C.S. Lewis en diálogo con John Henry Newman: racionalidad, fe y el Sentido que busca al hombre

Víctor Alfonso Márquez Romo

Docente y consultor empresarial

Introducción 

El cristianismo no es, ante todo, un conjunto de bellas enseñanzas morales. No es una filosofía más entre tantas. Su centro no es una idea, sino una persona: Jesús de Nazaret. Por eso, si esa persona resultara ser un fraude o un mito, toda la fe se vendría abajo. Precisamente por eso, el escritor y pensador C.S. Lewis propuso uno de los argumentos más provocadores del siglo XX: la famosa triada «loco, mentiroso o Señor». En su libro Mero Cristianismo, Lewis desafía a quienes quieren reducir a Jesús a un simple «gran maestro». 

Pero Lewis no estuvo solo en este esfuerzo por mostrar la razonabilidad de la fe. Un siglo antes, el cardenal John Henry Newman (1801-1890) había sentado las bases epistemológicas para entender cómo el ser humano puede asentir realmente a las verdades de la fe, más allá de un mero consentimiento intelectual. Como veremos, la distinción newmaniana entre asentimiento real y nocional, así como su concepto del sentido ilativo, iluminan y refuerzan la triada de Lewis, mientras que el título del seminario —El sentido busca al hombre— encuentra en ambos autores un eco profundo. 

Este ensayo explorará la solidez del argumento de Lewis, lo conectará con los grandes temas del seminario, y mostrará cómo la literatura de Lewis —Cartas del diablo a su sobrino y Las Crónicas de Narnia—, leída a la luz de Newman, confirma que no somos nosotros quienes buscamos desesperadamente el sentido, sino que es el Sentido mismo —encarnado, crucificado y resucitado— quien sale activamente a nuestro encuentro. 

  1. ¿Loco, mentiroso o Señor? La fuerza del argumento

El punto de partida: Jesús no era un maestro común 

Lo primero que hay que reconocer es que Jesús no habló ni actuó como un simple profeta. Perdonó pecados —algo que solo Dios podía hacer, según la teología judía—, aceptó la adoración de sus discípulos y se presentó como el camino exclusivo al Padre. Lewis sostiene que, frente a semejantes afirmaciones, no podemos tratarlo como a un sabio más. Como el propio Lewis escribe en Mero Cristianismo: «Un hombre que fuera simplemente un hombre y dijera las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un loco, o algo peor» (Lewis, 2006, p. 52). 

¿Estaba loco? 

La primera posibilidad es que Jesús creyera sinceramente ser Dios sin serlo. Eso lo convertiría en un enfermo mental, víctima de un delirio de grandeza. Sin embargo, al leer los Evangelios, no encontramos a alguien desquiciado. Al contrario: sus respuestas son lúcidas, su enseñanza es equilibrada, su trato con los demás es profundamente humano. La locura no encaja. 

Desde la perspectiva de Newman, podemos decir que los Evangelios nos presentan a Jesús no como un objeto de asentimiento nocional —una idea abstracta sobre la que se puede especular—, sino como alguien que exige un asentimiento real, es decir, un compromiso de toda la persona. Como escribe Newman en su Grammar of Assent: 

«El asentimiento real es propiamente un acto de religión, siendo la religión algo tan personal, y el asentimiento nocional es más bien un acto teológico.» [1] 

El Jesús de los Evangelios no invita a la teología abstracta, sino al encuentro personal. La coherencia entre su palabra y su vida, entre su enseñanza y su muerte en cruz, genera en el lector honesto esa impresión de realidad que Newman asociaba con la conciencia y la experiencia vital. 

¿Era un mentiroso? 

La segunda opción es que Jesús supiera que no era Dios y, sin embargo, mintiera. Eso lo convertiría en un impostor. Pero, ¿cómo puede un mentiroso enseñar la verdad más profunda sobre el amor, el perdón y la humildad? ¿Y qué clase de estafador muere voluntariamente por su mentira, sin obtener poder, dinero ni placer? Como apuntan Kreeft y Tacelli, es un absurdo lógico. La cruz desmiente al mentiroso. 

Newman añadiría que el sentido ilativo —esa capacidad de la mente para captar la verdad a partir de la convergencia de probabilidades— nos permite reconocer la sinceridad de Jesús. El sentido ilativo es descrito en la literatura especializada como «la facultad que nos permite alcanzar la certeza a partir de un conjunto de probabilidades convergentes, cada una de las cuales sería insuficiente por sí sola, pero que juntas crean una convicción racionalmente inquebrantable» [7]. Así como Newman argumentaba que creemos que Gran Bretaña es una isla sin haberla circunnavegado, porque múltiples evidencias convergentes nos llevan a esa certeza, del mismo modo la vida, las palabras, el impacto histórico y el testimonio de los primeros discípulos convergen hacia la conclusión de que Jesús no era un mentiroso. 

¿Y si todo fue una leyenda? 

Algunos críticos, como Bart Ehrman, proponen una cuarta vía: Jesús nunca dijo ser Dios; fueron sus seguidores quienes, décadas después, inventaron la leyenda. Pero aquí aparece un detalle decisivo: el apóstol Pablo ya escribía sobre la divinidad de Cristo apenas veinte años después de la crucifixión. Eso es muy poco tiempo para que se invente un mito, sobre todo con testigos oculares aún vivos. Como demuestra William Lane Craig, la «cristología alta» no es una evolución tardía, sino el corazón de la fe más antigua. 

Newman, en su famoso Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, ya había abordado esta cuestión. Para Newman, la Iglesia primitiva no inventó la divinidad de Cristo, sino que desarrolló explícitamente lo que ya estaba implícito en las afirmaciones del propio Jesús y en la experiencia pascual de los apóstoles. La convergencia de probabilidades —otra vez el sentido ilativo en acción— favorece la historicidad del Nuevo Testamento frente a la hipótesis de la leyenda. 

  1. La hipótesis de Lewis confirmada en Cartas del diablo a su sobrino

Más allá de sus ensayos apologéticos, Lewis tuvo una manera genial de comprobar su hipótesis desde la ficción: en Cartas del diablo a su sobrino, un demonio veterano llamado Escrutopo instruye a su joven sobrino Orugario sobre cómo alejar a los humanos de Dios. Lo fascinante es que, a lo largo de las cartas, Lewis demuestra que la estrategia más eficaz del demonio no es convencer a los humanos de que Dios no existe, sino hacerles creer que Jesús fue solo un «buen maestro». 

En una de las cartas más reveladoras, Escrutopo explica por qué la «búsqueda del Jesús histórico» —esa tendencia a reducir a Cristo a una figura meramente humana— es tan útil para sus propósitos. El demonio comenta que esta búsqueda «dirige a los lectores hacia alguien que realmente no existe» y que tiene como resultado presentar a «Jesús el Maestro moral en lugar de Jesús el Salvador, el Dios encarnado que era capaz de realizar milagros y resucitar de entre los muertos» (Lewis, 2017, carta XVI). 

Aquí Newman ofrece una clave profunda. ¿Por qué los seres humanos caemos tan fácilmente en la trampa de reducir a Jesús a un «buen maestro»? Porque el asentimiento nocional —ese modo de aprehender las proposiciones como ideas abstractas, sin que toquen la imaginación ni los afectos— es más cómodo que el asentimiento real. Newman explica esta distinción de manera clara: 

«El asentimiento nocional no excita ni estimula las afecciones y pasiones; no es un principio de acción. Podemos creer nocionalmente que el fuego quema sin apartar la mano, pero creerlo realmente nos haría retroceder.» [1] 

Aceptar nocionalmente que Jesús fue un gran maestro moral no exige cambiar la vida. En cambio, asentir realmente a que Jesús es el Señor —el Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado— implica una transformación radical. El demonio, en la visión de Lewis, prefiere que nos quedemos en lo nocional. Newman nos ayuda a ver por qué: porque lo nocional no compromete, no impulsa a la acción. 

Pero quizás la cita más iluminadora se encuentra en el capítulo VI de Cartas del diablo a su sobrino, donde Escrutopo revela la estrategia central del «Enemigo» (como los demonios llaman a Dios). El anciano demonio escribe a Orugario: 

«Lo que el Enemigo quiere decir con esto es, ante todo, que debería aceptar con paciencia la tribulación que le ha caído en suerte: el suspense y la ansiedad actuales. Es sobre esto que debe decir: «Hágase tu voluntad», y para la tarea cotidiana de soportar esto se le dará el pan cotidiano. Es asunto tuyo procurar que el paciente nunca piense en el temor presente como en su cruz, sino sólo en las cosas de las que tiene miedo.» (Lewis, 2017, cap. VI) 

Podemos inferir del pensamiento de Newman que la ansiedad es precisamente el resultado de no haber integrado realmente la verdad de la providencia divina. El asentimiento real a la proposición «Dios es mi Padre» genera paz; el asentimiento meramente nocional genera dudas y miedos. 

Y más adelante, en el mismo capítulo, Escrutopo añade una regla que ilumina toda la obra: 

«Se puede, en consecuencia, formular la siguiente regla general: en todas las actividades del pensamiento que favorezcan nuestra causa, estimula al paciente a ser inconsciente de sí mismo y a concentrarse en el objeto, pero en todas las actividades favorables al Enemigo haz que su mente se vuelva hacia sí mismo.» (Lewis, 2017, cap. VI) 

Esta «regla» demoníaca es la antítesis perfecta de lo que Jesús enseñó: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la encontrará» (Mateo 16,25). Newman argumentaría de manera similar que cuanto más nos concentramos en nosotros mismos, más nos alejamos de Aquel que es la fuente de todo bien. El conocimiento real de Dios nos descentra; el conocimiento nocional nos deja encerrados en nuestra propia subjetividad. 

Por último, en otra carta, Escrutopo revela cuál es el camino más seguro hacia la perdición: no el pecado escandaloso, sino la erosión lenta y silenciosa de la fe. El demonio confiesa que «la ruta más segura al infierno es gradual —la pendiente suave, blanda bajo los pies, sin giros bruscos, sin hitos, sin señales» (Lewis, 2017, carta XII). Esta idea encuentra un paralelo en el pensamiento de Newman, quien sostiene que la certeza no se pierde de repente, sino por un proceso silencioso y continuo, como una corriente que desgasta la piedra. La duda no suele comenzar como un asalto frontal, sino como una pequeña fisura que se va ensanchando. Precisamente esa «pendiente suave» que Lewis describe con tanta agudeza. Ambos autores coinciden: la fe se pierde no tanto por ataques frontales, sino por la falta de atención a la realidad, por contentarse con un cristianismo nocional. 

  1. El sentido que busca al hombre en Las Crónicas de Narnia

Si en Cartas del diablo a su sobrino Lewis nos muestra la estrategia del mal para desviarnos de la verdad, en Las Crónicas de Narnia nos regala algo aún más hermoso: una imagen vívida y conmovedora de cómo el Sentido —Dios mismo— sale activamente a buscar al hombre. 

Aslan: el Sentido encarnado que busca 

A lo largo de las siete crónicas, el gran león Aslan no es una mera alegoría de Cristo; Lewis prefería llamarlo una «suposición» (supposal): «¿Cómo sería Dios si existiera un mundo como Narnia y decidiera encarnarse allí?» El resultado es una figura que captura la esencia del Dios cristiano: un Dios que no espera pasivamente a que lo encontremos, sino que toma la iniciativa. 

En El león, la bruja y el armario, los niños Pevensie llegan a Narnia sin buscarlo. De hecho, Lucy entra por accidente, y los demás la siguen con escepticismo. Pero una vez allí, no son ellos quienes encuentran a Aslan; es Aslan quien se hace presente. Se corre la voz: «Aslan está en movimiento». El castor les dice a los niños: «Aslan no está aquí, pero ya ha llegado. Ha estado en movimiento todo el tiempo» (Lewis, 1950, cap. VII). Esta frase es profundamente teológica: el sentido no está quieto, no es una idea abstracta que debamos escalar; está activo, nos precede, nos busca incluso antes de que sepamos que lo necesitamos. 

Newman, que dedicó su vida a la búsqueda de la verdad y pasó del anglicanismo al catolicismo a través de un largo peregrinaje intelectual, habría suscrito plenamente esta imagen. En su Apologia Pro Vita Sua, Newman describe cómo fue «guiado» hacia la Iglesia Católica no por un único argumento decisivo, sino por la convergencia de probabilidades a lo largo de muchos años. Es decir, el sentido (Dios) lo buscó a él a través de los acontecimientos, los estudios, los amigos, los dolores. Newman experimentó en su propia vida lo que Lewis plasmó en Narnia: que el buscador, al final, descubre que ya era buscado. 

El sentido que rompe la desesperanza 

Uno de los momentos más conmovedores de toda la saga ocurre en El caballo y el muchacho, cuando el joven Shasta, perdido y agotado en la niebla, se encuentra caminando junto a una presencia invisible que resulta ser Aslan. Shasta, sin saber con quién habla, desahoga su tristeza: «Me gustaría saber por qué tengo que pasar por todo esto». Y la voz responde: «Dime tus penas, hijo mío. Yo también las conozco. Yo también he pasado por ellas» (Lewis, 1954, cap. XI). En ese diálogo, Lewis resume el misterio de la encarnación: el sentido no solo nos busca, sino que se identifica con nuestro sufrimiento. 

Newman, que sufrió en carne propia la incomprensión, el aislamiento y el dolor, expresó esta misma confianza en la guía divina en su famoso poema «Lead, Kindly Light», cuyos versos iniciales rezan: 

«Lead, kindly Light, amid th’encircling gloom; Lead Thou me on! / The night is dark, and I am far from home; Lead Thou me on!» [5] 

Esa confianza en la guía divina, incluso en la oscuridad, es la misma que Lewis transmite en la escena de Shasta. El sentido busca al hombre, pero no siempre a la luz del mediodía; a veces lo busca en la niebla, para enseñarle a confiar. 

La resurrección como la gran irrupción del sentido 

En El león, la bruja y el armario, Aslan se entrega voluntariamente a la Bruja Blanca en lugar de Edmund, el traidor. Muere en la Mesa de Piedra, y las hijas de Eva, Susan y Lucy, lloran su muerte. Pero a la mañana siguiente, Aslan resucita. Lewis describe el momento con una belleza que atraviesa el corazón: «No sé si algún lugar del mundo se ha sentido tan feliz como la pequeña colina donde las dos niñas y el gran León jugaban aquella mañana» (Lewis, 1950, cap. XV). 

Newman escribió que la resurrección de Cristo es «el hecho fundamental del cristianismo», aquello que valida todas las demás afirmaciones. Para Newman, como para Lewis, la resurrección no es un mito, sino un evento histórico atestiguado por testigos que estaban dispuestos a morir por su testimonio. El sentido ilativo —esa capacidad de la mente para reconocer la verdad a partir de evidencias convergentes— nos permite asentir realmente a la resurrección, incluso cuando no podemos «demostrarla» matemáticamente. 

El sentido que no fuerza la puerta 

Un aspecto crucial de la teología de Lewis es que el sentido busca al hombre, pero no lo violenta. En La última batalla, aquellos que han amado la verdad y la bondad —incluso si lo hicieron sirviendo a un dios falso llamado Tash— son recibidos por Aslan. Lewis escribe: «Hija, todos los servicios que hiciste con rectitud a Tash, yo los recibo como si me los hubieras hecho a mí» (Lewis, 1956, cap. XV). 

Newman, que fue un defensor apasionado de la conciencia, habría aplaudido esta escena. En su Grammar of Assent, Newman escribe: 

«La conciencia es la voz de Dios en el hombre.» [3] 

Para Newman, la conciencia es el lugar donde el sentido busca al hombre de manera silenciosa pero constante. Lewis, fiel a esta intuición, muestra que Aslan no rechaza a quien ha servido a Tash con rectitud, porque en realidad buscaba la verdad sin saberlo. El sentido busca al hombre incluso en los caminos torcidos, y lo atrae hacia sí con respeto, sin romper su libertad. 

Narnia como escuela de la imaginación 

Finalmente, las Crónicas de Narnia son una «escuela de la imaginación». Lewis sabía que el ser humano no puede ser argumentado hacia el cielo; necesita desearlo. Newman argumentó que la imaginación es el puente entre el asentimiento nocional y el real. Según Newman, «el conocimiento real de las cosas no viene a través de definiciones, sino a través de impresiones que han dejado en la imaginación» [1]. Lewis llevó este principio a la práctica: generó en millones de lectores una impresión vívida y real de quién es Dios, de cómo busca al hombre, de qué significa la redención. 

  1. La universidad y las preguntas existenciales

La historicidad y la universidad 

El argumento de la triada nos recuerda que la fe cristiana no le teme a la historia. Al contrario, se apoya en ella. Jesús vivió en un tiempo y lugar concretos. Por eso, estudiar su figura con rigor académico no es un acto de debilidad, sino de honestidad. La universidad no es enemiga de la fe; puede ser su aliada. 

Newman, que fue el gran teórico de la universidad católica en su obra The Idea of a University, defendió apasionadamente que la verdad no puede temer a la verdad. Para Newman, la universidad es el lugar donde la razón busca el sentido, y donde la fe puede y debe dialogar con las demás disciplinas. No hay contradicción entre fe y razón cuando ambas buscan la verdad. 

El sentido ilativo y la decisión de la fe 

Uno de los conceptos más importantes que Newman aporta a nuestro análisis es el del sentido ilativo. Como se ha señalado en la literatura especializada, Newman sostiene que la certeza en materia religiosa «no se alcanza mediante la deducción lógica estricta, sino a través de la convergencia de probabilidades» [2]. Newman mostró que la mayoría de nuestras decisiones importantes en la vida —elegir pareja, profesión, un médico— se basan en este tipo de razonamiento informal. Lewis, al formular su triada, está apelando implícitamente al sentido ilativo. No ofrece una demostración geométrica de la divinidad de Cristo, sino una convergencia de probabilidades: los Evangelios, el testimonio de los apóstoles, la coherencia de la enseñanza de Jesús, el hecho de la resurrección, la transformación de los discípulos, el nacimiento de la Iglesia. Todo ello converge hacia la conclusión de que Jesús es el Señor. 

La fe como asentimiento real 

Finalmente, Newman nos recuerda que la fe no es un mero acuerdo intelectual. En una definición clásica, Newman describe la fe como «no una mera convicción en la razón, sino un firme asentimiento. Es una certeza clara, mayor que cualquier otra certeza» [4]. Lewis, con su triada y con sus ficciones, busca precisamente eso: provocar un asentimiento real en sus lectores. No quiere que simplemente estemos de acuerdo con que Jesús fue un gran maestro; quiere que nos enfrentemos a la posibilidad de que sea el Señor, y que respondamos con toda nuestra persona. 

  1. Conclusión: una decisión que involucra la mente, el corazón y la imaginación

La triada de Lewis nos quita la salida fácil. No podemos quedarnos con un Jesús bonito, inofensivo, domesticado. O fue un enfermo, o un mentiroso, o realmente es el Señor. Y al leer los Evangelios, al examinar la historia, al dejarnos acompañar por la literatura de Lewis —Cartas del diablo a su sobrino y Las Crónicas de Narnia—, y al iluminar todo ello con la filosofía de Newman, la balanza se inclina con fuerza hacia la última opción. 

Newman y Lewis coinciden en que la fe no es un mero asentimiento intelectual a un conjunto de proposiciones. Es un asentimiento real que compromete toda la persona: la inteligencia, la voluntad, los afectos y la imaginación. Y ese asentimiento no es irracional: es el resultado del ejercicio del sentido ilativo, esa capacidad que Dios nos ha dado para reconocer la verdad en el tejido concreto de la vida. 

El seminario El sentido busca al hombre me enseñó que no soy yo quien anda a tientas en la oscuridad buscando un sentido difuso. Es el Sentido mismo —encarnado, crucificado y resucitado— quien ha salido a buscarme. Newman lo experimentó en su conversión; Lewis lo plasmó en sus ficciones; y nosotros, en este seminario, hemos tenido la oportunidad de examinar las evidencias y de responder con nuestra libertad. 

Este ensayo no ha sido solo un ejercicio académico. Ha sido, para mí, un encuentro personal con una verdad que no aplasta, sino que libera. Estudiar la Triada de C.S. Lewis, leer a Newman, sumergirme en Narnia y en las cartas demoníacas, me ha demostrado que la fe cristiana no nos pide apagar el cerebro al entrar a la universidad. Al contrario, nos exige un rigor intelectual profundo, pero también una apertura del corazón y de la imaginación.


Bibliografía

Craig, W. L. (2018). Fe razonable: Apologética y veracidad cristiana. Publicaciones Kerigma. 

Ehrman, B. D. (2014). Cómo Jesús llegó a ser Dios. HarperOne. 

Kreeft, P., & Tacelli, R. K. (2007). Manual de apologética cristiana. Ediciones Rialp. 

Lewis, C. S. (1950). El león, la bruja y el armario. HarperCollins. 

Lewis, C. S. (1954). El caballo y el muchacho. HarperCollins. 

Lewis, C. S. (1956). La última batalla. HarperCollins. 

Lewis, C. S. (2006). Mero Cristianismo. Rayo / HarperCollins. 

Lewis, C. S. (2017). Cartas del diablo a su sobrino. Planeta / HarperCollins. 

McDowell, J. (2004). Nueva evidencia que exige un veredicto. Editorial Mundo Hispano. 

Newman, J. H. (1870). An Essay in Aid of a Grammar of Assent. Longmans, Green. 

Newman, J. H. (1864). Apologia Pro Vita Sua. 

Newman, J. H. (1852). The Idea of a University. 

Savarimuthu, A. K. (2025). Newman’s Grammar: A Reflection of Newman’s Apologia. Salesianum. 

Wright, N. T. (2003). The Resurrection of the Son of God. Fortress Press. 

El Instituto Newman de la Universidad Francisco de Vitoria comparte mensualmente una serie de publicaciones dedicadas a John Henry Newman para profundizar en la vida, el pensamiento y el legado de este gran santo y analizar su relevancia para nuestra vida y la vivencia universitaria actual.

Su nombre tiene el San delante desde octubre de 2019 pero nuestro Instituto lleva su nombre desde hace 20 años. Merece la pena conocer a esta figura, entender porque nos gustaría ir siguiendo su huella en esta casa, la Universidad Francisco de Vitoria. De ahí que compartamos con vosotros cada mes un breve artículo o pieza audiovisual explicando la hondura de este personaje de la mano de profesores universitarios que admiran su inteligencia de la fe y su inteligencia de la realidad.

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