Ayer tuvimos el Tardeo Newman con el escritor Pedro Simón en la universidad para hablar de los sufrires a partir de su último libro, Lo inesperado. Después de un diálogo interesantísimo entre Pedro y Rocío (que recomendaré a todo el mundo volver a ver una y mil veces) una persona del público le preguntó cómo hacía para no juzgar a las personas que entrevistaba, personas que habían hecho mucho mal a otros o que lo habían recibido.
Su primera afirmación puso mi corazón en pie: “yo no soy juez”. La segunda lo llenó de silencio: ponemos a las personas con una etiqueta y una chincheta en un corcho y nos quedamos tan a gusto.
Ayer no vivimos un evento, vivimos un acontecimiento que despertó nuestra razón y nuestro corazón para mirar al que tenemos delante, al concreto, al Tú irreductible a nuestros esquemas. Saltaron por los aires las ideologías y volvimos a tocar la realidad, esa misteriosa y bellísima realidad que siempre es nueva, inesperada. Pedro nos regaló volver a hacer universidad, volver a reconocer una forma nueva de mirar. Él dice que las personas se dejan eviscerar cuando las entrevista, lo que seguramente no sabe es que lo mismo nos sucedió a nosotros anoche, en silencio, entre sándwiches de Rodilla.

