«¿Se puede ser científico y creyente?» Así fue la primera sesión del Ciclo Horizontes sobre ciencia y fe

La mesa redonda sobre Ciencia y Fe del miércoles 16 de noviembre ha tratado sobre la pregunta “¿Se puede ser científico y creyente?”. Los ponentes fueron Juan Meléndez, subdirector del Departamento de Física de la Universidad Carlos III, Alfonso Vicente Carrascosa, doctor en Biología del CSIC, y Tomás Alfaro, profesor de la UFV.

Juan Meléndez (UC3): “Ciencia y Religión son dos focos complementarios que iluminan planos distintos de la realidad”

El físico J. Meléndez señaló que fue al leer al novelista de ficción Asimov en “Introducción a la Ciencia” con 14 años cuando se dio cuenta de su interés por lo científico a la hora de explicar la historia, la biología y el mundo. Cuando era adolescente también leyó a filósofos destacados y confesó que su oficio se volvió muy exigente a la hora de manejar “el martillo de la ciencia como si todo fueran clavos”. Durante su exposición, enfocó el problema de la relación entre ciencia y fe en términos sociológicos, es decir, no se trata de si existe Dios o no existe Dios como si Dios fuera un agujero negro en la galaxia, o sea, no hay que colocarlo en el mundo externo como cuando la propaganda rusa negó que su astronauta viera a Dios cuando orbitó la Tierra: “El cielo teológico no es el astronómico”.

Recalcó que la fe sincera lleva a aceptar lo no natural, por ejemplo, cuando oímos por la radio una noticia, que está en el plano de las cosas naturales, y nos parece indignante, ¿cómo se mide la dignidad?, ¿dónde se encuentran los derechos humanos? Son conceptos de un plano que el profesor Meléndez llamó “el mundo del significado”. Por tanto, hay una radical diferencia entre la imagen del mundo científico y la del mundo donde se hallan las cosas que realmente nos interesan.

En su opinión, solo desde visto desde la ciencia, el mundo que vemos es un asunto aburrido, sin sonido, sin color, materia apresurándose de acá para allá sin ningún fin ni sentido. “En la física es bonito conocer la relación entre las cosas, pero es un mundo estéril, el mundo estricto de la ciencia dura no dice nada de la belleza, la bondad, la verdad”, lamentó.

Ortega y Gasset diferencia entre creencia (pensamiento heredado, asumido, que no se repara en él) e ideas (pensamiento que identificamos como tal y por eso se puede cuestionar): “Las ideas se tienen y en las creencias se está”. El profesor J. Meléndez animó a los universitarios a ser conscientes de esta postura filosófica, pues no existe un único plano de la materia, hay existencia real de cosas que nos importan mucho en la vida como el entusiasmo que no caben en el método científico. Así, puntualizó que podemos proyectar luz con un foco y ver la realidad de la sombra que genera, como ocurre con el plano alzado y el perfil en dibujo técnico. Por eso, ciencia y religión son dos focos diferentes que iluminan la realidad desde planos distintos. Se mostró convencido de que despreciar una de ellas es un error metodológico si queremos vivir en este mundo coherentemente.

Alfonso Vicente (CSIC): “Hay un discurso laicista que elimina la faceta religiosa perturbando la conexión entre razón y fe”

El doctor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con ocho años de experiencia docente en la Universidad Autónoma, Alfonso Vicente, aseguró que ciencia y fe son compatibles y no hay atisbo de conflicto entre ambas, según su experiencia personal. Aportó algunos hechos concretos:

  • El primer instituto de investigación científica en el vidrio de España está puesto en marcha por dos católicos practicantes.
  • Estamos en el V centenario de Antonio de Nebrija quien profesaba la fe católica.
  • El 250 aniversario del Museo Nacional de Ciencias Naturales recuerda a sus fundadores que dejaron en sus escritos prueba de que profesaban la fe, de hecho, Enrique Flores fue quien pidió al Rey Carlos III que hiciera el Museo y era un monje agustino como Mendel, el padre de la genética moderna.
  • El quinteto fundacional del CSIC fueron personas destacadas con una gran trayectoria científica y religiosa. Nadie duda de la gran aportación del profesor y sacerdote José María Alvareda en su idiosincrasia que se puede consultar en su libro “Consideraciones sobre la investigación científica”. Precisó que ciencia y fe era tan compatibles como para fundar una institución como el CSIC: “Hay un discurso laicista que elimina la faceta religiosa de todo lo que habla y refuerza la idea perturbadora de una incompatibilidad que es absolutamente falsa”. Todas las ciencias conducen, a su juicio, al conocimiento de la obra de Dios, como ya aseguró el beato Ramón Llul. Mencionó que el patrón del CSIC es San Isidro y Pío XII y Pablo VI elogiaron su fundación.

Alfonso Vicente escribió el libro “Iglesia católica y Ciencia en la España del siglo XX”, con motivo del 80 aniversario del CSIC. Lamentó que ya es prácticamente invisible el árbol emblema de la institución que manifiesta que las raíces son católicas. Sin embargo, trajo a la memoria la trayectoria del Premio Nobel Ramón y Cajal, descubridor de la neurona, uno de los científicos españoles que todavía hoy es el más citado por la comunidad científica, que era creyente.

Tomás Alfaro (UFV): “Si nos quedamos en el cintifismo habría que concluir que el mundo no tiene sentido”

El profesor del área de Finanzas dentro de ADE, Tomás Alfaro, tiene escritos dos libros sobre la relación entre ciencia y fe. Empezó citando a un científico del siglo XX no creyente, Stephen Jew, quien aseguró que no había conflicto entre ciencia y fe, lo que llamó “el no solamente magisterio”. Pero T. Alfaro apostó por abrir la mente a las tres dimensiones de la realidad que permiten ver un mundo lleno de color. En Fides et Ratio Juan Pablo II vio en la ciencia y la fe dos alas con las que el ser humano podía elevarse a la contemplación de la verdad. Incluso A. Einstein se preguntaba por qué había unas leyes físicas previamente a que las descubra la ciencia.

Por otra parte, la historia del Big Bang, cuyo padre fue un sacerdote católico belga, atajó la idea de que el universo no hubiera sido creado, había tenido un principio. Por tanto, es una puerta abierta a reflexionar qué había antes, y si está en expansión, es decir, qué hay fuera. Las cuestiones del antes y del fuera caen más allá del ámbito científico porque no pueden ser contadas, ni pesadas, ni medidas.

Hay un texto de C.S. Lewis que rescata la visión de Arnold sobre que el hecho de tener hambre prueba que existe la comida, por eso, somos capaces de preguntar por lo anterior al Big Bang. Alfaro propuso tres posibles respuestas: Nada, algo o alguien. De la nada no puede salir algo. Algo o alguien tienen que ver con la intencionalidad. El científico que escribió “La nueva mente del emperador”, Roger Penrose, decía que la probabilidad de que nuestro mundo surgiera organizado con vida es de uno elevado a diez y ese diez elevado a 123. Sin embargo, si cogiéramos un átomo de agua del océano y lo volviéramos a echar y luego otro, la probabilidad de que fuera el misma es mucho mayor que la anterior.

Erwin Schrodinger decía que la imagen científica del mundo es muy deficiente, reduce la existencia a un orden consistente, pero guarda un silencio sepulcral sobre lo que importa, la ciencia no puede explicar cómo la música puede deleitarnos. Se negó a quedarse en el cientifismo y concluir que el mundo no tiene sentido, o como Macbeth, ver el mundo como un cuento sinsentido contado con gran aparato por un idiota.

Por último, habló del ateo Bertrand Russell quien dio la visión de un mundo sin finalidad: el hombre como producto de causas que no habían previsto los fines que logran, una colocación accidental de los átomos. T. Alfaro confesó que en ese habitáculo no estaba dispuesto a vivir, ni a afirmar con Camus que el suicidio sea una salida.

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