Hay momentos en la vida, no se anuncian, no se preparan, en los que uno se da cuenta de que no todo está hecho para ser entendido. Que hay cosas que se rompen sin explicación, que duelen sin lógica, que no encajan por más vueltas que les des. Y ahí, justo ahí, donde la cabeza ya no llega empieza otra manera de mirar. Más pobre, sí. Pero también más verdadera.
Porque hemos crecido creyendo que madurar es entender. Que la vida, si la piensas lo suficiente, acaba encajando. Que todo tiene su explicación, su porqué, su sitio. Y entonces llega algo, la enfermedad, una pérdida, un límite que no habías elegido, y te descoloca entero. Y lo primero que te sale, casi sin pensarlo, es preguntar:
¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Y te das cuenta de que esa pregunta, que parece tan lógica no siempre sirve.
Porque el “por qué”, cuando el dolor es de verdad, no sostiene. Aprieta. Encierra. Es como si le pidieras a la vida que te dé explicaciones para poder aceptarla y la vida, muchas veces, guarda silencio. Y ese silencio pesa. Descoloca. Deja una especie de intemperie por dentro que no sabes muy bien cómo habitar.
Y ahí aparece el vértigo. El de no entender. El de no controlar. El de no poder responderte. Y, sin embargo, quizá no se trata de eso. Dios no se ha equivocado al hacernos limitados. No es un fallo del sistema. Es parte del misterio. No estamos hechos para abarcarlo todo, ni para comprender cada pieza de lo que nos pasa. Y aceptar eso no es rendirse es colocarse en la verdad.
Porque hay preguntas que no están para ser respondidas, sino para ser cambiadas. El niño esto lo sabe, aunque no lo sepa explicar. No necesita entender la vida para vivirla. Confía. Se deja. Juega con lo que hay. No se queda atrapado en el “por qué”, sino que, de una manera casi instintiva, vive desde el “para qué”. Y en esa forma de estar hay una sabiduría que a los adultos se nos va olvidando… hasta que la vida nos rompe un poco.
La enfermedad no me cambió de un día para otro. No hubo un momento épico. Fue más bien un ir quitando capas. Poco a poco. Cosas que antes parecían importantes, planes, viajes, ritmos, expectativas, se fueron cayendo. Y cada capa que caía dolía. Porque renunciar duele. Porque soltar lo que uno pensaba que era su vida tiene algo de duelo.
Pero cuando lo dejas caer aparece algo. Algo esencial, más de verdad.
Y ahí empecé a darme cuenta de que no entender no me impedía vivir con sentido. Que podía dejar de hacerme ciertas preguntas sin dejar de buscar. Que a lo mejor el problema no era que me faltaran respuestas sino que estaba empeñado en la pregunta equivocada.
Porque cuando cambias el “por qué” por el “para qué” algo se recoloca por dentro. El “por qué” te pone frente a la vida, como exigiendo. El “para qué” te mete dentro, como respondiendo.
Y responder no es explicar. Es implicarte. Es coger lo que hay, aunque no lo hayas elegido, y preguntarte qué puedes hacer con eso. Cómo puedes vivirlo. Cómo puedes amar desde ahí.
El dolor no desaparece. No se vuelve bonito. No nos engañemos. Pero deja de ser un muro y empieza, poco a poco, a convertirse en camino. Inesperado, diferente, pero camino al fin y al cabo. Y en ese camino aparece algo que no puedes fabricar: la confianza.
No una confianza ingenua, sino una que nace cuando ya has probado que no controlas nada. Confiar en que hay un sentido, aunque no lo vea. Confiar en que mi vida no es un error. Confiar en que hay Alguien que sí está viendo la historia completa, aunque yo solo tenga trozos sueltos.
Y que un día, eso espero, todo encajará. Mientras tanto, la vida no se explica. Se da. Y solo cabe acogerla. Acoger lo que soy. Acoger mi historia, también donde duele. Acoger mi cruz.
No como quien se resigna, sino como quien empieza a entender que ahí también hay algo para él. Porque la cruz, esto cuesta decirlo y más aún vivirlo, no es solo peso. Es también lugar de encuentro. Lugar donde dejas de pelear contigo mismo. Donde empiezas, poco a poco, a hacer las paces.
Y descubres algo que no esperabas: que ser tú, así, tal cual, con todo, no es un obstáculo para amar… es el único sitio desde el que puedes hacerlo de verdad.
Aceptar no es rendirse. Es dejar de huir.
Y en ese dejar de huir aparece una paz rara. No perfecta. No constante. Pero real. Una forma distinta de estar en la vida que ya no depende de que todo encaje.
Porque no hay gloria sin cruz. No como frase bonita, sino como verdad de carne. No hay vida honda sin haber pasado por lo que duele. Pero cuando ese dolor se vive desde el sentido, desde el “para qué” deja de ser estéril. Y empieza, de alguna manera, a dar vida.
Por eso, al final, la pregunta importante no es la que nos sale sola sino la que elegimos sostener: ¿Para qué se me está dando esta vida, así, tal como es… y cómo puedo amar desde aquí?
Ahí hay una luz. No lo ilumina todo. Pero basta. Para dar un paso. Y luego otro. Y al final, sin darte cuenta, descubres que no necesitabas entender la vida para vivirla solo necesitabas una pregunta que te enseñara a amar.
Y, mientras preparaba estas líneas, la vida, o mejor dicho, Dios, volvió a responder sin explicaciones. Me llamaron para un trasplante. El cuarto. Un regalo inmerecido, inesperado. Y además, en Domingo de Resurrección. No sé explicar el porqué. Pero sí intuyo el para qué. El camino hasta aquí ha sido durísimo, de esos que te rompen por dentro pero la felicidad, ahora, tiene exactamente el mismo tamaño que el esfuerzo.

