Mi soledad habla de presencia

Cristina Cañete, becaria del Instituto Newman y alumna de Periodismo, Filosofía, Política y Economía

Hace un par de años vi un vídeo donde dos jóvenes conversaban sobre estar en público solos, sin nadie más. En ese momento la idea de ir al cine o a una cafetería sola me parecía de lo más absurdo. ¿Qué clase de loco es capaz de aquello? Incluso un ápice de vergüenza me rodeada. “¿Qué van a pensar de mí si lo hago? ¿Que nadie me quiere?”, me preguntaba. Ese recuerdo volvió a mí cuando comencé a redactar esto en mi mente.

Me encontraba comiendo un sándwich en el Rodilla de la universidad, sola. Y no únicamente sin amigos, también sin música, ni una serie de fondo, ni ningún mensaje de WhatsApp de por medio. Acababa de tener una gran conversación y estaba dedicando el tiempo a reflexionar y preguntarme por temas que allí habían salido. Era lo que necesitaba, no mil estímulos para evitar el silencio interior. Y no me sentí extraña ni avergonzada. Si alguien me miró y se preguntó si nadie me quería por estar sola, no lo sé. Pero qué gran momento pasé: sola, pero jamás sin compañía.

Con bastante frecuencia me he encontrado a mí misma pensando sobre lo difícil que se nos hace estar en compañía de nosotros mismos. La cuestión se acelera más apremiante en unas circunstancias que nos han obligado a reducir nuestro círculo de contactos y disminuir los encuentros sociales. Cuántas veces hemos repetido a lo largo de lo últimos meses lo mucho que necesitamos a los demás aunque se nos venda una independencia absoluta y autosuficiente. Ese imperativo relacional no contradice la soledad, sino que nos grita hondas verdades sobre ella. Paralizarse ante el mínimo atisbo de soledad no es por exceso de yo, sino por su desaparición. El miedo viene de un vacío íntimo que tiene voz propia, pero no palabras. Una nada que pesa más que un todo y nos pone cara a cara con quien no somos, con el silencio de nuestra existencia.

Sin embargo, también existe una soledad fértil, bien cuidada, un encuentro con nosotros mismos… Y con todo lo que nos rodea. Porque cuando estoy sola, realmente no lo estoy. ¿No me acuerdo de mi gente al contemplar determinados detalles? ¿No pienso en los lugares que anhelo con cada paso? ¿No deseo aquel libro que quiero leer en cuanto me vaya a la cama esta noche? Somos seres referenciales incluso cuando estamos solos, tal es el grado de magia existente en el hecho de que nos construyamos unos a otros. Incluso la soledad habla de presencia. Es más, creo que la presencia requiere soledad.

Sí, nuestra historia no la escribimos solos. Pero hay que tener una voz propia para narrarla y vivirla como nuestra. Cuántas veces me he encontrado perdida tras tanto bombo y circo del día a día, sin un hueco para escucharme, sin dejar que el mundo cale en mí, sintiendo el fantasma del silencio tras mi nuca. Y la repetición hace costumbre y la costumbre vicios o virtudes. Qué mal vicio es no hablar con uno mismo. Y no con esa falsa premisa actual de hacer lo que queremos sin tener en cuenta a nadie. No. Pero cómo voy a ser con otros si no soy yo conmigo misma. Pero cómo voy a ser con otros si no soy otros conmigo misma. Pero cómo voy a ser conmigo misma si no soy yo y otros.

Cuando ahora estoy “sin compañía” el café es más rico. Sabe más a ese tú que me ronda por dentro, a ese yo con el que tan bien me lo paso, a ese nosotros que me da la vida.

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