Mi experiencia como mulo de carga. Perdón, como padre

Arturo Encinas

Profesor de Narrativa Audiovisual en la Universidad Francisco de Vitoria

Arturo Encinas Cantalapiedra 
Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras 

Durante mucho tiempo y en algunos lugares, las personas incluían a los animales en la vida de la familia de un modo muy particular, a veces muy íntimo. Fijémonos en los mulos de carga, por ejemplo. Estas bestias ofrecían un rendimiento extraordinario a sus amos. Gracias a su fuerza tractora, los mulos soportaban y desplazaban cargas muy pesadas a largas distancias. Los miembros de la familia transferían al mulo las tareas —imprescindibles para la economía familiar— que ellos no podían asumir porque les supondría un sobresfuerzo peligroso para la salud. Y este era precisamente uno de los grandes problemas de una casa de bien: la salud del mulo. No pocas veces he comprobado que yo, como padre de familia, guardo sospechosa analogía con respecto al mulo. La última vez que (re)pensé esto fue hace un par de fines de semana. 

En la noche del sábado al domingo el mulo se nos puso enfermo. No entraremos en los detalles que apasionan a los veterinarios. Por fortuna el domingo tampoco hay mucho que hacer, pero incluso en esa poca labor el mulo doméstico rindió menos que Rachel Gunn haciendo breakdance en los Juegos Olímpicos. Malestar en la familia. A ver cómo se levanta este mañana. ¿Será resaca? Ayer por la noche se tomó tres vinos. 

Día siguiente: lunes. Mulo malo. Venga, arriba, inténtalo; a mediodía te encontrarás mejor. Al mulo le vimos poco católico y valoramos llevarle por la tarde al médico de los animales una vez terminase la faena de la jornada (ya que había empezado, pues que aguante). Pasadas esas cuatro horas que no te quita nadie en estos trámites sanitarios que se desarrollan en una suerte de arca de Noé, donde muy amablemente hicieron al mulo todo tipo de pruebas y le pincharon los mejunjes adecuados, nos fuimos con un diagnóstico y con un tratamiento que surtió efecto. No era resaca. 

Y yo, Mulus domesticus, me pregunto por mi mulez, y si por razón de ella solo —o principalmente— sirvo en tanto deslomable creatura; también pienso sobre las cosas que soporto diariamente y si merece la pena ese trabajo. Los mulos a veces nos dejamos llevar por una vena equina, perdiendo de vista nuestra mula naturaleza, y nos desbocamos, entregándonos a “cosas” variopintas. Mi abuelo decía que “quien trabaja para el Estado y muere reventado no tiene derecho al agujero sagrado”. Me permito matizar un poco esta muy acertada sentencia: cuando nosotros, en tanto que mulus onerarius, no morimos por quienes debemos morir, esto es, por nuestros amos, en quienes nos destinamos a la noble y bestial tarea del mulamen, pero seguimos muriendo por las causas equivocadas —“estatales” en términos de mi abuelo—, en efecto, no nos ganamos el derecho a ese descanso y paz eterna, al tiempo que echamos de menos sus parciales adelantos en el momento presente. A veces se me olvida que, en lugar de ponerse uno caballudo, es mejor colocarse disimuladamente entre los parientes transformando el oxígeno en dióxido de carbono, como ejemplarmente hace el mulo de la familia Caño, Doctor Mulinus. 

Aun a riesgo de poner las luces antes que el alcalde de Vigo, quisiera llamar la atención sobre este último detalle que puede iluminar nuestro telos como cuadrúpedos intelectivamente desconcertantes: los mulos, por el mero hecho de quedarnos quietecitos en nuestro sitio, cumplimos funciones térmicas de incalculable valor familiar, especialmente cuando fuera anochece y hace frío. De modo que, si nos dejamos colocar adecuadamente, quizá hasta somos de utilidad en todo momento, ya sea cargando como los mulos que somos o incluso varados en el pesebre como los mulos que somos. Para dar calorcito hay que estar en casa, y la casa no se calienta en cinco minutos. 

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