Ya no somos los mismos

Victoria Hernández Ruiz. Coordinadora del Grado en Humanidades UFV

Antígona. — Pues, ¿no ha considerado Creonte a nuestros hermanos, al uno digno de enterramiento y al otro indigno? A Eteocles, según dicen, por considerarle merecedor de ser tratado con justicia y según la costumbre, lo sepultó bajo tierra a fin de que resultara honrado por los muertos de allí abajo. En cuanto al cadáver de Polinices, muerto miserablemente, dicen que, en un edicto a los ciudadanos, ha hecho publicar que nadie le dé sepultura ni le llore, y que le dejen sin lamentos, sin enterramiento, como grato tesoro para las aves rapaces que avizoran por la satisfacción de cebarse.

Dicen que con tales decretos nos obliga el buen Creonte a ti y a mí —sí, también a mí— y que viene hacia aquí para anunciarlo claramente a quienes no lo sepan. Que el asunto no lo considera de poca importancia; antes bien, que está prescrito que quien haga algo de esto reciba muerte por lapidación pública en la ciudad. Así están las cosas, y podrás mostrar pronto si eres por naturaleza bien nacida, o si, aunque de noble linaje, eres cobarde.

Las mujeres de las tragedias clásicas han vivido muchas vidas, aunque tengan apenas dieciocho años. Y Antígona es casi una niña cuando protagoniza la inmortal obra de Sófocles. Hija de Edipo, la maldición que pesa sobre su estirpe hace presa ya de la tercera generación.

El teatro griego nos sitúa ante el espejo, explico en clase, porque plantea los principales problemas de la humanidad. No sabía hace tres meses de qué forma un asunto como el que trata Sófocles, tan improbable en ese momento, podría actualizarse hasta el punto de convertirse en un motivo real y espantosamente habitual en muy pocas semanas.

En un intento de contemporizar los entresijos de la tragedia de hace casi dos mil quinientos años con nuestras cuitas diarias, comentaba en clase que el gran tema de esta obra es la lucha de contrarios: la lucha de juventud y vejez, de hombre y mujer, de familia y estado, de lo divino y lo humano, de lo privado y lo público, de corazón y razón, de vida y muerte. 

Porque Antígona, aunque no le dejan, solo quiere enterrar a su hermano y esto, hace tres meses, no era un problema universal de la humanidad. Pero ante el giro inesperado de los acontecimientos, nos sentimos sacudidos por esta tragedia que nos pone ante el espejo y devuelve una imagen de nosotros en la que ya no somos los mismos de hace tres meses, sino que somos Antígona.

Pues el único deseo de la joven es honrar al hijo de su madre y, con él, a toda su generación; proporcionar el último descanso al que amó; brindar el postrer consuelo al linaje truncado por la desgracia. Lo que anhela la protagonista es derramar incontables lágrimas sobre el túmulo del desdichado; dar sagrada sepultura a los restos del cuerpo bello y querido; cubrir con todas las flores la tumba en que reposará para siempre y sufrir los pesares con su familia y deudos, abrazar a sus amigos, postrarse de rodillas ante la tumba y, de nuevo, dolerse, condolerse y llorar.

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