La penúltima parada 

Sofía Gonzalo

Profesora de la Facultad de Comunicación UFV

Jesús Saldaña conocía el corazón del hombre. Quiso conocerlo para sanarlo. Era su misión, el sentido de su vida. Y es a lo que estaba entregado hasta su muerte, con poco más de treinta años.  

Era uno de los cardiólogos del Hospital Universitario de La Paz. También uno de los cuarenta y cinco que perdieron la vida en el accidente de trenes de Adamuz, el pasado 18 de enero.  

Esta vocación suya hacia la cardiología le venía de pequeño. A su abuelo le diagnosticaron un problema de corazón y el nieto quería curarlo. Se afanó en lograrlo, ¡vaya si lo hizo! 

Los medios locales de su pueblo le hicieron varias entrevistas por sus éxitos en el camino. La primera vez, por su premio extraordinario al mejor expediente académico, en la ESO. En Bachillerato, todo matrículas de honor. Llegó la EVAU y volvieron las entrevistas, esta vez por la mejor nota en la provincia de Málaga: un 13,810. Siguió así en el grado de Medicina. Obtuvo el mejor expediente académico de su promoción y el puesto 44 del MIR.  

La vida de Jesús me interpela. Cuanto más leo sobre él, más lo hace. 

Me descubre la inigualable magnanimidad que conlleva saber qué son realmente los éxitos. Lo muestra él mismo, con su forma de entender el logro, que no son solo resultados.  

Lo descubro cuando un paciente le agradece en redes haber sido “uno de los cardiólogos que tanto lucharon porque saliese adelante en ese verano en La Paz”. También en el “atento a sus compañeros, con sed de mejorar y progresar sin perder nunca la humildad que lo caracterizaba” de quienes trabajaron con él.  

Leyendo estos mensajes, sé que Jesús pasó, aquel domingo, de una vida lograda a una vida en plenitud.  

La madre de Jesús, Conchi, la Inmaculada, también lo sabe. Y lo dijo con sabiduría, sencillez y el desgarro de haberlo perdido: “Hemos tenido un regalo que Dios nos ha dado durante 30 años, era tan bueno que se lo ha llevado con Él y nos ha dejado a nosotros aquí”.  

Jesús encarnó el sacrificio. No solo al final de su vida, no. En el aquí y en el ahora. Toda una vida de entrega que ahora se ve recompensada.  

Me conmueve también leer cómo se pensaba. «Me han dicho que se alegran mucho, que me lo merezco, pero yo no creo que haya hecho nada extraordinario» decía en una entrevista sobre las felicitaciones de sus compañeros de colegio por uno de sus premios. Sus padres apostillaban que le agradecían «dedicar más tiempo a los demás que a sí mismo». 

Uno de cuarenta y cinco me muestra certezas, impresas en actos que trascienden el tiempo. Entregas a los demás que él veía ordinarias. Para otros, serán eternas.  

Leo las palabras de despedida que le dedican en su colegio y el cardiólogo me vuelve a interpelar: “El mundo se te quedaba pequeño, para todo lo que podías aportarle”.  

Su paso por aquí, en mi ahora, era su penúltima parada.  

Jesús Saldaña me deja abierta… la puerta de la Esperanza.

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