«Ay de la ciudad sanguinaria, toda ella mentira, llena de rapiña, ¡insaciable de botín! Ruido de látigo, estrépito de ruedas, galope de caballos, brincos de carros, asalto de caballería, brillo de espadas, fulgor de lanzas, heridos sin cuento, montones de muertos, cadáveres sin fin, tropiezan en cadáveres».
Estas afirmaciones bien podrían ser el pie de foto del periódico de ayer. Pero no. Es la mirada de un profeta sobre Nínive hace 26 siglos. Nada nuevo bajo el sol. Sus aliteraciones hacen que escuchemos los cuchillos sisear en nuestros tímpanos y que los cadáveres nos pesen en la espalda. ¿Podremos aprender algo? ¿Hemos aprehendido algo?
Creo que sí. Para eso hace falta mirar a lo micro y no refugiarnos en el paraguas ideológico. Seguramente el profeta no estaba para estas, pero si se hubiera metido entre los látigos y los carros hubiera adivinado algunos corazones que deseaban el bien y que lo buscaban. Como sigue sucediendo hoy. Entre las tiendas de campaña, las pancartas, los gritos de un lado y de otro, hay voces más pequeñas que desean que la justicia triunfe. Incluse hay voces aún más pequeñas que comprenden que la justicia de este reino aun no es la justicia venidera, pero que no por ello debemos bajar los brazos. Porque la justicia bien vale una espalda ancha y unas tragaderas a prueba de bomba. Si escuchamos lo que nos parece incomprensible y bajamos la voz cuando otro grita, podremos experimentar como el estrépito de ruedas cesa, un poco. Porque la verdad no la poseemos nosotros, y menos los grandes titulares y el gran relato. La verdad nos posee y cuanto menos te lo esperas, se revela. Y suele hacerlo con otros, que no son masa, sino hermanos.
Bien es verdad que hizo falta seis siglos después de Nahún que uno de Nazaret nos diera esta clave. Por eso vivir como si no hubiera venido es una pérdiday una traición. Vivir 20 siglos después con una cruz en el pecho, pero olvidándonos de la mejilla, la otra, y de la agudeza de palabra ante Pilatos, es como si el Príncipe de la Paz jamás hubiera pisado esta tierra. Como si realmente estuviéramos solos. Como si nadie nos hubiera enseñado a mirar los lirios del campo mientras otros vociferaban «crucifícalo».
Cinco siglos después, apareció Benito de Nursia y se tomó en serio esto de construir mientras el Imperio se caía. Sin hacer cuentas ni pucheros. Al tajo que no hay tiempo, que la vida que se nos ha dado es para dejar el mundo que dé gusto verlo.
¿Y ahora? ¿Quién hay ahora? Por lo que me toca respondo implacable: la universidad. Ese lugar que diez siglos después de Cristo decidió hacer de la amistad entre maestros y alumnos una compañía que buscara la verdad y sirviera a la sociedad. Mucho más que por sus títulos oficiales y su formación en oficios, la universidad es universidad si se convierte en un agente capaz de integrar razón y corazón que busca el bien, piensa la verdad y dialoga con sus contemporáneos para hacer de este mundo una casa para todos.
Nahún tenía razón. Pero más razón tiene el que hoy afirma que gana el que más fuerte abraza.
Este artículo ha sido publicado originalmente en Alfa y Omega y se reproduce aquí con permiso de la autora.

