Custodiar

Martín Tami

Profesor de Humanidades y de la Escuela de Liderazgo Universitario de la UFV

Marco Bersanelli explica que el universo, “llevado a grandísimas dimensiones, es un océano de galaxias”. La nuestra, la querida Vía Láctea, “tiene una dimensión de 100.000 años luz, es decir, la luz, que viaja a 300.000 kilómetros por segundo”, tarda 100.000 años en atravesarla.

Somos los habitantes de un pequeño planeta en una galaxia -entre alrededor de dos billones- que nos llevaría 100.000 años atravesar, si lo hiciéramos a la velocidad de la luz.

El dato es sobrecogedor. Y plantea unas cuantas preguntas al ser humano que vive en este profesor de Humanidades.

¿Qué significa el hecho de ser apenas una mota de polvo en el universo? ¿Cómo se explica la concurrencia de elementos que hace posible la milagrosa circunstancia de nuestra existencia? ¿Qué clase de evento es el que se manifiesta cuando emerge una conciencia capaz de decir “yo”?

El profesor Bersanelli sostiene que “el yo nace físicamente dentro de la historia del universo, pero tiene dentro algo que supera cualquier precedente físico”. La vida humana se nos ofrece, en este contexto, como un fenómeno transido de gloria y majestad; es la irrupción, en un punto infinitésimo del universo, de alguien capaz de entrar en relación con la totalidad de la realidad. La desproporción es impresionante.

De ahí que, al milagro de la existencia, del radical hecho de ser, podamos añadir, rebosantes de asombro, el reconocimiento de otro milagro: que es posible conocer. Esta capacidad nos dota de una dignidad insólita, sin parangón. “Es decir, el universo no sólo nos proporciona las condiciones para existir, sino que, por algún motivo misterioso, nuestra razón ha sido hecha de tal manera que es capaz de corresponder al orden del universo mediante su capacidad de comprenderlo. Podríamos haber vivido perfectamente sin haber tenido la suerte y el privilegio de entender la estructura del orden de la naturaleza”.

Sin embargo, la tenemos. Después de todo, esta es la raíz última, remitiéndonos al principio de los principios, del significado de algo tan humano como la inteligencia, magnífico don que reside en el corazón de la vida universitaria.

Acaso el comienzo de un nuevo curso sea una ocasión oportuna para recobrar la fascinación originaria ante lo que nos ha sido dado como promesa, tarea y bendición. Hablamos, en definitiva, del amor que mueve el sol y las otras estrellas, al decir de Dante.

Ese es nuestro tesoro: debemos custodiarlo.

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