Newman en la montaña

Hace algunos años caminaba por la montaña con un buen amigo y colega profesor universitario. Nos desahogábamos quejándonos de los planes de estudios, de las exigencias institucionales de producción académica, de metodología e innovación tecnológica, de carga docente, etc., y sobre todo del creciente número de alumnos que asisten a la universidad como si fueran clientes de una empresa de servicios. En un momento quedamos en silencio y mi sabio compañero me entregó dos perlas de pocas palabras con las que justificaba nuestra mutua solidaridad y victimizado lamento: «Un profesor universitario es un estudiante que no ha querido dejar de serlo» y «La universidad es lo que pasa fuera del aula».

Últimamente he dedicado una parte de mi investigación académica a la visión de John Henry Newman sobre la universidad. Con frecuencia he recordado aquellas dos frases de mi amigo —hoy puedo llamarle, lleno de orgullo, maestro— y se me antojan la síntesis de casi cinco años de estudio.

Con motivo de la fundación por parte de Primer Ministro de Reino Unido —que entonces incluía Irlanda— Robert Peel de la Queen’s University en Irlanda en el año 1845, de orientación fuertemente liberal secularizadora, la Iglesia católica, auspiciada personalmente por el Papa Pío IX, decidió instaurar en Dublín una universidad que proporcionase a sus fieles unos estudios rigurosos sin poner a riesgo su fe católica. Newman recibió el encargo de la jerarquía y puso en marcha la Catholic University of Ireland, de la que fue rector desde su inicio en 1854 hasta 1858.

El trabajo comenzó con los discursos —unos pronunciados y otros solamente escritos— que se publicaron más tarde como la conocida Idea de una universidad definida e ilustrada. Newman expresa en ellos su visión de la educación universitaria, con una prosa que él mismo reconoce como la más lograda de su extensa y brillante literatura. Son discursos que se han difundido por doquier y traducido a decenas de idiomas y que constituyen una referencia insoslayable para cualquier investigador en Newman o en la universidad.

El mismo año de inicio de la Universidad Católica de Irlanda, el rector fundó una revista en la que publicaba semanalmente artículos destinados a convencer a los reacios irlandeses de la necesidad y conveniencia de esa nueva institución. Son un total de veinte artículos en los que, a partir de la pregunta «¿Qué es una universidad?», desarrolla una imagen histórica, como complemento a la idea de los anteriores discursos, con la que ilustra lo que la civilización occidental debe a la universidad, desde la antigua Atenas, como lugar de búsqueda y difusión del saber a lo largo de los siglos. Esta colección de artículos, publicada en 1872 bajo el título Rise and Progress of the Universities, no es comparable a la Idea de una universidad definida e ilustrada ni por la calidad de su prosa ni por su difusión. De hecho, la primera edición en español de esta obra ha tenido lugar en marzo de 2024, como la joya de la corona de nuestra investigación. Sin embargo, su lectura es necesaria si se quiere comprender lo que Newman piensa sobre universidad.

La gratuidad del conocimiento 

Ahí desarrolla una visión que parte del mero deseo de saber que todos los hombres compartimos y que en su forma más radical y profunda aparece como un fin en sí mismo. La universidad no es aprender algo para hacer algo, sino aprender algo para saber algo. Es decir, lo que en la antigüedad se entendía por otium, ocio, la dedicación de las personas libres: el gozo de contemplar la realidad con una visión comprensiva; y que se oponía al neg-otium, negocio, el trabajo de quienes les falta libertad y necesitan dedicarse a las actividades productivas.

Conocer es una necesidad genérica de la especie humana que mueve a la ociosa investigación, diálogo y la conversación culta entre personas que comparten la misma inquietud. Como ocurre con todas las cosas buenas, los hallazgos intelectuales producen gozo y se desean compartir. La comunicación del conocimiento surge en los profesores espontánea y libérrima como oferta educativa a la que los estudiantes, con el asombro y la admiración que produce el entusiasmo de sus maestros, acuden con reverencia y deseo de aprender. Así se establece una relación peculiar entre docentes y discentes que, encantados por el hechizo de sus descubrimientos y su comunicación, crecen juntos en una relación asimétrica pero de beneficio recíproco. Newman sintetiza esta dinámica explicando que la universidad es una institución excepcional porque la provisión precede a la demanda.

Los profesores son los que hacen la Universidad

Son los profesores quienes hacen la universidad porque se ofrecen como maestros. Los estudiantes sienten la predilección de acceder a la sabiduría que gratuitamente se les ofrece. De modo que, antes incluso que los libros y la contundencia de los argumentos, es la presencia del profesor la que genera el  atractivo del manantial para quien tiene sed de sabiduría. Por eso el santo cardenal inglés identifica la esencia de la universidad no con los edificios, ni las aulas, ni los programas educativos, ni la producción científica, sino con la influencia personal que los docentes ejercen sobre los estudiantes, que estimula y multiplica el deseo de saber y de compartir el conocimiento. Una relación creativa, que se retroalimenta y da lugar a un círculo virtuoso que impregna toda la universidad, a la que después habrá que dotar de instalaciones, aulas, normativa, etc., que la permitan perpetuarse en el tiempo y conservar el saber acumulado.

Influencia personal y norma

Como los profetas que auguraban desgracias para el pueblo de Israel, Newman advirtió que la excesiva normativización e institucionalización imposibilitaría la espontánea influencia personal y haría de la universidad «un invierno ártico». El lamento que compartía con mi amigo, maestro y compañero, era como una constatación del funesto augurio de Newman. Sin embargo, supimos que aquel paseo fue un encuentro universitario en plena montaña. Una convivencia culta y gozosa por lo inútil de la conversación y por el  mutuo enriquecimiento del que nuestra amistad salió fortalecida.

Un profesor es un estudiante que no ha querido dejar de serlo y la universidad acontece en toda relación que su ofrecimiento libre genera en quienes desean dialogar. Sin duda, en el aula se transmite un conocimiento sistemático y riguroso, pero la universidad no pasaría de ser una academia si no aconteciera esa mutua oferta y demanda espontánea y libre de exámenes, calificaciones y consecuencias útiles para el estudiante.