El movimiento espontáneo de la vida

Francesco de Nigris

Cuando perdemos de vista al prójimo como una realidad única, irreductible, cuando no sabemos percibir o imaginar su vida como fuente inagotable de enriquecimiento para la nuestra, es cuando más estamos expuestos al mal. Y cotidianamente hay situaciones que nos pueden llevar a ello.

En el tráfico vemos conductores que nos obstaculizan, en el metro peatones que se nos interponen, en el trabajo competidores para el ascenso, pero no vemos a individuos concretos. No es difícil enfadarnos, insultar, hasta sentir odio. Sin embargo, las mismas personas, si las conocemos en otra situación que nos abre a su vida, pueden convertirse sorprendentemente en amigos. Cuando entramos en una biografía concreta, cuando comprendemos la raíz de sus proyectos, si bien, incluso, no estamos de acuerdo con ellos, los hacemos en cierto modo nuestros, porque son insustituibles, incanjeables con los de cualquier otra persona. Y lo que es insustituible difícilmente aceptamos que se dañe, que se aniquile. Si lo pensamos bien, siguiendo esta lógica, resulta que los mayores genocidios de la historia han sido esencialmente posibles porque se ha despojado a la persona de su vida propia, porque se la ha tratado por lo que no tiene de personal, como una raza o una clase social, por ejemplo.

Hace no mucho tiempo pudimos escuchar que un grupo de jóvenes adolescentes había prendido fuego a un vagabundo. Lo primero que pensé fue que uno cualquiera de aquellos jóvenes, solo, no hubiera hecho lo que hizo en grupo. Hannah Arendt dijo que el mal se alimenta de la banalidad. Creo que banalizar la vida, reducirla a lo que es o puede ser, ocultando el quién insustituible que la vive, es la mayor fuente de banalización de la realidad. Esos jóvenes habían despersonalizado al vagabundo porque ya previamente se habían perdido a ellos mismos, confundiéndose con un grupo. Cada uno, interpretado en vista del grupo, había perdido la visibilidad de quién era, y, por ello, de quién tenía que ser. Una sociedad que no asume y no difunde en sus vigencias que en cada persona está presente el prójimo como fuente de personalización, puede ser un constante cultivo de maldad. Y, quizá, la mayor que ha acontecido en el siglo XX, especialmente a partir de su segunda mitad, que ha llevado hasta el límite esta lógica de despersonalización, es la aceptación social del aborto.
La realidad se da en cada vida y, por ello, se hace de cada vida. Desde su concepción cada vida es única, fuente radical de innovación para la humanidad entera; permitir su aniquilación es la mayor prueba de resentimiento y de desprecio hacia nuestra realidad. El renacimiento de una sociedad, el verdadero, aquel que trasciende y que debería guiar la emergencia económica, debería brotar de una nueva e inmensa confianza en la persona, de suerte que cada una llegue a ser expectante intérprete de sus semejantes, especialmente de los que van a nacer. Sin poder ver al quién único que se esconde en cada cuerpo, más allá de su estado de desarrollo o de enfermedad, el hombre contemporáneo ha terminado por vivir en un antro, solo, con una culpa que no quiere ver.

En la novela Crimen y Castigo, del escritor ruso Dostoyevski, el protagonista, el joven Raskólnikov, juzga la vida de una usurera como completamente inútil y dañina para la humanidad. Piensa que el dinero que tiene, ganado con mezquina artimaña, puede ser útil para un proyecto moralmente superior a la simple usura. Él es un joven estudiante sin recursos, ayudado por su familia que se sacrifica por sus estudios, hasta el punto que su hermana amenaza casarse por conveniencia en vez de por amor. Es interesantísimo, para comprender al protagonista, seguir la serie de razonamientos que le llevan a convencerse de que hay proyectos cuya importancia justificaría el sacrificio de otras vidas para ser llevados a cabo; que hay vidas, en definitiva, que por su superioridad se imponen, si no es naturalmente, por deber sobre las demás. A partir de esta idea, la vida de Raskólnikov es una caída en el abismo. No se trata solo de que él entienda que sus proyectos de vida son superiores a una vida de usura, algo en principio lícito, sin duda, sino que solo en vista de ellos interpreta a la anciana usurera. Cuando se entiende el sacrificio personal como una mortificación y no como una vivificación de la vida del prójimo, se cae en la maldad. Raskolnikov, al no hacer suya la vida de la usurera, al no asomarse a su drama insustituible, la contempla desde la sociedad, desde su necesidad económica, desde su proyecto de ascenso social; con esa mirada ya la ha sentenciado antes de cometer el delito, y con esa mirada ya se ha humillado y matado a sí mismo. La humillación que tanto desespera a Raskólnikov, no se da primariamente por una injusticia económica, social, sino por su incapacidad de acoger personalmente a la vida del prójimo, mortificándola antes de su muerte física, conduciéndola precisamente a ella.
Solo quién se interesa profundamente en la vida del prójimo llega a conocerse a sí mismo, de lo contrario estamos expuestos al delito. Y la cuestión, luego, es que, cometido el delito, hay que reconocerse en él, lo que puede dar lugar a más violencia. La mayor agresividad hacia el prójimo procede de una incontrolable desprecio hacia nosotros mismos. Y si, finalmente, viendo la culpa, perdemos la confianza de encontrar quién pudiese incluso amarnos en ella, el círculo del mal se cierra; se trata de la perdición.

Hay que recordar, sin embargo, que Raskólnikov será salvado por una de esas vidas que él despreciaba, y cuyo desprecio ha permitido que sus acciones rebajasen el umbral del mal de todos los demás desdichados personajes de la novela. Raskólnikov encuentra a alguien que confía en él hasta en el mayor estado de delito, y entonces empieza a creer en su salvación.
Creo que el amor es el movimiento de la vida misma que, intensificada por la confianza, hace que entre personas cada una llegue a ser insustituible y absolutamente necesaria para la otra. Siempre que una persona se aleja peligrosamente de ese movimiento espontáneo de la vida, de su tendencia o esencia, se queda solo, no se reconoce, llega a vivir por debajo de sí mismo y brota el mal.