La universidad como ágora

Rocío Solís

Si miramos esta foto deprisa vemos a unos jóvenes rodeando a dos personas encima de una tarima. Parece un aula y parece que los chicos, que empiezan a parecernos alumnos, están escuchando.

Si agudizamos un poquito más la mirada podemos reconocer, quizá, que quien habla es Antonio López, uno de los pintores españoles más importantes de nuestra época. La foto es mala, cogida por la cámara mala de un móvil viejo. Pero el momento es inconmensurable y eso es lo que quiere atrapar esta fotografía: la sabiduría que surge en los pliegues de lo cotidiano y que no está colapsada por el flash de una instantánea, que no tiene la calidad estética para pasar el filtro de fugacidad y sorpresa de ninguna red, quiere colarse en la vida universitaria cuando esta es lo que dice ser.

Si agudizamos el oído, como están haciendo los alumnos que vemos, comprendemos que el pintor Antonio López, llevado de la mano del catedrático Pablo López Raso, estaba haciendo universidad, es decir, estaba enseñando a otros a través de la palabra, la experiencia y el conocimiento. Invitado a impartir un curso a los alumnos de Bellas Artes lo clausuraba con una conversación con el director del grado y lo hacía en el aula, sin focos, hablando de lo que sabe y vive, el misterio de la creación a través del arte de la pintura.

Los alumnos y profesores que le escuchan quieren saber también, y por eso están en la universidad, y por eso saben que la técnica o el conocimiento de datos no es suficiente para aferrar eso que aferra López en sus cuadros y que provoca que muchas miradas se paren delante de ellos y viajen a otro lugar que no es bidimensional como el lienzo.

Misterio. Arte. ¿Cómo se aprende? No se sabe, pero el primer paso es escuchar al maestro, y hacerlo con la autoridad de los maestros que acompañan a esos chicos día a día, sus profesores, que también permanecen al lado de ellos mostrándoles cómo se escucha y cómo se pregunta. No toda pregunta es pertinente para acercarse a las esencias, y la universidad, sobre todo, va de ellas. El segundo paso es dejar que los alumnos, tras haber confrontado lo escuchado, conecten ese camino largo del maestro con el suyo, corto pero lleno de cimas por alcanzar. Ambos caminos se encuentran en un mismo punto, y en ese, todos somos aprendices, el de aprender a buscar la verdad a través de la ciencia estudiada.

Antonio López les cuenta su experiencia, sobre la que luego ha construido su propuesta artística: la realidad se puede conocer y en ella se puede confiar, no hace falta añadirle nada. Allí está toda la belleza, la suciedad, la fragilidad y el misterio de la vida que un pintor puede osar retratar. Solo hace falta el viaje de ella a uno mismo para después devolverla a los demás impregnada de nuestra alma. Dixit Antonio López.

Tras escucharle pienso que la universidad pretende educar y formar ese alma compuesta de memoria, razón, voluntad, juicio, afecto y conocimiento de cada alumno para que luego este pueda devolver y desvelar a los demás un poquito más de esa realidad que nos acoge.