Ítaca existe (debajo de tus pies)

Rocío Solís

Coordinadora del Instituto Newman y profesora de Teología en la Facultad de Comunicación de la UFV

Hace tan solo un mes.

Hace tan solo cinco semanas que nos despedíamos preguntándonos: ¿quién custodiará todo lo vivido? Qué sería de todo el trabajo que nos había fatigado durante el curso y que cerrábamos.

De nuevo estamos aquí.

Y lo primero que no podemos dar por hecho es que estemos aquí.

Muchos hemos visto como Ítaca es un regalo y hemos luchado a brazo partido contra Poseidón en el oleaje, soñando el hogar. Sin embargo, volvemos a la mesa del ordenador y no lo relacionamos con Penélope esperando. Llegamos a tener depresión postvacacional, lo llaman. Y está bien mirar a la cara lo que nos pone tristes o lo que nos parece insuficiente para la vida de aventura que deseamos.

Quizá lo mejor que podemos regalarnos en este inicio de curso es una pregunta ¿Qué he vivido en vacaciones que me gustaría seguir viviendo? Debemos seguir con el regalo y darnos una búsqueda profunda en la respuesta. Si surfeamos las olas responderemos rápido: los churros de cada día, levantarme con el sol ya muy crecido y luego beberme ese sol en la piel, las cervezas del aperitivo con toda la promesa de la siesta en el horizonte…y efectivamente todo esto es extraordinario. Lo sabemos bien porque todos llevamos tatuados esa primera mañana del mundo, donde todo era muy bueno y no había que ganárselo. Pero, ¿qué hace que todo sea bueno? Todo lo que añoramos ahora al ponernos los mocasines del colegio ¿qué lo ha hecho bueno de veras? ¿para quién? ¿con quién?

Hay cosas que no podremos replicar por el bien de nuestra nómina. Pero otras muchas, las profundas, las verdaderas, las que llevan las palmas de nuestras manos grabadas, sí. Vivir como si la vida fuera grande. No medir mi valía por un número, ni de la nota de examen ni la de la cuenta bancaria. Descubrir a los que tengo al lado. Jugar. Desprenderme de mi imagen para que los demás se rían. No someterme a unas prisas que nadie pide. No solucionar mi vida toda de una vez. Beber tinto de verano y abrirme unas aceitunas. Ver a los amigos y a los abuelos. Saber que tengo todo el día por delante y que un imprevisto, también en el curso, es la única esperanza. Vivir como si la vida ya estuviera ganada.

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