Me cuesta mucho creer en la resurrección de la carne. Después de todo, a mí me parece que la carne no es ninguna ventaja. Produce satisfacciones, no hay duda, pero está clamorosamente llamada a eso que los físicos llaman entropía, medida del desorden de un sistema. La entropía implica pérdida progresiva de la energía residual o, en otras palabras, de facultades físicas (agilidad, resistencia, vista, oído, tacto, fuerza…), por no hablar de las psíquicas o cognitivas.
Por otro lado, tampoco encuentro razón alguna para que la carne sobreviva. Observo la naturaleza y sí que percibo una sabiduría de fondo plena y ordenada en el modo en el que se ordena la materia. Esa naturaleza sabia parece regirse por un principio de economía evidente (hoy diríamos sostenibilidad): la carne sirve de abono para que florezca el mundo vegetal del que de nuevo se vuelven a nutrir los animales que, a su vez, pueden ser alimento para otros animales. Se percibe un propósito y eso me vale para entender que algo nos trasciende y conecta todas las piezas. Puede sonar mecanicista, bastante parecido al Dios-relojero de Paley.
Rechazo las divisiones artificiales que sólo generan miseria y odio. Un mundo dividido en ateos y creyentes, ¿por qué no hablar de una misma realidad vista desde diferentes ángulos? Puede sonar relativista si no se entiende bien, pero no me refiero a una realidad que cambia según quien mira, lo que se mira no cambia, cambia el ángulo, la perspectiva de la mirada. Pienso que estamos más cerca unos de otros de lo que nos imaginamos. Me figuro que, por eso, si me cuesta entender la intransigencia del creyente convencido y lleno de certezas o la del integrista religioso, más me cuesta entender la virulencia de quien pretende imponer su falta de creencia, que sólo puedo entender como desesperación. Se puede defender o condenar lo que se cree, pero ¿lo que no se cree…? Suena absurdo.
Creamos o no creamos, creamos más o menos, mis dificultades para aceptar la resurrección de la carne no son objetivas, ni demostrables, sino estrictamente personales. ¿Qué me gano yo con una eternidad en un cuerpo si hay días que a este cuerpo le cuesta levantarse? Por otra parte, la muerte, en sí misma, da todo el sentido a la vida, por duro que suene. Me levanto porque sé que un día ya no podré hacerlo y la mente me dice: aprovecha y no te quejes, que aún es tiempo. Una película sin final es para mí una película sin sentido porque la urgencia que nos impone el tiempo limitado es la que da el sentido a lo que hacemos. En caso contrario, todo quedaría pospuesto a un después que nunca llega, como en esas series de televisión que no terminan nunca y en las que dices: “ya no saben qué inventarse, los guionistas están quemados”. Es el balance final lo que da el sentido, si no hay final, tampoco hay balance final, por tanto, perdemos el sentido.
Y, sin embargo, esa percepción precisamente me lleva a una intuición que va creciendo en mi día a día y que se refiere precisamente al tiempo, algo incorpóreo e intangible que liga momentos y al hacerlo, genera sentido. El tiempo es el puente entre experiencias significativas, es la conexión entre las cosas. De nuevo, si todos esos caminos no convergen en algún punto, pierden su sentido. Sea el Cristo cósmico-punto Omega de Teilhard de Chardin o cualquier otro modelo más concreto.
Hablar de cuerpo es querer darle forma humana a lo que nos trasciende que, en sentido etimológico, significa que nos sobrepasa (del lat. trascendere,) y si es algo tan inmenso, el cuerpo humano se me antoja un envase de bolsillo. Luego, ¿para qué un cuerpo que tiene tantos límites?
La conclusión se me escapa, pero por llegar a alguna parte (y no perder el sentido de todo lo anterior) o es otro tipo de cuerpo muy diferente al que casi todos pensamos o definitivamente no hay un cuerpo como tal.
Sigue el diálogo que ha suscitado este Faro Newman aquí: Cuerpo y Resurrección, de Rocío Solís.

