Me cuesta mucho creer en la resurrección de la carne. Me sucede lo mismo que a mi colega y amigo, el profesor Pedro Gómez. Su texto ha hecho lo propio del faro, iluminar, y a la vez, indicar tierra firme. Esa tierra y esa luz en la universidad se convierten en diálogo, en confrontación, y este Faro quiere hacerse eco de esta conversación.
Decía que me cuesta mucho creer en la resurrección de la carne, por las mismas razones prácticamente que mi compañero. Ni Adonáis estaría de acuerdo en tener para siempre esos mismos tobillos que a veces se doblan, o esos ojos que no ven si se les deslumbra. La carne es tan evidentemente contingente que se da de choque con la pretensión de una resurrección que pretende restaurar todo, sanar todo, hacernos volar ¡por fin! No hay que ser un pesimista ontológico para negar este método. Solo hace falta mirarnos y saber que esta artrosis, o este complejo, tienen (deben tener) fecha de caducidad.
Y a su vez, leo este texto que escribe el evangelista Lucas: Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:«¿Tenéis ahí algo de comer?». Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Este relato recoge una propuesta antropológica esencial: la persona es su cuerpo y su espíritu, y no puede haber persona sin ambos. Nosotros, mortales, no podemos imaginar cómo será eso. Y si lo intentamos, nos angustiamos, porque ponemos medidas y posibilidades que no dan muy buen resultado. Una especie de Franskestein que nos llena de pereza y temor. Una vida como esta, es decir, un cuerpo como el mío, para siempre, no lo veo. Pero en este fragmento Jesús de Nazareth, después de su viaje a la muerte, vuelve y lo hace Él, entero. Y exclama “vengo yo en persona”, y explicita por si acaso no nos ha quedado claro, que tiene músculos y huesos; cuerpo nivel usuario, vaya. Y a esto añade una belleza: comer pescado. Puede parecer una matiz folclórico, incluso grosero, porque si después de resucitados vamos a tener que seguir alimentándonos ¿Cuándo se calmará este hambre que nos araña el alma? Pero también podemos leer un bien: el cuerpo es el vehículo del encuentro. Tenemos cuerpo para abrazar, para vernos, para compartir las brasas. Si hubiera vuelto en espíritu, ¿Cómo podrían haberse encontrado con él? Y me pregunto yo: si hubiera vuelto solo en espíritu, ¿los discípulos habrían tenido el coraje de entregar su vida para defender la verdad de la resurrección? Si hubiera venido solo en espíritu Jesús, ¿sería “suficiente” para amar esta vida?
No son preguntas retóricas, se me va la vida en ello. Por eso, sigo buscando y leo a San Agustín decir «En ningún punto la fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne» (San Agustín, Enarratio in Psalmum 88, 2, 5). Y el catecismo de la Iglesia Católica (núm.988-1004) añade que se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna? Es decir, ambas fuentes no sospechosas de ortodoxia se unen a esta inquietud. Pero siguen el razonamiento y nos responden (y hago spoiler) que al final de los tiempos, nuestra alma se unirá nuevamente a nuestro cuerpo, que será transformado por el poder de Dios. No resucita solo el alma: resucita la persona entera, esto es, “cuerpo y alma”. Y el cuerpo que recibimos no es el que hemos admirado durante toda la vida en las revistas sino el nuestro ¡Que esto tiene su sorna, la verdad! No recibimos “otro cuerpo”, sino que Dios restaura y transfigura el nuestro, el mismo cuerpo que viste y calza que tuvimos en la tierra. Pero nos tranquiliza al afirmar que será este transformado. Y ciertamente, como saber y experimentar nuestra resurrección si fuera con otro cuerpo. Y a la vez, se nos regalaría con este proceso lo que en el fondo siempre hemos soñamos en esta vida: ser nosotros, ¡ser yo!, pero sana, bella, amando lo que soy.
La conclusión se me escapa, como a mi amigo Pedro, pero con él intuyo que solo nos queda la posibilidad de que se trate de un tipo de cuerpo, de serlo, distinto a esta pobreza que paseamos.

