Esa totalidad que debe ser redimida

Arturo Encinas

Profesor de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria

La agitación del panorama político nacional —marcado por comicios autonómicos recientes o próximos, procesos judiciales y novedades del capítulo español del #MeToo, entre otros escándalos— e internacional —especialmente por el nuevo proceso venezolano abierto a raíz de la operación Absolute Resolve— ya nos ha hecho olvidar los tópicos navideños y de comienzo de año. Esta suerte de relatos de ficción que nos llegan en forma de noticia de prensa, de tuit o de análisis de actualidad nos ofrecen marcos narrativos para interpretar la realidad circundante, por supuesto, pero también la nuestra propia. 

En todos los casos aludidos se repite el motivo ancestral del culpable que merece ser perseguido, juzgado y sentenciado: el candidato que obtuvo un mal resultado electoral, el funcionario o cargo público que engañó y se lucró de modo fraudulento, el jerarca político que abusó de una subordinada, o Nicolás Maduro. Y en todos los casos se renueva también ese trágico presentimiento gatopardista: las estructuras que han inducido el malestar general permanecerán. 

Sin quitar un ápice de responsabilidad a cada uno de los catalogados como culpables de esta semana, siempre es conveniente revisar si estos personajes de la ficción mediática 1) no serán tan «culpables» como otros y 2) no presentarán algún rasgo universal con el que yo pueda identificarme. No propongo una relectura total de estos personajes, defendiendo que el «villano» es en realidad el auténtico héroe de la historia —como sí defiendo en el caso de Wander, el protagonista del aclamado videojuego Shadow of the Colossus—. Tan solo postulo el ejercicio de reconocer algunos de nuestros rasgos personales en el carácter de estos trasuntos nuestros que son los personajes de las noticias. 

Ofrecemos poca resistencia a identificarnos con uno de esos figurantes pobres y miserables que pueblan los belenes, o que encontramos en los relatos costumbristas con moralejas evidentes. Pero esa identificación fracasa cuando se trata de vernos reflejados en los enemigos declarados por la ceremonia del consenso —aquel consenso del que participemos, pues existen varios—. Olvidamos así que la miseria y la pobreza morales de nuestros chivos expiatorios es la nuestra; exactamente la misma. 

Este tema, este tópico, hace honor a su nombre. Me resulta demasiado clásico —demasiado él mismo— como para disfrazarlo, actualizarlo o adornarlo mucho más. La actualidad y el frenesí laboral nos empujan a dar carpetazo espiritual al tiempo litúrgico que hemos terminado este domingo 11 de enero. ¡Incluso el propio calendario litúrgico y la agenda vaticana nos animan a avanzar! Si bien es cierto que, tanto por el lugar hacia el que avanzamos litúrgicamente, como por las narrativas acusatorias que hoy son el leitmotiv de nuestra actualidad, conviene tener muy presente nuestra modesta aportación, la de cada uno de nosotros, a esa totalidad que debe ser redimida. 

 

¿TE HA GUSTADO? COMPÁRTELO: