencia. La esencia es un principio metafísico: es aquello que hace que una cosa sea lo que es y no otra, lo que constituye las cosas, lo permanente e invariable de ellas. La esencia de la Universidad es ayuntamiento, junta, unión de maestros y de escolares. Pensar esto en suspensión exige considerar, a la vez, la acción propia del maestro, que es enseñar; y la acción propia del escolar, que es aprender. Dicha unión tiene un modo, que es el propio de la naturaleza humana, que se define por su racionalidad (animal racional); es decir, por las facultades de entendimiento y libre voluntad y posee un fin (no olvidemos considerar también, como insiste el viejo Aristóteles, que «el fin es lo principal en todo») que es aprender los saberes. El sustantivo masculino saber significa la sabiduría o conocimiento profundo en ciencias, letras o artes y procede del verbo saber que significa primeramente conocer, pero que, dicho de una cosa, especialmente de algo comestible, significa tener un determinado sabor. De la conjunción de estos significados procede la afirmación de que el sabio es el que sabe a qué sabe la realidad; es decir, aquel que más allá de un conocimiento erudito, datos, posee un conocimiento sabroso de la realidad. La IA maneja datos de manera más completa y eficaz que nosotros, pero no sabe a qué sabe la realidad.

Aprovecho la referencia a la IA, para trasladar lo que puede aportar un metafísico como yo y estimo que conviene saberlo; a saber, que la IA es A pero no es I, sólo se le denomina I por una analogía de atribución metafórica; es decir, que no es ni será jamás -por mucho que se desarrolle la tecnología- inteligencia, pues es metafísicamente imposible y lo que es metafísicamente imposible es técnicamente imposible. En efecto, el acto genuino del entendimiento humano es la abstracción de la esencia de las cosas a partir del conocimiento sensible y ese acto es un acto del alma espiritual, intrínsecamente independiente de la materia. Esto, que es largo de razonar, se puede conocer a la luz de la razón natural… Nuestro quehacer es y será siempre necesario. Por eso, en conversaciones con los colegas he comentado en algunas ocasiones que, así como en la entrada de la Academia de Platón se podía leer: «nadie entre aquí que no sepa geometría», yo pondría en la entrada de la Universidad una leyenda que dijese: «nadie entre aquí que no sepa metafísica»… aunque, considerando cuán vacío quedaría el campus, rectifico mi deseo y pondría, al otro lado de la entrada: «nadie salga de aquí que no sepa metafísica». Aunque no lo parezca, la metafísica es la más útil de las ciencias, si bien es útil per accidens.

Hecho este paréntesis de sabiduría metafísica, volvamos al conocimiento sabroso de la realidad, pues es importante para descubrir y afinar nuestra vocación. El sujeto de ese conocimiento sabroso de la realidad es la persona en su uni-totalidad; es decir, se trata de un acontecimiento en el que se dan cita las facultades intelectiva y volitiva del hombre que tienen por objeto la verdad y el bien respectivamente. De ahí que sea misión del maestro formar al escolar en la integridad de su persona: intelectual y moral. Eso es lo que, en esta Universidad, nacida del tornaviaje de la América española, denominamos desde el principio formación integral. En palabras del Papa León XIV:

¿Qué sentido tendría formar a un investigador o a un profesional que, sin embargo, no cultiva su propia conciencia, el sentido de la justicia y del respeto por lo que no se puede ni se debe dominar? El saber, de hecho, no sirve solo para alcanzar objetivos laborales, sino para discernir quiénes somos. Enseñar es una forma de caridad, tanto como lo debe ser socorrer a un migrante en el mar (…). Se trata de amar siempre y en todo caso la vida humana, de valorar sus posibilidades, de modo que se hable al corazón de los jóvenes, sin apuntar únicamente a sus conocimientos» [4].

El maestro enseña lo que sabe y sabe lo que estudia; de ahí que la investigación forme parte esencial de nuestro quehacer profesional y, por lo tanto, si prestamos oído atento a la realidad, veremos que la investigación forma parte esencial de nuestra vocación. Cuestión distinta, que pertenece a la circunstancia, que también debemos considerar, es el sistema que nos es impuesto y que podemos resumir en el dicho «publicar o morir»… todos sabéis a qué me refiero y no es este el momento de hacer un análisis critico del sistema. Lo que sí deseo es advertir del peligro que el sistema representa para nuestra vocación, porque la investigación, el estudio, tiene en la Universidad por finalidad la enseñanza en junta; es decir, apunta al escolar. De la misma manera que los rayos del sol calientan los cuerpos sobre los que caen, siempre he pensado -y he podido comprobar en mi larga experiencia docente- que, en clase, un intelecto en acto actualiza el intelecto de los escolares, y el intelecto del maestro se actualiza en la mesa de estudio. Sin esa constante novedad no es posible transmitir entusiasmo alguno por lo que se enseña. En pocas palabras: si no estudias, no vales.

La Universidad es, pues, ayuntamiento, junta, unión de maestros y de escolares; en definitiva, un encuentro personal en torno a la voluntad de aprender los saberes. A fin de tener presente un rasgo que pertenece a la esencia de la Universidad, deseo decir que sin ciencia no hay Universidad y que la formación moral del estudiante tiene lugar, naturaliter (naturalmente, de manera espontánea; me atrevo a decir que cuasi sin necesidad de meditada metodología) en el ámbito de enseñanza y aprendizaje del saber que yo enseño. De la misma manera que sin el noble ejercicio de las armas no hay ejército y en él se desarrollan naturaliter las virtudes propias de la milicia.

En ese ámbito del saber, el acontecimiento universitario tiene lugar a través de un ayuntamiento o junta; en definitiva, de un encuentro personal y subrayo personal, perteneciente o relativo a la persona. Sucede con la palabra persona lo mismo que con otras muchas palabras que nombran realidades radicales y es que, su uso frecuente, las despoja de la profundidad de su significado y, consecuentemente, de las implicaciones prácticas que ese significado lleva consigo. El término persona nombra la más radical individualidad e incomunicabilidad del individuo de naturaleza racional dotado de entendimiento y libre voluntad en tanto que portador de una dignidad que no posee ninguna otra creatura del universo corpóreo. La persona humana es el ente más perfecto y amable del cosmos. Veamos, si quiera brevemente, algunas características de nuestra vocación y las implicaciones prácticas que se derivan de aquí.

Primero: «el profesor», «el alumno», no existen; existe Ángel y cada uno de sus escolares con nombre propio. Justo el nombre propio nombra esa radical individualidad de cada persona, que es por ello insustituible. Por eso la docencia nace y muere en cada clase, en cada práctica. Mi clase es incomunicable. Nunca me cansaré de decir y enseñar que lo único real, lo realmente real, es el singular concreto. Más allá de los seres individuales, no hay otra cosa que los entes de razón, en el borde mismo del no-ser.

Segundo: por su naturaleza racional la persona humana es libre. Aquí radica la libertad de cátedra que es parte esencial de la docencia universitaria. Así como la pregunta por el qué: qué es, tiene una respuesta unívoca: es un atril, un vaso, etc.; la pregunta por el cómo tiene tantas respuestas como personas llevan a cabo una determinada tarea. Este es el fundamento de la creatividad y de la sana pluralidad de una verdad permanente que, con gracejo, enuncia el refranero español: «cada maestrillo tiene su librillo». La imposición metodológica es contraria a la naturaleza de la universidad.

Tercero: no hay más método que el amor. Amar a cada uno de nuestros escolares, que es amable por sí mismo. El acto docente es un acto de caridad y amar a alguien es procurar, con respeto absoluto, cuasi sagrado, a la libertad personal, que alcance lo mejor de sí mismo. Esta verdad la saboreaba el docente Gerardo Diego cuando escribió:

Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño [5]

¡Concluyo! Desde mis recuerdos, he querido compartir con vosotros, queridos colegas, algunas reflexiones acerca de la naturaleza y fin de la Universidad y lo hago con un propósito justo hoy que comenzamos un nuevo curso; a saber, que descubramos, afinemos o recordemos, nuestra vocación universitaria contemplando la naturaleza de la Universidad, la altísima nobleza de nuestro quehacer. No la demos por supuesta; antes bien, volvamos a ella para inflamar nuestro pecho en un ideal que, por ser verdadero, no tiene fecha de caducidad y, además, posee el valor de todo ideal: el «todavía no» que es fuente inagotable de ilusión y esperanza renovadas.

Termino como he comenzado, persuádete: «ser profesor en la Universidad Francisco de Vitoria no es un trabajo, es una vocación».

¡He dicho!
¡Muchas gracias!


Notas:

  1. F. Crick, La búsqueda científica del alma. Una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI, Debate, Madrid, 1994.
  2. Poét., 1450ª 19-24.
  3. Alfonso X, el sabio, Las siete partidas, Castalia, Madrid, 1992.
  4. Discurso del Santo Padre León XIV en su visita pastoral a la Universidad «Sapienza» de Roma, jueves, 14 de mayo de 2026.
  5. Brindis. A mis amigos de Santander que festejaron mi nombramiento profesional.

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