Cada verano, antes de iniciar las vacaciones, solemos despedirnos con un “hasta septiembre” o “nos vemos a la vuelta”, o alguna frase hecha parecida antes de iniciar nuestro buscado descanso. Paramos para restaurar la ilusión, paramos para hacer de la “vacación”, “vocación”, paramos convencidos de que el tiempo se arruga en nuestra ausencia, que la vida se detiene hasta nuestra vuelta. Nos vamos con el convencimiento de que volveremos a nuestra casa, a nuestras aulas, a nuestras tareas. Vivimos confiados en lo extraordinario, tanto que llamamos rutina al milagro que se produce cada septiembre.
Hoy, sin embargo, me parece aventurado escribir esta columna. Durante este verano, el suelo ha temblado varias veces en Venezuela y en Colombia. Aun hay personas buscando los cuerpos de sus familiares bajo los escombros, aun hay decenas de cuerpos no reclamados, centenas de desaparecidos. Miles de personas para las que no hay un septiembre rutinario, un aula, una tarea o un hogar al que volver.
Por eso, esta vez no me he preguntado cuándo vuelvo, sino a qué vuelvo.
Porque volver no siempre significa regresar al mismo lugar. A veces el mundo que conocemos desaparece. Otras veces somos nosotros los que hemos cambiado.
También este verano el fuego ha transformado el lugar que habitamos y el cielo nos ha recordado algo que solemos olvidar: hay momentos en los que la luz desaparece sin que el mundo deje de existir. Un eclipse no apaga el sol, pero algo se interpone entre nosotros y la luz durante unos segundos, suficiente para recordarnos que cada día y cada septiembre es un milagro.
Hemos cerrado las puertas, apagado las luces y nos hemos despedido como si septiembre fuera una promesa, como si volver estuviera garantizado.
Entonces surge la pregunta con más fuerza, la que me cuesta esquivar: ¿A qué vuelves? No a qué lugar o a qué tarea, sino qué anhelo de tu corazón ilumina el camino de vuelta.
Con menos certezas, con más gratitud por abrir de nuevo la puerta del aula, escuchar el ruido en los pasillos, reencontrar caras conocidas y llamarlo por su nombre.

