Ese “…” que no es vacío 

Yolanda Cerezo

Vicerrectora de Gestión Académica, Calidad y Emprendimiento de la UFV

Una tarde cualquiera, en un aula ya vacía, me quedé mirando una pizarra casi borrada. Apenas se distinguía: lim𝑡→∞…La frase quedaba abierta. 

Mi madre había fallecido hacía pocos días. 

En matemáticas no necesitamos alcanzar el infinito para afirmar que existe; basta con observar la tendencia. Hay funciones que nunca llegan, pero todo en su comportamiento apunta más allá de lo que vemos. No es intuición difusa, es rigor: la dirección está inscrita en la propia función. 

Con mi madre me sucede algo semejante. Ya no está en lo visible, en lo que puedo medir o tocar. Y, sin embargo, todo en mí sigue orientado por ella: en decisiones pequeñas, en gestos que emergen sin esfuerzo, en la forma de mirar a los demás. 

Y entonces aparece el misterio. 

No como ausencia de razón, sino como su ensanchamiento. Como ese ámbito donde lo real desborda lo que puedo formalizar, pero no por ello deja de ser verdadero. Igual que en matemáticas hay realidades que no vemos directamente, pero cuya existencia se impone por sus efectos. 

 

Surgen así preguntas que no buscan cerrar, sino abrir: 

¿Y si la vida no se agota en lo que puedo observar directamente? 

¿Y si el vínculo no termina, sino que cambia de modo? 

¿Y si, como en tantas ecuaciones, la solución no está en el espacio en el que estoy mirando? 

¿Y si ese “más allá” que no puedo calcular es, precisamente, lo más real? 

La ciencia describe con precisión los procesos. Pero no agota el sentido. Y quizá la experiencia del amor, cuando no se disuelve con la muerte, es la forma más concreta de acceder, indirectamente, a ese misterio. 

No sé completar ese “…” de la pizarra, pero intuyo que no es un vacío, sino una plenitud que no cabe del todo en mis categorías. 

Y, aun así, mi vida sigue teniendo dirección. Y eso, de algún modo, también es evidencia. 

 

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