Olas de calor y añoranza

Rocío Iglesias

Profesora de Responsabilidad Social Departamento de Acción Social

Estas semanas vemos en las noticias como Europa “arde” acalorada perdida. El verano ha llegado y con ganas. Con ganas de que nos pasemos el día en el centro comercial a tope de aire acondicionado, me refiero… porque parece que ni la piscina puede paliar el calor y sofocón que se pasa cada noche o cada vez que te atreves a salir a la calle.  

Todo este calor que baña nuestra cultura y clima mediterráneo en realidad se tiñe de ciertos días que pasan al recuerdo y rememoran nuestra infancia: cuando terminar el cole, que te dieran las notas y despedirte del curso daba comienzo a unas semanas por delante llenas de días intensos, pasados por chapuzones, juegos, helados y acostarse tarde.  

Los días pasaban lentos pero llenos de vida creando sin darte cuenta, recuerdos que quedarían para siempre en la parcelita que yo llamo de “memorias con olor” que te teletransportan ahora de adulto a aquellos momentos: cuando  hueles un buen guiso, la tierra mojada indicando el inicio de una tormenta de verano, el césped recién cortado avisando la llegada del buen tiempo, el canto de los pájaros mientras desayunas sin prisa, el sonido de la gravilla al pisarla mientras paseas hacia la vieja estación del pueblo, la ducha refrescante al llegar de un día intenso de playa… Cada uno reconoce bien en su corazón su “parcelita de memorias” y las recordamos con añoranza porque de adultos, aunque intentemos recrearlas, ya no son lo mismo.  

Hasta el aburrimiento en la hora de la siesta (que de niño uno se aburre mucho) nos genera esa morriña que dicen los gallegos. Cuando todos dormían, la tele sonaba de fondo y el silencio reinaba en la casa.  

El otro día, scrolleando en Instagram bajo el ventilador y mi Nicolás dando patadas sin querer salir (supongo que ha decidido que hasta que la ola de calor se pase, se va a atrincherar dentro de su madre) descubrí que este fenómeno tiene un nombre: “Efecto Proust”. Responde a la vivencia que experimenta el protagonista de una de las novelas de este autor cuando al mojar una magdalena en té se ve invadido por un profundo recuerdo de su infancia.  

Y es que cuando experimentamos esta reminiscencia parece que ya nada es lo mismo, se hace imposible volver a esos días porque la perspectiva ha cambiado. El trabajo, las obligaciones, cerrar el curso, pensar en el que empieza para no iniciarlo con agobio, “¿dónde nos vamos de vacaciones?”, “tengo que aprovechar a leerme todos los libros apilados en la mesilla” porque “son mis vacaciones, pero hombre… hay que ser productivos”, ¿no?  Y así vamos, como pollo sin cabeza buscando esa sobreproductividad incesante en cada momento de nuestro día porque nos cuesta mirar a ese niño que fuimos y aprender de él.  

No es una cuestión de que el curso que viene comencemos siendo diagnosticados con el Síndrome de Peter Pan, pero quizá pararnos un poquito, conectar con lo sencillo de nuevo, disfrutar de las pequeñas cosas y agradecer lo bueno que hay a nuestro alrededor nos ayude a acercarnos a los ojos de ese niño que fuimos y nos recuerde lo bueno que hay cada día en nuestra cotidianeidad.  

Hay olas de calor… sí. Y de añoranza que bien vividas nos pueden ayudar a que un verano sea algo más que calor y expectativas sin cumplir, un domingo algo mejor que el día previo a la vuelta del trabajo, un lunes algo más que el inicio de una semana llena de curro y agobio. 

Y en definitiva… una vida más vivida con sentido.    

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