Las primeras causas de las humanidades 

Salvador Antuñano Alea

Catedrático de Filosofía Antigua y Medieval en la UFV

En la inauguración del máster en humanidades 
UFV, 1 de octubre de 2026 

“El aire se serena 
y viste de hermosura y luz no usada, 
Salinas, cuando suena 
la música estremada, 
por vuestra sabia mano gobernada” 

Fray Luis de León, Oda a Salinas, 1-5. 

Introducción 

El modo de ser de los hombres les lleva no sólo a esa extraña manía de existir, sino también a preguntarse qué es la realidad y qué sentido tiene. Y podría decirse que averiguar la respuesta les importa casi más que la realidad misma, pues sin conocerla y discernirla, la realidad les sería indiferente. 

Al inicio de lo que nosotros llamamos Metafísica, Aristóteles explica que conocer la realidad a fondo implica investigar sus causas. Y nos dice qué causas exactamente: 

“las causas se dividen en cuatro, una de las cuales decimos que es la substancia y la esencia (pues el porqué se reduce al concepto último, y el porqué primero es causa y principio); otra es la materia o el sujeto; la tercera, aquella de donde procede el principio del movimiento, y la cuarta, la que se opone a ésta, es decir, la causa final o el bien (pues éste es el fin de cualquier generación y movimiento”. Aristóteles, Metafísica, I, 983 a. 

Vamos a seguir su consejo para profundizar un poco en la realidad de las humanidades y, en consecuencia, vamos a averiguar su causa formal -qué son-, material -de qué están hechas-, eficiente -quién las hace-, final -para qué existen-, y -por seguir al maestro del Estagirita- causa ejemplar -qué modelo tienen-. Y quizás, así, la próxima vez que alguien nos pregunte por qué hacemos este máster, igual hasta nos pide información para matricularse… Pero ya el curso próximo, que este ya está cerrado.  

1. Causa formal: qué son las humanidades 

Decíamos que nos interesa saber qué es la realidad. Eso es lo que intenta resolver Aristóteles cuando habla de la causa formal. “Forma” –morphé– el para el Filósofo lo que las cosas son: mesa, silla, pato, pino, hombre. Lo llama también “sustancia” e incluso “esencia”, de modo que estos términos nos “definen” lo que son las cosas: las cosas son su sustancia, y por eso son idénticas a sí mismas y distintas de las demás. Pero la forma, la sustancia, no se ve directamente, sino que “está debajo” -que es lo que significa substancia- de los accidentes -el color, la figura, el tamaño, etc.-. La mesa es blanca, pero si fuera verde seguiría siendo mesa. Pero no lo sería si, aunque estuviera teñida de blanco, fuera silla. Y lo que mis ojos ven directamente es una figura blanca y en ella intellego -leo dentro- la sustancia o forma mesa. ¿Cuál es la sustancia, la forma de las humanidades? 

 Hace un año, en un acto como este, el Dr. Rubio nos explicó el sentido y la historia del término “humanismo”, con el que naturalmente “humanidades” está relacionado. Y nos comentaba que la expresión alude a los “studia humanitatis” que en el Renacimiento designaba un programa de formación que intentaba formar hombres virtuosos, sabios, entusiastas. Si la expresión era nueva, no lo era la idea -por mucho que los renacentistas creyeran lo contrario-: no hacía sino volver a proponer una tradición educativa de la que dan testimonio Hugo de San Víctor en el siglo XII, Alcuino en el siglo IX, San Isidoro en el siglo VII, Casiodoro y Boecio en el siglo VI, San Basilio en el siglo IV, Clemente de Alejandría en el siglo II, Cicerón en el siglo I a.C., Aristóteles, Isócrates y Platón en el siglo IV, Sócrates en el V, con un trasfondo que se remonta al menos hasta Homero en el VIII a.C.

Antes de designarse studia humanitatis, ese programa de formación se llamó institutio, artes liberales, paideia. Cicerón lo llamó humanitas y también cultura animi -cultivo del alma-: “artes quae ad humanitatem pertinent”; estudios “humanitatis ac litterarum”, que logran formar “humanissimos homines” (cf. Pro Archia, 2, 3, 19). Y es esto quizás lo que mejor define su forma y sustancia: las humanidades son cultivo del alma. Así, cuando Virgilio nos describe el modo de cultivar el campo, el romano entiende cómo debe preparar su espíritu: 

“Si tu campo te ofrece fértil suelo, que lo revuelvan tus robustos toros en los meses primeros sin demora; cubra la gleba a polvo reducida el liso solejar, y en el estío la cocerán los madurantes soles. Mas si la tierra es floja, suficiente será mullirla con somero surco hacia el orto de Arturo. Así en aquella no agostará el hierbal las ricas mieses, y en esta guardará la arena estéril su poco de humedad”. Georg. I, 63-70. 

Las humanidades son así el cultivo de la vida misma del hombre, de la vida del hombre en cuanto hombre, es decir, de sus afectos, de su inteligencia, de su libertad. Y como esta tradición humanista nació de la areté de Homero, el cultivo del alma, la formación del hombre, está en tensión a la excelencia, de tal modo que los afectos anhelan la máxima belleza, la inteligencia indaga la verdad más alta, la libertad quiere adherirse al bien perfecto. Entendidas así, las humanidades son el medio de humanizar al hombre y de llevarlo a su realización más alta. Y lo hacen porque son conocimiento del hombre, de lo que somos nosotros, con nuestras luces y sombras, con nuestros anhelos y fuerzas. Las humanidades son los estudios que hacen a los hombres humanísimos. 

“todos los libros están llenos, llenas las voces de los sabios, llena la antigüedad de ejemplos: todas estas cosas yacerían en las tinieblas, si no llegara la luz de las letras. ¿Cuántas imágenes —no sólo para mirarlas, sino también para imitarlas— de fortísimos hombres nos dejaron representadas los escritores griegos y latinos? Yo siempre, al administrar la república, imaginándomelas, conformaba mi corazón y mi mente a partir del recuerdo de estos hombres excelentes” Pro Archia, 14. 

 Las humanidades son el estudio que nos hace más humanos, hondamente humanos, verdaderamente humanos. Y esto implica no sólo “conocerlas” sino también “sentirlas” y “quererlas” -es decir: vivirlas, porque lo humano está en el corazón de mí mismo. Cada uno de nosotros es el “campo de investigación” de las humanidades. Los hombres, como descubrió en sus propias carnes San Agustín, somos para nosotros mismos una “magna quaestio” (Conf. IV, 4, 9), un gran interrogante. Y las humanidades nos ayudan a indagar en ella, precisamente porque son conscientes de este misterio, y lo cantan como el coro de Sófocles: 

“Muchos son los misterios; nada más misterioso que el hombre. Él cruza la extensión del espumoso ponto, en alas del noto proceloso, y lo surca oculto entre olas que braman en su derredor. Y a la más venerada de las diosas, a la tierra, a la incorruptible, a la infatigable, la va él fatigando con el ir y venir de los arados, año tras año, trabajándola con la raza caballar. Las bandadas de aves de tornadiza cabeza, él las envuelve y apresa. Y al tropel también de las fieras montaraces, y a los seres que pueblan el hondo mar, en las mallas de sus labradas redes, ¡hombre ingenioso por los demás! Él domeña con su industria a la fiera que se pasea salvaje en las montañas, y enfrenta al corcel de hirsuta cerviz sujetándola al yudo domador, y no menos al toro montaraz indómito. Él se ha procurado el lenguaje y los alados pensamientos, y los sentimientos que regulan las naciones, y sabe esquivar los dardos de los hielos insufribles a la intemperie, y el azote de las lluvias. ¡Inexhausto en recursos! Sin recursos no le sorprende azar alguno. Sólo para la muerte no ha inventado evasión. Y sabe escapar de las enfermedades, aun de las más rebeldes. Dotado de tan sagaz inventiva, industriosa por demás, unas veces hacia el mal, otras veces se desliza en el bien. Si armoniza las leyes de su patria y la justicia jurada de los dioses, feliz sea en su patria; sin patria sea el que llevado de la insolencia vive en la injusticia. Jamás sea huésped mío ni sienta como yo quien tal hiciere”. Antígona, 334-375. 

Y por eso, las humanidades son una imagen de la realidad. Nosotros necesitamos imágenes de la realidad para poder vivir nuestra existencia humana. Las humanidades son una imagen que te muestra qué somos, qué es el mundo, qué son los dioses, cuál es la relación entre estos tres ámbitos y cómo pide la realidad que la tratemos. Y son, también hay que decirlo, la imagen propia de la tradición occidental. En otras civilizaciones hay, por supuesto, imágenes de la realidad. Pero, curiosamente, no se configuran como “humanidades”. Esto es algo propio de Grecia, de Roma, del Cristianismo europeo, de los pueblos germánicos -y de lo que en ese crisol se forja: Occidente. Curiosamente, paradójicamente podríamos decir, esto no nos cierra en nosotros mismos, sino que, al contrario, nos abre a otras civilizaciones y culturas, porque -como los atenienses del tiempo de Pericles “amamos la belleza y amamos el saber” donde quiera que se encuentre. Por eso, también parafraseando al mismo arconte griego y al historiador Tucídides que lo reporta, podemos decir que “hemos educado en humanidad a los demás pueblos”. 

2. Causa material: de qué están hechas 

Si la causa formal nos dice qué son las cosas, la causa material nos dice de qué están hechas. En el caso de las humanidades, encontramos una respuesta directa y clara en la octava y en la novena acepción que el DRAE nos da del término: 

  1. f. pl. Conjunto de disciplinas que giran en torno al ser humano, como la literatura, la filosofía o la historia. 

Sin.: letras, humanismo, cultura, literatura, historia, filosofía. 

  1. f. pl. Antiguamente, lengua y literatura clásicas.

     

Por eso, los renacentistas las llamaban también “litterae humaniores” -las letras “más humanas”, en contraste con las “letras divinas” –litterae divinitatis, teología-. Pero la definición puede dejarnos igual, como decía Newman de aquellas cosas que sabemos con conocimiento puramente nocional. Las cosas que de verdad importan -y quizás las humanidades lo son- no pueden estudiarse así. Hay que llegar en ellas a un conocimiento real. Una cosa es decir que las humanidades son disciplinas sobre el ser humano como la literatura, la filosofía o la historia, e incluso tener una idea clara y distinta de que en estas disciplinas se conoce al ser humano, y otra cosa es conocer de verdad al ser humano en ellas, por ejemplo, a partir de este fragmento del historiador Tito Livio: 

“Se cuenta, por otra parte, que Aníbal, cuando tenía nueve años, al pedir a su padre Amílcar, entre carantoñas infantiles, que lo llevase a Hispania, en el momento en que estaba ofreciendo un sacrificio con la intención de pasar allí a su ejército una vez finalizada la guerra de África, fue acercado al altar y con la mano puesta sobre la víctima obligado a jurar que tan pronto como pudiera se convertiría en enemigo del pueblo romano. […] 

Enviado Aníbal a Hispania, nada más llegar se ganó a todo el ejército: los soldados veteranos tenían la impresión de que les había sido devuelto el Amílcar joven; veían la misma energía en sus rasgos, la misma fuerza en su mirada, la misma expresión en su semblante, idéntica fisonomía. Después, en muy poco tiempo, consiguió que lo que tenía de su padre fuese lo menos importante en orden a granjearse las simpatías.

Nunca un mismo carácter fue más dispuesto para cosas enteramente contrapuestas: obedecer y mandar. No resultaría fácil, por ello, discernir si era más apreciado por el general o por la tropa. Ni Asdrúbal prefería a ningún otro para confiarle el mando cuando había que actuar con valor y denuedo, ni los soldados se mostraban más confiados o intrépidos con ningún otro jefe. Era de lo más audaz para afrontar los peligros, y de lo más prudente en medio mismo del peligro. No había tarea capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su moral. El mismo aguante para el calor y el frío; su manera de comer y beber, atemperada por las necesidades de la naturaleza, no por el placer; el tiempo de vigilia y de sueño, repartido indistintamente a lo largo del día o de la noche; el tiempo que le quedaba libre de actividad era el que dedicaba al descanso, para el cual no buscaba ni muelle lecho ni silencio: muchos lo vieron a menudo echado por el suelo, tapado con el capote militar, en medio de los puestos de guardia o de vigilancia militar. No se distinguía en absoluto entre los de su edad por la indumentaria, sí llamaban la atención sus armas y sus caballos. Era, con diferencia, el mejor soldado de caballería y de infantería a un mismo tiempo; el primero en marchar al combate, el último en retirarse una vez trabada la pelea.

Las virtudes tan pronunciadas de este hombre se contrapesaban con defectos muy graves: una crueldad inhumana, una perfidia peor que púnica, una falta absoluta de franqueza y de honestidad, ningún temor a los dioses, ningún respeto por lo jurado, ningún escrúpulo religioso. Con estas virtudes y vicios innatos militó durante tres años bajo el mando de Asdrúbal, sin descuidar nada de lo que debiera hacer o ver quien iba a ser un gran general”. Ab Urbe Condita, XXI, 1, 4. 

Quien lee este fragmento no puede dejar de estremecerse al imaginar los centelleantes ojos del terrible Aníbal. Nos dice perfectamente quién es y cuál es su imagen del mundo. Lo admirable no es eso, sino que no nos lo dice como un dato erudito y curioso, ajeno a nosotros, sino que al leerlo, al escucharlo descubrimos en el fondo de los ojos del Cartaginés el destello de nuestra propia mirada: las virtudes a las que aspiramos, y la oscuridad sin fondo de nuestra propia alma… 

¿De qué están hechas las humanidades? De historia, de arte, de literatura, de filosofía. No, si las entendemos como meras disciplinas. Es ese uno de los síntomas de la crisis de humanidad de hoy: hay muchas ciencias, muchas disciplinas, pero ellas no constituyen por sí mismas a las humanidades. Nos dan datos, muchos datos, grandes datos, tantos que no podemos digerirlos. Las humanidades, en cambio, están hechas del ser humano que palpita y sangra, que ama y ríe en las letras de unas disciplinas que le conocen verdaderamente -y verdaderamente lo expresan-. 

3. Causa eficiente: quién las hace 

La forma en la que Moisés aparece en los relatos bíblicos es la causa formal del Moisés de Miguel Ángel, esa escultura que está en la tumba de Julio II en San Pietro in vincoli en Roma. Si esa estatua existe, es porque hay unos relatos de Moisés, a quien quiere la estatua representar. Pero por muy clara que sea esa idea, si no hubiera mármol, no habría escultura; el mármol es la causa material y aquella idea la causa formal. El Moisés de San Pietro in vincoli no sale del bloque de mármol por su propia mano: necesita de alguien que lo eduzca de la piedra, que lo talle adecuadamente. Esa es la causa eficiente: Miguel Ángel Buonarroti, que hizo el Moisés, quitándole a golpes de cincel y martillo las adherencias de piedra que lo envolvían en el mármol. ¿Cuál es la causa eficiente de las humanidades? ¿Quién las ha hecho? 

Según el ejemplo, una primera respuesta es evidente, clara, directa: si las humanidades están hechas de literatura, pensamiento, historia y arte, su causa eficiente serán los poetas, filósofos, artistas y los grandes héroes. Y la respuesta es ciertamente verdadera: son los grandes autores los que hacen las humanidades y las plasman de mil formas. Pero no porque “escriban letras o pinten lienzos” sino porque escriben humanidades o pintan humanidades: pintan, piensan, escriben al ser humano. 

La respuesta es verdadera, pero sólo parcialmente. No son sólo los grandes personajes o los escritores y artistas los autores de las humanidades. Ellos pueden serlo en cuanto que realizan un aspecto de la causa material. Pero si la causa formal, decíamos, era un cultivo del alma, una educación en humanidad, entonces la causa eficiente es también el profesor que “escribe en el alma de sus discípulos” -como dice Platón en el Fedro-. Y el propio Platón nos hace ver allí la estremecedora responsabilidad que esto supone.  

Pero todavía falta algo, porque así -con obras, autores y profesores- el proceso formativo no está completo. Para que se dé una verdadera paideia, para que las humanidades cuajen en una humanitas concreta, es necesario que el alumno, el discípulo, el estudiante haga también sus deberes, pues es él quien terminará encarnando las humanidades. Y qué palabras tan hondas, tan preñadas de sentido, designan a esta causa eficiente: alumno -el que debe ser alimentado-; discípulo -el que aprende mediante una disciplina-; estudiante -el que tiene afición-afecto y tiempo para dedicarse a ello-. Es eso lo que lleva a Quevedo a escribir el soneto que dedica a su editor: 

Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos, 
vivo en conversación con los difuntos 
y escucho con mis ojos a los muertos. 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos, 
o enmiendan, o fecundan mis asuntos; 
y en músicos callados contrapuntos 
al sueño de la vida hablan despiertos. 

Las grandes almas que la muerte ausenta, 
de injurias de los años, vengadora, 
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta. 

En fuga irrevocable huye la hora; 
pero aquella el mejor cálculo cuenta 
que en la lección y estudios nos mejora.  

4. Causa final: para qué existen 

De las cuatro causas que explica, Aristóteles considera que la más importante es la última, la causa final. Es tan importante que, paradójicamente, resulta ser también la primera. El Estagirita nos exhorta continuamente: in ómnibus réspice finem. El fin es lo primero en todo. Y la Escolástica glosará que el fin es lo último en la consecución y lo primero en la intención. La causa final es el propósito y el sentido de las cosas: la razón última de su existencia, lo que explica para qué existen. Y si no encontramos en algo esta causa, no vemos tampoco la razón para realizarlo: nos resulta absurdo. Por eso muchas personas y planes de estudio consideran absurdo perder tiempo en el estudio de las humanidades: no encuentran ninguna utilidad en ellas. Pero la causa final no se reduce a “utilidad” o “resultados pragmáticos y evidencias empíricas”. De hecho, las cosas más importantes no son “útiles” ni “productivas”. Más bien al revés: consumen tiempo, recursos y energías que no tienen rédito en el mercado… el tiempo, el gasto y el esfuerzo que dedicas a cambiar los pañales de tu bebé, ¿quién te lo remunera? Es un gasto perfectamente inútil -y desproporcionado-.

Como todo lo que derrochamos en amistad, amor, honor, justicia,… Los antiguos eran muy conscientes de esto y por eso distinguían entre el otium y el negotium -nec-otium-. Y sabían que a lo primero había que dedicar la mejor parte de la vida, que lo segundo estaba en función de lo primero. Pieper nos recordará su importancia y la relacionará específicamente con el estudio en una obra magnífica, El ocio y la vida intelectual. Elisabeth Newman hará una lectura actualizada de esas páginas en el contexto de las universidades católicas de hoy -un ensayo que es premio razón abierta-. 

¿Cuál es, pues, la causa final de las humanidades? Si las humanidades son el estudio de la humanitas, del hombre, de sus condiciones y posibilidades; si las humanidades están hechas de aquellas cosas tan propias del hombre como sus manifestaciones, su lenguaje, sus acontecimientos; si los que hacen las humanidades son los propios seres humanos -los autores, los profesores, los estudiantes- que con ellas intentan encender sus afectos, iluminar su criterio y forjar su carácter para encarnar una vida verdaderamente humana, entonces, la causa final de las humanidades es desvelar el sentido de esa vida humana y conducir a los hombres a ella. La causa final de las humanidades es el hombre y el sentido de su existencia. 

Pero, ¿qué significa “sentido de la existencia”? ¿Qué significa “sentido”? Jean Grondin da cuatro acepciones del término: 

Sentido como dirección: la vida humana tiene un punto de partida y una meta. Y las humanidades nos ayudan a descubrirlas y a ver cuál es el mejor camino para llegar a ella. 

Sentido como acción de sentir: las humanidades nos ayudan a ver, oír, tocar, oler, gustar la vida. ¿A qué sabe la vida cuando Píndaro nos dice “skias onar anthropos” –“el hombre es el sueño de una sombra”(Pítica VIII, 95)-? ¿A qué sabe cuando Dickens nos habla de “la mejor de las épocas y la peor de las épocas” (A Tale of Two Cities, 1? 

Sentido como sabiduría por haberlo sentido, experimentado: lar humanidades nos inician en el conocimiento por experiencia de la vida: nos desvelan el misterio de la existencia. 

Sentido como sentencia: las humanidades, como Sócrates, nos enseñan a vivir la vida como algo para ser juzgado -quizás por Dios o por los dioses, ciertamente por ese daimon interior de nuestra conciencia, por nosotros mismos, que, al final de nuestra vida, podremos saber con certeza si nuestra existencia y lo que hemos hecho en ella ha merecido la pena o no… 

Las humanidades saben todo esto, nos lo dan a conocer, nos inician en ello. Y lo hacen bellamente, noblemente, con expresiones que nos permiten tocarlo y vivirlo -como hace Jiménez Lozano en un poema que condensa en sus líneas toda una sentencia de lo que es la vida, el juicio de un sabio, la experiencia sensible de su textura y la dirección a la que se dirige, un poema que lleva el muy significativo título de “El Precio”:  

 

Matinales neblinas, tardes rojas, 

doradas; noches fulgurantes, 

y la llama, la nieve; 

canto del cuco, aullar de perros, 

silente luna, grillos, construcciones de escarcha; 

amapolas, acianos, y desnudos 

árboles de invierno entre la niebla; 

los ojos y las manos de los hombres, el amor y la dulzura 

de los muslos, de un cabello de plata, o de color caoba; 

historias y relatos, pinturas, y una talla. 

Todo esto hay que pagarlo con la muerte. 

Quizás no sea tan caro. 

 

Las humanidades nos ayudan a discernir si el precio de la muerte que pagamos por tanta belleza es excesivo o no… 

¿Cuál es, pues, la causa final de las humanidades? ¿Qué es lo que les da sentido? Precisamente esto: el ocio, el estudio, la contemplación. Maimónides, que en esto no hace sino seguir la tradición antigua, especialmente a Platón y a Aristóteles, pero también a los profetas y a los sabios de Israel, lo expresa muy crudamente -crudamente para nuestra sensibilidad-:  

“la verdadera perfección humana [es decir, su vida plena, su felicidad máxima]: consiste en la adquisición de las virtudes intelectuales, es decir, en concebir especies inteligibles que puedan proporcionarnos ideas sanas sobre asuntos metafísicos”. Guía de perplejos, III, 54. 

 Como nosotros estamos sumergidos en un mundo tremendamente -tremendamente, es decir, que hace temblar- pragmático, utilitario, productivo, hiperactivo y ruidoso, la imagen de la “contemplación” nos resulta poco atractiva, nos da un poco de vértigo y pensamos en ella como la fase superior del aburrimiento. La imagen es estar espatarrados en el sofá viendo sin mirar la caja tonta, con la mente en blanco y, colgante, un hilillo de saliva por la comisura izquierda de la boca. Y eso no es exactamente la contemplación. No desde luego lo que pensaron los antiguos y medievales sobre ella. La contemplación es sentir, comprender y amar intensamente el todo de la realidad, estremecerse con su máxima belleza, entenderlas en toda la claridad de su verdad, elegirlas por su relación con el bien supremo. Esto es otra cosa… y para esto son las humanidades: ellas nos conducen bellamente, verdaderamente, buenamente, a la Belleza, a la Verdad y al Bien. 

Y ¿qué es eso que es lo más alto? Quizás los autores de las humanidades no nos dan definiciones de lo que no puede definirse -no pueden poner límites al misterio-. Pero trazan determinados rasgos que nos ayudan a comprender esas realidades, a intentar ponerles nombre adecuado: 

La belleza es el esplendor de la forma, la armonía de las partes, lo que agrada a la vista. 

La verdad es lo que es, la adecuación de la inteligencia a la realidad, la rectitud. 

El bien es lo que todos desean. 

Y más que estas “aproximaciones conceptuales” -necesarias, pero insuficientes-, las Humanidades nos ponen directamente en contacto -en contagio- con esas realidades superiores, de tal modo que no sólo nos conmueven, iluminan y atraen, sino que, al hacerlo, nos hacen participar de ellas de tal modo que nuestra vida se torna noble, verdadera, buena. Por eso, los grandes autores también nos describen esa experiencia con expresiones sugerentes: 

Sobre la belleza y su contagio:  

“Ahora, al escribirte a ti, queridísimo, con tu conocimiento de todos los estudios liberales, casi me siento también dispensado de explicar con detalle que lo sublime [hypsos] es como una elevación y una excelencia en el lenguaje, y que los grandes poetas y prosistas de esta forma y no de otra alcanzaron los más altos honores y vistieron su fama con la inmortalidad. Pues el lenguaje sublime conduce a los que lo escuchan no a la persuasión, sino al éxtasis. Ya que en todas partes lo maravilloso, que va acompañado de asombro, es siempre superior a la persuasión y a lo que sólo es agradable. Pero si la acción de persuadir depende la mayoría de las veces de nosotros, las cualidades de lo sublime, sin embargo, que proporcionan un poder y una fuerza invencible al discurso, dominan por entero al oyente. La experiencia en la invención, la habilidad en el orden y en la disposición del material no se hacen patentes ni por uno ni por dos pasajes, sino que las vemos emerger con esfuerzo del tejido total del discurso. Lo sublime, usado en el momento oportuno, pulveriza como el rayo todas las cosas y muestra en un abrir y cerrar de ojos y en su totalidad los poderes del orador. Éstas, pues, según creo, y otras consideraciones parecidas podrías sugerir tú, queridísimo Terenciano, por tu propia experiencia”. Pseudo-Longino, Sobre lo sublime, I, 4. 

 

O también Fray Luis de León, en la Oda a Salinas de nuestro inicio:  

Aquí la alma navega 
por un mar de dulzura, y finalmente 
en él ansí se anega 
que ningún accidente 
estraño y peregrino oye o siente. 

¡Oh, desmayo dichoso! 
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido! 
¡Durase en tu reposo, 
sin ser restituido 
jamás a aqueste bajo y vil sentido! 

A este bien os llamo, 
gloria del apolíneo sacro coro, 
amigos a quien amo 
sobre todo tesoro; 
que todo lo visible es triste lloro. 

¡Oh, suene de contino, 
Salinas, vuestro son en mis oídos, 
por quien al bien divino 
despiertan los sentidos 
quedando a lo demás amortecidos! 

 

Sobre la verdad y su significación: 

ὡς οὐθὲν ἀνθρώπῳ λαβεῖν μεῖζον, οὐ χαρίσασθαι θεῷ σεμνότερον ἀληθείας. 

“Nada más grande puede alcanzar el hombre, ni puede el dios agraciarlo con nada más noble que la verdad”. Plutarco de Queronea, Peri Isidos kai Osiridos I. 

 

Sobre el bien:  

“Lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público”. Platón, República VII, 517 b-c. 

 

5. Causa ejemplar: qué modelo tienen 

Aristóteles explica la realidad en función de cuatro causas -las que hemos visto-. Platón, sin embargo, considera que es necesario explicar las cosas por otra causa más, la causa ejemplar. Cuando Miguel Ángel talla su Moisés, no sólo tiene un bloque de mármol, no sólo leyó la historia de Moisés, no sólo se puso a trabajar y no sólo esperaba terminar una obra maestra que le diera un salario, una fama y un sepulcro al papa.

Cuando se pone a trabajar, entre lo que lee en la Biblia y los golpes de sus manos sobre el mármol, diseña mentalmente una imagen, un modelo o arquetipo: “ve” interiormente a “su” Moisés como él, Miguel Ángel, quiere plasmarlo. Y sólo cuando ha hecho ese diseño interior, sólo cuando tiene la “idea” de Moisés, entonces puede ponerse a tallar el mármol. Esa idea es la causa ejemplar: el ideal o modelo para desencadenar todo el proceso. Esta causa ejemplar es, de alguna forma, la síntesis de todas las demás: es ciertamente muy próxima a la causa formal, es desde luego, lo que el escultor quiere sacar de la piedra; está por supuesto en el ingenio del autor; y Miguel Ángel trabaja para que esa idea cobre vida. Sin embargo, no se reduce a las otras causas. 

También las humanidades tienen su causa ejemplar. Necesitan una referencia, un modelo, un arquetipo. Sin ella, todo serían ideales abstractos, fantasmas entre las sombras o cuando mucho fugaces vislumbres de una realidad ulterior. Sin una causa ejemplar más o menos nítida, corremos el riesgo de quedarnos sin la realidad real y concreta a la que aspiramos. Los antiguos lo intuyeron, y por eso trabajaron siempre con la idea del “canon”: un modelo que es norma y medida de la realidad -y hay que decir que en ese canon acertaron bastante: en el orden físico ese canon es la proporción áurea con la que la realidad ha brotado; en el orden metafísico es el lógos y en el orden moral es la recta ratio agendi.  

Plasmaron su canon es sus obras: la Venus de Cnido, los retratos de Antinoo, el valor de Aquiles, la nobleza de Héctor, la fidelidad de Penélope, la piedad de Antígona y de Eneas. Podemos intentar contemplarnos y contrastar nuestra vida en ellos o en la Victoria de Samotracia, en el Apolo del Belvedere. Son grandes figuras, heroicas, labradas de acuerdo con el canon clásico, el canon humanista. Pero llegan a nosotros con los ojos vaciados de iris y pupilas. Necesitamos una imagen perfecta no sólo para reflejarnos, sino para sabernos, sentirnos atraídos, arrastrados…. 

Esa imagen perfecta nos llega también del mundo antiguo, pero de un ámbito peculiar. En un libro bellísimo y extraño, en el seno de un pueblo marginal y muy pequeño, tres líneas bastan para abrir la comprensión de lo humano a un horizonte extraordinario: “Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 26-27). Ese texto funda la dignidad del hombre en Dios mismo. Pero suscita un grave y serio problema: ¿Cuál es la imagen de Dios? ¿Es la imagen de Zeus, portador del rayo? ¿La de Odín, señor de la guerra y de la muerte? ¿La de Marduk o la de Osiris y se confunde con el sol -que da la vida y nos abrasa? ¿La de otros nombres todavía más siniestros? Muchos siglos después de que esos versos se escribieran, vimos por fin la viva imagen del Dios viviente: la vimos en el cuerpo tierno de un recién nacido, la vimos caminar sobre las aguas. Y cuando por fin se nos mostró en todo su esplendor, entre el cielo y la tierra, colgado de una cruz y sangrando hasta la muerte, comprendimos que esa imagen no sólo nos revelaba quién es Dios, sino también quién y cómo somos nosotros. Esa imagen es la suma y cifra de las humanidades, el culmen y la fuente de toda Belleza, de toda Verdad, de todo Bien, el camino adecuado -el único- para la adecuada formación del hombre, y sólo si con su Gracia lo recorremos, podemos llegar a alcanzar su semejanza. 

Conclusión 

Llegamos al final. Antes de terminar, dos cosas. La primera es recomendar una bibliografía mínima por si a alguien hubiera resultado interesante lo que hemos dicho. Son obras que no tienen que ver directamente con el máster ni sus asignaturas, pero que pueden dar idea de lo que son las humanidades: 

Cicerón, Defensa del poeta Arquias. Ediciones clásicas, Madrid 1992. 

Hugo de San Víctor, Didascalicon de studio legendi: El afán por el estudio. BAC, Madrid 2011. 

Jaeger, Paideia: Los ideales de la cultura griega. FCE, 2020. 

Gilson, El amor a la sabiduría. Rialp, Madrid 2015. 

Moeller, Ch., Humanismo y santidad. Testimonios de la literatura universal. Encuentro, Madrid 2023. 

Leclerq, J., El amor a las letras y el deseo de Dios. Sígueme, Salamanca 2009. 

Pieper, J., El ocio y la vida intelectual. Rialp, Madrid 2024.. 

Newman, E., Divina abundancia. Nuevoinicio, Granada 2022. 

Y lo segundo: expresar nuestro buen augurio, a los alumnos, a los profesores, al equipo de la Escuela de Postgrado, por el curso que hoy empezamos -o continuamos-. Sabemos bien que nuestro programa es sólo una mera iniciación en las humanidades. Pero es necesario tener claro desde el inicio qué son las humanidades, de qué están hechas, quiénes las hacemos, cuál es su fin y sentido y cuál es también el modelo adecuado, el arquetipo, que, en el fondo, revela el misterio de nuestra existencia.  

 

Soli Ipsi Laus + 

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