El domingo habíamos invitado a comer a un amigo. Me llamó un rato antes, que estaba con un seminarista en casa, que si podía traerlo. Y el día anterior se había quedado a dormir la hija de unos amigos que está pasando un momento difícil, necesitaba hogar. Tres más en la mesa. Improvisado y, también, fuente de auténtico gozo.
Me gusta mucho invitar. Disfruto encontrarme con otros en el territorio de mi mesa, con mis platos, en torno a la comida preparada por mis manos. Me hace feliz. También ir a la casa de mis amigos: al día siguiente, celebramos el cumpleaños de Pedro y volví con el corazón lleno. Y eso es porque corre por mis venas la sangre de mis padres, y de los padres de mis padres y así hasta llegar a la buena tradición que está en el origen mismo del hombre. Es un radical antropológico. La hospitalidad se explica por nuestra humanidad, por Abraham en Mambré, la xénia griega, la hospitalitas romana, Jesucristo y la hemorroísa, la Regla 53 de los benedictinos: una forma de tratar al otro que pone el acento en la apertura generosa.
Estaba Abraham en su tienda junto al caluroso encinar de Mambré cuando vio llegar a tres hombres. El patriarca se postró, rostro en tierra y les ofreció agua y pan. No cualquier pan, el que hicieron con flor de harina. Y mató un becerro, que asó para ellos con cuajada y leche. Hizo un banquete para quienes no necesitaban comer. Se interpreta que de esa sobreabundancia brotó la inaudita fecundidad de Sara. La escena de la Teofanía que relata Génesis 18 nos legó el célebre icono Rublev que estos días estoy modelando: hay un sitio en la mesa de la Trinidad. Hacen hueco, me invitan. A mí.
La épica homérica nos ofrece muchos ejemplos de hospitalidad. En La Odisea -el poema sobre ser extranjero, será por eso que me habla tanto- Eumeo encarna un modo de recibir a Ulises, con prudencia y sencillez. También la llíada nos cuenta una conversación entre Diomedes y Glauco que acaba la hostilidad para ellos:
¡Luego eres antiguo huésped de la familia de mi padre!
Pues una vez Eneo, de casta de Zeus, al intachable Belerofontes
Hospedó y retuvo en su palacio durante veinte días.
Se obsequiaron con bellos presentes mutuos de hospitalidad:
Eneo le dio un cinturón reluciente de púrpura,
y Belerofontes una áurea copa de doble asa,
que yo dejé en mis moradas al venir aquí.
(…) Por eso ahora yo soy huésped tuyo en pleno Argos,
Y tú lo eres mío en Licia para cuando vaya al país de los tuyos.
Y luego está Jesucristo, modelo de hospitalidad para los cristianos, que pone al otro en el centro y reconoce su singularidad. Siempre me conmueve: cuando la hemorroísa le tocó el manto, se paró en seco, miró en derredor, buscó la mirada de esa mujer destrozada y la reconoció en su unicidad. Eso es encontrarse con alguien. Un encuentro con peso, con textura. Eso es fundar las bases de una relación que construye tu identidad en la apertura radical al otro.
Por eso, hay algo profundamente bueno en que te inviten a comer. Como sea, con la casa imperfecta, la comida sencilla, las servilletas de papel. Es el afecto el que invita y es tanto lo que el anfitrión ofrece -todo lo que es, su intimidad, su miedo, su refugio, su trabajo, su palabra- que la respuesta adecuada es más que aceptar e ir: es corresponder con espíritu agradecido y una sonrisa que brota desde el centro mismo de nuestro ser.

