Amanece. Mensaje de mi madre: que me cuide la garganta. Otra vez lo mismo y ya me toca las narices, porque tengo un catarro de categoría.
Llego tarde y aún no sé a qué. Un aluvión de vehículos -en los que imagino que habrá personas arrancando su vida de lunes- se abalanzan a las autovías de Madrid que se cruzan y entrecruzan como ríos despistados que circundan y atraviesan la ciudad repartiendo los destinos.
Nos apresuramos todos, cada uno a lo suyo, en cajas separadas. Evitamos chocar, obviamente. La salida 40 de la M40 llega hoy a la 36. Una fila de paquidermos aburridos y, a la vez, impacientes, encadena una guirnalda de destellantes luces rojas de peligro que llegan hasta donde alcanza la vista. Disimulando, como el que no quiere la cosa, voy pasándolos uno tras otro por su izquierda, a poca velocidad. Estudiantes con cara de pasillo, un niño que juguetea con un gigantesco dinosaurio en su mullida sillita mientras sus padres discuten con brío sobre alguna cosa que seguramente carezca de mucha menos importancia que sus respectivos egos, un anciano que busca algo en una gran pantalla central, llena de dibujos azulados que parece no entender.
Cada uno en su caja, cada uno es su mundo.
Un hueco a trescientos metros de la salida. Simulando vergüenza me cuelo sin remedio. No sé qué pensará el que ha quedado detrás de mí, si será un caballero amable que se presta a estos menesteres o un ser iracundo que empezará a pitarme con frenesí. El caso es que ya estoy dentro. Ahora llego a tiempo, aunque todavía no sé a qué.
Mientras reposo mi pequeño éxito matinal (el colarme) pienso en todos los que estamos allí, cada uno con sus sueños, sus anhelos, sus defectos y sufrimientos. En unos minutos llegaré a la universidad y comenzaré a interactuar con otros humanos. Me pregunto: ¿realmente nos comprendemos? ¿Somos capaces de alcanzar el misterio del otro?
Un alumno que se llama Antonio Lissot escribe: “mi cuerpo no es más que un instrumento para la mezcla caótica de mi odio del pasado, el miedo del presente y el deseo del futuro” (Luces para noches largas. Ápeiron Ediciones). El tuyo, Antonio, y el de todos, pero cada uno con lo suyo. ¿Seguimos simulando que nos comprendemos? ¿Acaso, por más que te esmeres en contármelo, entiendo apenas de qué van tus odios y tus miedos? De los deseos sé más. Sospecho que tenemos los mismos; pero, ¿cómo los concretas tú? ¿Qué te duele?
Juan Pablo me descubre una obra de arte monumental, el Adagio de Espartaco y Frigia de Kachaturian. Lo escuchamos en el coche, emocionados. La delicada sensibilidad de mi hijo me conmueve. ¿Qué sucederá en su interior? ¿Podemos abrazar lo que el otro es, entenderlo, amarlo, saberlo? ¿Estamos condenados a ser trozos de tierra, sal y sangre, unos linderos de los otros, sin vernos en realidad, apenas vislumbrándonos entre las grietas de una pared oculta por la niebla?
Quisiera ser tú y tú, todos los que amo, conoceros en profundo, comprender cómo haceros felices… quisiera ser un dios providente y empujaros a la plenitud, pero, ¿quién soy yo? Nos separa un abismo infranqueable, cada uno preso en su propia identidad anhelando con ardiente pasión alcanzar a dejarse ver, y oculto para todos, incluso para sí mismo.
Me acerco al aparcamiento y todo está ya lleno. Una multitud cae del autobús. Son para mí sombras ignotas. ¿Podremos algún día cumplir aquel mandato tan sencillo e imposible, pueril y sensato a la vez, de amarnos los unos a los otros?

