El pasado 30 de enero tuve la oportunidad de escuchar a nuestro rector hablando de la actualidad de la inteligencia artificial y del impacto que está teniendo en la transformación de la cultura universitaria. Si recuerdo bien una de sus afirmaciones, nos dijo que el mundo al que creíamos dirigirnos ya no existe. Por un momento, pensé que era una afirmación un poco pesimista. Sin embargo, como dediqué mi tesis doctoral al estudio del pensamiento transhumanista y al discurso de la singularidad tecnológica (la superinteligencia artificial capaz de regir su propio destino), la afirmación de nuestro rector me dio cierta esperanza.
Alguno podrá pensar que me gustaron sus palabras porque soy afín al transhumanismo. Cosa que no es así, pues no comparto el optimismo transhumanista. La verdad es que la afirmación del rector me pareció acertada porque cuando comencé a investigar el tema de mi tesis en el año 2017 parecía mera fantasía. A día de hoy es la cuestión en boga. Tanto es así, que hasta el papa León XIV va a publicar un documento abordando el tema.
Vivimos un momento revolucionario en el que la transformación tecnológica nos lleva a pensar cuál es el papel del ser humano en el universo y, sobre todo, en la cultura que estamos creando. Parece que estamos inmersos en una cultura del descarte en la que cada vez es más posible sustituir al ser humano con las máquinas. Día tras día, es más normal ver a androides que, poco a poco, son capaces de realizar tareas que realizan los humanos.
Entonces, ¿qué va a ser de nosotros? ¿Qué pintan las personas en una cultura en la que pueden ser sustituidas? ¿Qué papel vamos a desempeñar los profesores en un mundo en el que la inteligencia artificial proporciona tantas alternativas para obtener y gestionar la información? ¿La solución es, como piensan los transhumanistas, fusionarnos con las máquinas y aspirar a ser una especie de cíborgs? Evidentemente, creo que no.
No es sensato pensar que la inteligencia artificial no está transformando el mundo y, en concreto, la universidad. Pero tampoco lo es, creo, afirmar que las personas van a ser totalmente sustituidas. Es más, me parece que en este mundo de la inteligencia artificial lo que puede ocurrir es que se destaque aún más la inteligencia humana. Sobre todo, porque su complejidad es tan rica que hace que las redes neuronales artificiales sean nimias en comparación con el ser humano. La fascinación que produce la inteligencia artificial nos puede ayudar a llenarnos de asombro ante el sentido de la inteligencia humana dentro del orden del universo…
Tengo entendido que nuestras redes neuronales no se reducen únicamente a las que tenemos en nuestro cerebro y que en el intestino y en el corazón también encontramos ese entramado neuronal que nos permite conectar nuestros pensamientos y nuestras emociones con una riqueza maravillosa. De alguna manera, el ser humano es una pieza de orfebrería en la que se engarzan realidades materiales y espirituales que lo hacen único. Es una joya dentro del cosmos que aún reluce con fuerza a pesar de que la tecnología ciegue nuestra razón para asombrarnos con nuestra vida humana.
La cuestión, probablemente, sea que la inteligencia humana es una forma de vida. Quizá la más alta dentro del orden de la naturaleza, tal como la entendían los clásicos. Platón, Aristóteles, Plotino, Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, por poner algunos ejemplos, entendían que la inteligencia humana era una forma de vida que trascendía la vida biológica y que, como tal, abría al ser humano a una realidad infinita, trascendente, que potenciaba su libertad más allá de los límites de la realidad cósmica.
Mi esperanza está en que es posible que en una universidad como la nuestra, que apuesta por una Razón Abierta, nos detengamos a considerar esta vida teórica que cultivaron los clásicos. Una vida que, etimológicamente, es semejante a la divina. Por algo la teoría es una vida divina, porque es la acción del theós, del dios. Se trata de aquella vida que consiste en ver, no con los ojos del cuerpo, sino con los ojos del alma y que, paulatinamente, nos hace más y más semejantes a Dios, que es aquel que lo contempla todo providentemente.
Creo que el futuro del profesor universitario será cultivar esta vida contemplativa que comprende que el conocimiento está más allá de la productividad, que no consiste en un saber hacer, sino que ve que la fuente del verdadero conocimiento está en saber vivir, es decir, vivir sabiamente, buscando la Vida en sí misma.

