Los famosos “pinchazos” ya se han colado por todos sitios. En cada conversación hay alguien que dice tener un amigo que usa algún fármaco para adelgazar, dando pie a variadas valoraciones sobre la eficacia, la salud o la ética de esta medicación. Más allá de la ciencia escondida detrás de Ozempic y derivados, se instala en el horizonte la posibilidad de ayuda en ámbitos antes insospechados. Y es que ahora la ciencia nos ayuda más que nunca a adelgazar, a concentrarnos o a estar contentos, ¿hay algo más que podamos pedir?
Hace unos días analizaba con una amiga qué había debajo de todas las actualizaciones sentimentales de nuestro círculo. Cuando estás en la veintena tienes todo el mercado de situaciones posibles: solterías renovadas, noviazgos largos, bodas varias, crush imposibles, idas y venidas con el ex, romances espontáneos… Ver que en realidad poco o nada nos parecía sencillo, nos preguntábamos sobre la posibilidad de que existiera un Ozempic para el corazón: algo que facilitara todo, que cumpliera cada esperanza para despejar un camino que se ve ya como una carrera de obstáculos.
Reconozco en mí un anhelo algo vergonzoso de que existiera ese medicamento. Y es que me invade la calma al imaginar un amor sin ninguna clase de complicaciones, dado de una, desde el inicio y para siempre. Necesitaría un fármaco para eso porque me resulta un imposible mirándome a mí con honestidad: ¿no habría que sanar primero este corazón para que encaje en esa narrativa?, ¿soy la única que a veces piensa que este cacharro debía venir con un manual de instrucciones que he perdido?
Pero, ¿de dónde sale esa sospecha de que no estoy bien para amar y ser amada como se debe? ¿Qué idea del amor me estoy pinchando como veneno? Custodio dentro de ese corazón una aspiración de perfección que se hace pasar por el anhelo de plenitud que quiere crecer ahí. Y es que con mi razón humana me parece irreal que ese deseo de amor pueda casar con una realidad que se despliega entre miseria y tensión, ¿hay promesa de posibilidad en cada aquí y en cada ahora?
Quizás pido Ozempic para el corazón porque el amor, en sí, tiene ese halo de milagro. Y no por imposibilidad de desprecio, sino porque si aparto la mirada de la idea y la fijo en mi realidad: ¿no hay nada más milagroso que no estar bien y ser amado?, ¿no hay nada más milagroso que ver la herida del otro y amarle aún más? Es hora de renunciar a la esclavitud de la perfección y acoger lo que esta vida nos da sin control ni facilidad, ¡bendito milagro, bendito amor!

