No estamos solos

Francisco Javier Gómez Díez. Profesor de Historia UFV

Enfermamos. Los síntomas de la enfermedad, quizás benignos, nos fuerzan a recluirnos, aún más, en estos días de soledad. La crueldad de la epidemia no reside en el número desproporcionado de muertos, ni en la angustiosa agudeza de los dolores, ni en la fragilidad humillante de nuestro conocimiento, ni en el egoísmo que, a veces, desvela. Reside en la soledad

Desde que alcanzamos la madurez todos vivimos con la muerte. Enterrando, sabemos que pronto nos enterrarán a nosotros. La muerte, la propia y la ajena, nos desafía al separarnos de esos a los que queremos. Entonces, nos despedimos, zanjamos nuestras deudas, pedimos oraciones y, confiados, por lo general, prometemos reencontrarnos. La despedida, natural, necesaria y sana, alivia el dolor de la separación. Cuando no es posible sangramos por una herida profunda

Pero, el Justo murió solo, murió abandonado, y con su sacrificio arrancó sus garras a la muerte, destruyó su victoria y garantizó nuestra comunión. 

El anciano pastor vestido de blanco en el corazón de una plaza vacía no está sólo. La belleza de su gesto nos grita: no estáis solos. Entonces comprendemos la promesa escondida en la orden del Señor al ángel de la muerte. “Cruel muerte, vamos, oculta tu fiereza, vela tu pestilencia y, disfrazada de juventud y gloria, desciende y tráeme a mi amigo Abrahán” (Testamento de Abrahán, 1-38) Sabiéndonos amigos, por horrible que sea la muerte, esperamos ser acogidos