Yo hago nuevas todas las cosas

Rocío Solís

Coordinadora del Instituto Newman y profesora de Teología en la Facultad de Comunicación de la UFV

Los seres humanos somos criaturitas de costumbres porque somos seres simbólicos y rituales. Todo lo que hacemos tiene esta raíz. Y no solo me refiero a lo que hacemos de puertas para dentro, fundamentalmente se trata de aquello que vivimos con otros, en sociedad. Solo hay que ver nuestro entusiasmo con la lotería de navidad (de la que ya sabemos, porque así hay costumbre de recordarnos, que toca mucho menos que cualquier bonoloto al uso, pero el rito apremia).

Pues bien, otro rito es este de hacernos lista de propósitos cuando cambiamos de almanaque. Ritual que nace de una exigencia de nuestro corazón: empezar de nuevo a cada instante. Es tomarnos las uvas y desear que “todas las cosas sean nuevas”, sobre todo YO. En este caso, a diferencia de la carta de los Reyes, pretendemos que esto suceda por nuestra voluntad. Así que a fuerza de voluntad aspiramos a adelgazar a base de gimnasio y dieta, esos que no hemos pisado ni hecho en los 11 meses anteriores. A fuerza de músculo, el del alma esta vez, deseamos retomar las relaciones con otro talante. A base de esfuerzo deseamos trabajar con más orden y nos compramos la agenda de Telva. Y su blancura nos parece una promesa, y escribimos con letra redondita.

Nos ponemos una listita de propósitos y por un momento el mundo se hace nuevo, como esa mañana del Génesis donde todo olía a limpio. Luego hubo que ventilar el cuarto, bien lo sabemos (y lo sufrimos) pero tenemos memoria de que hubo un tiempo donde nada estaba manchado aún, y de esa memoria, de ese instante, es de donde nace la nostalgia que tenemos. Y entonces, hacemos la estrategia de decirnos que qué más da el 1 de enero que el 15 de abril, que total es un día más, que todo son convenciones humanas y sociales, que todo es igual, o que todo da lo mismo. Pero al corazón no hay quien lo engañe, porque efectivamente, todo es convención, es decir, pacto entre los que pisamos este mundo. Y el pacto es que necesitamos símbolos, fechas, gestos, que nos hagan comenzar de nuevo, agradecer de nuevo, intentarlo de nuevo, desear de nuevo. Y eso no es un engaño, droga o anestesia, eso es nuestro dinamismo. Así estamos hechos, como si algo a la vuelta de la esquina estuviera esperándonos a nosotros. ¡A nosotros!

Quizá hay una vía intermedia entre ambas opciones: entre el voluntarismo de los propósitos que nos deja baldíos y el mirar para otro lado saltándonos nuestra humanidad: suplicar a alguien que sí pueda (¿a Dios?) que haga Él todas las cosas nuevas; aquellas que amamos, y que no sabemos hacer ni proteger. Todas, por favor. A mi también. Gracias.

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