Abres los ojos y te descubres en una habitación. No sabes cómo has llegado aquí. Es una habitación sencilla, hoy diríamos “minimalista”. Poco a poco tomas consciencia de tu entorno y descubres, al fondo, tres puertas y encima de ellas una pregunta: «¿Tiene sentido la vida?». En el dintel de la primera, está escrito «sí», en la segunda «no sabemos» y en la tercera «no».

Te acercas con curiosidad y con sospecha. Estudias cada puerta. Observas la cerradura, analizas el picaporte, identificas el material de las bisagras, comparas las jambas y el faldón, el quicio y las aldabas. Tras un rato, confirmas lo que tu intuición ya anticipaba: son puertas. No te preocupes, no has perdido tu tiempo. Es verdad que no te ha servido para responder a la pregunta, pero ahora sabes mucho sobre puertas.

Suspiras y te atreves a abrir una de ellas. Tienes delante un pasillo que gira al fondo, no sabes qué hay después de girar. Antes de cruzar, abres las otras dos. Lo mismo. Das un paso atrás. Contemplas otra vez y decides ir por la segunda: «no sabemos». Te parece lo más humilde, lo más sensato. Además, es lo menos arriesgado. Cruzas el umbral y la puerta se cierra. No puedes regresar. Avanzas hasta el final del pasillo y giras… estás de vuelta en la misma habitación.

Avanzas con cautela y encuentras un móvil abandonado y sin contraseña. Puedes enviar y recibir mensajes, escuchar música, ver vídeos y jugar Candy Crush. Decides echar unas partidas mientras escuchas las cien canciones más exitosas del mundo. Con el paso de las horas, te empiezas a aburrir. De repente, te llegan mensajes. Es gente que ha elegido alguna de las otras puertas intentando convencerte de venir con ellos. Ya casi te habías olvidado de ellas, pero siguen ahí. Misma pregunta, mismas opciones. Decides cruzar otra vez por la del centro, pero esta vez, llevando tu nuevo móvil. Una vez más, la misma habitación. Pero esta vez, encuentras un iPad. Empieza a gustarte este plan. Repites el proceso y al poco tiempo tienes tantas cosas que casi no caben en la habitación. Sin embargo, sigues queriendo más. Algunos te dicen que has descubierto el sentido de la vida. Que la vida consiste en cruzar puertas sin saber a dónde nos llevan, en navegar por laberintos infinitos de espejos que se bifurcan, en pretender que Sísifo era feliz. Pero algo dentro de ti no termina de consentir con esta hipótesis. Quizás, cruzando otra vez la misma puerta, encuentres eso que buscas… Pasan los años y empiezas a cuestionar tus decisiones: ¿son necesarias tantas cosas? ¿Por qué sigo cruzando la misma puerta? ¿Para qué quiero este pato de plástico con casco de bombero? Sacudes la cabeza, arrojas el pato y te plantas delante de las puertas.

Lo tienes todo y nada te llena. Te sientes triste y sabes que has perdido años de tu vida. Te invade la rabia. Si teniendo todo lo que has deseado, no has encontrado la felicidad, probablemente la vida no tenga sentido. Abres la tercera puerta, entras y azotas con fuerza en señal de rebeldía. Giras al final del pasillo y llegas a una habitación minúscula y mal iluminada que huele a tabaco y alcohol. Otra vez, descubres tres puertas. La primera dice «SOS», la segunda dice «Godot», la tercera no dice nada. La primera puerta no se puede abrir por dentro. Alguien del otro lado te tendría que abrir, pero no sabemos quién esté del otro lado o qué nos encontraremos. La segunda puerta está dibujada en la pared. Te acercas para abrirla, pero te avergüenzas de tu intento al constatar lo que gritaba tu razón: es solo un dibujo. Al menos es un dibujo que siempre estará ahí. Es una falsa esperanza, pero peor es nada, ¿no?

Tragas saliva y te acercas a la puerta de la nada. La rabia con la que habías atravesado el pasillo se ha convertido en angustia. Abres la puerta con cuidado para ver qué hay detrás. No hay nada. Un abismo inabarcable te devuelve la mirada. La angustia se convierte en vértigo y en nausea. Una lágrima recorre tu mejilla. ¿Qué has hecho? ¿Por qué cruzaste esa puerta? ¿Por qué no te bastó con el móvil y el pato bombero? Al contemplar estas preguntas, tus lágrimas desesperadas se convierten en resentimiento ¿Por qué te obligan a decidir? ¿Por qué apareciste en esa habitación? ¿Por qué tenemos una sed infinita? El juego está trucado. La vida es injusta. Estamos condenados a ser libres, arrojados en la existencia y un error evolutivo ha generado una consciencia capaz de formular preguntas sin respuestas.

Tenemos una sed infinita de respuestas definitivas, pero no existe el infinito… ¿o sí? De repente, recuerdas la primera habitación. La puerta del «sí». Te entra un sentimiento de esperanza. Quieres volver, pero no puedes. Intentas volver por el pasillo, pero no abre. Sabes que la puerta de Godot no hará nada. Solo te queda pedir ayuda. Es humillante, pero ya no puedes más. Comienzas a tocar y a gritar. Escuchas unos pasos en la distancia. Alguien se acerca. Te llama por tu nombre. La puerta se abre. No ves a nadie, pero observas un pasillo. Lo cruzas, vuelves a la primera habitación, esa donde despertaste hace unos años.

Es la misma de siempre, pero parece que la primera puerta resplandece. Es tu imaginación, pero no quiero quitarte el gusto. Te acercas a la puerta. Miras hacia arriba con la esperanza de encontrar algo al final del pasillo. Colocas tu mano en la manilla, giras y cruzas el umbral. Al final del pasillo llegas a una habitación…

Continuará.

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