Hoy es siempre todavía

María Hernández

María Hernández

Cartas desde Italia

“A Roberto Benigni, que conoce la poesía de la duración”

Uno de los detalles en los que siempre me fijo de un libro es la dedicatoria. Cuando abrí ‘Retén el beso. Lecciones breves sobre el amor’ de Massimo Recalcati y encontré a Benigni, sucedieron tres cosas: inicié el ensayo con cierta simpatía hacia su autor, recordé un monologo del actor en La tigre e la neve (2005) y pensé inevitablemente en G y L.

 

En La tigre e la neve (2005), Attilio (Roberto Benigni) es un profesor de universidad que en una de sus clases, clama a los estudiantes:

“No escribáis poemas de amor ahora, son los más difíciles, esperad al menos unos ochenta años. Escribid sobre otro tema, no sé… sobre el mar, el viento, un radiador, un tranvía atrasado (…) Enamóraos. Si no os enamoráis, todo está muerto. Si os enamoráis, todo cobra vida, todo se mueve (…) No tengáis miedo a sufrir (…) Y no busquéis la novedad. La novedad es lo más viejo que hay.”

Sin necesidad de tratarse de una poesía, el consejo y la autoridad de Benigni ponen en guardia a cualquiera incluso ante la posibilidad de esbozar algún párrafo relacionado con el asunto. “Es imposible explicar el amor. Nunca es posible reducir el amor a un concepto. Sin embargo es posible y necesario hablar sobre el amor, continuar a hablar de amor” escribe al inicio del libro Recalcati. 

Yo querría tener lucidez, muchos días y un gran amor para no cometer la insensatez de pronunciarme en exceso antes de cumplir ochenta, pero al mismo tiempo, no puedo permanecer en silencio porque he conocido a G y L, les he presenciado, y cada vez que les vuelvo a encontrar me dejan con la necesidad de contar su sigiloso milagro, con un cosquilleo en las yemas de los dedos que me pide buscar palabras para plasmar, conservar y atesorar -aunque sea en la precariedad del papel- cada uno de sus gestos que susurran que el amor se pronuncia a partir de un rostro y nombre concreto.

De L. me sorprendió la delicadeza con la que cuidaba a su marido. G. nació siendo ciego. Nunca vio, por ejemplo, las macetas de los balcones del otro lado de la calle del edificio en que nos conocimos. Y, sin embargo, no sería cierto decir que se impregnaba del mundo en menor medida, que le faltara algo. A G. no le faltaba nada porque existía L.

“Entonces, una luz reviste el mundo de un aspecto nuevo. Una luz que hace iniciar el mundo de nuevo”. Recalcati explica con la metáfora de la luz el encuentro con el otro, afirma que esta experiencia hace nacer el mundo una segunda vez y subraya que la alegría y la promesa del amor es el saberse esperado, elegido, querido en la particularidad más particular. A L. no le faltaba nada porque existía G.

Cada uno a través del otro había hecho la experiencia fundamental: el viaje del yo al tú, la exigencia de responder a eso que pide duración y fidelidad regalada y alegre.

L. se fijó enseguida en el atractivo masculino de G., le faltó acercarse y que este le nombrara a Bach para saber que sería él. Pasaron unos días más para que ella le confesara que le disgustaría no volver a verle.

44 años después de esto, cada vez que nos vemos, L. – preocupada por la delicada salud de él- me pregunta en un aparte con premura y desvelo: “¿Cómo le has visto?”, “¿Te parece que está peor?, ¿no verdad? Con frecuencia también, en la distancia, observándole absorta, sin rastro de jactancia y llena de asombro, comenta: “¿Has visto qué guapo es G.?” Y uno se maravilla por el encanto de la duración de esta mirada, y se pregunta qué le hace suceder todavía. Recalcati asegura que “todavía” (o «de nuevo», en italiano ancora) es la palabra fundamental del amor. Observa que los amores que duran no son tan distintos de los que mueren tras haberse consumido o haber probado todo para hacerlos funcionar, y ofrece una constatación general a partir de su experiencia como psicoanalista: los amores que duran son aquellos en los que cada uno tiene una cierta confianza con su propia soledad.

“Los cuerpos estrechados son un descanso del dolor del mundo, una pausa del vacío devorador que constituye la existencia. Sin la experiencia compartida de la herida, es difícil que pueda existir un amor. No existe un amor que no se nutra de la falta. Lacan lo expresa a su manera en una cita celebre: amar significa dar al otro lo que no se tiene. Significa que en el amor no me limito a dar al otro aquello que poseo, cosas, objetos, seguridades, perspectivas, rentas; el don mas propio del amor es la donación de nuestra falta, la donación de nuestra herida. Los amantes son una tregua del dolor del mundo, ha escrito Berger”.

L. me cuenta al recordar las idas y venidas del inicio que hubo un momento en que se dio cuenta de que la vida era con él.

Conociéndoles, tan difícil es idealizarles como no creer en el milagro. Aquella primera certeza, fiel al dinamismo desafiante del tiempo, pidió ser renovada de nuevo. Las crisis sirvieron para volver a verificar que la vida -para que fuera Vida- tenia que ser juntos.

La belleza de la permanencia es el misterio inaprensible. Solo se puede hablar de esa forma traviesa, tierna y ligera que tiene L. de responder a cada queja de G.; de la paciencia con la que él escucha y amaina los temores de ella; de la frecuencia con que ella se acerca delicada e inesperadamente para rozarle los labios; de su ir apresurada hacia la percha para acercarle el abrigo y el sombrero al final de cada clase. Solo se puede hablar de Guccini, Battiato o de las tardes de órgano y opera; de diagnósticos médicos y enfermedad, de la combinación de un corazón parlanchín y sensible con una inteligencia y nobleza extraordinaria, de la persistente soledad e insuficiencia de ambos, de una búsqueda incansable, del afán compartido por vivir auténticamente, en verdad y coherencia.

Solo se puede hablar de aquel minúsculo apartamento de juventud en el que cabía mucha gente y que hoy solo es memoria; de los viajes a Japón, Nueva York o España; de la rutina de leer el periódico tras del desayuno; de la paradoja de que sea él quien dé las indicaciones a ella mientras conduce por una ciudad jamás vista; de las conversaciones que se alargan en su hogar personalísimo, cubierto de madera, alfombras, varios lienzos y un agradable olor también irreproducible por ser solo suyo, resultado de la presencia repetida de los dos a lo largo de los años en el mismo salón.

“En oposición al culto de lo nuevo que solo produce la misma insatisfacción, es la duración lo que convierte cada cosa en algo verdaderamente distinto. No es lo nuevo contra lo de siempre, es lo nuevo como un pliegue interno de lo mismo. De hecho – continúa Recalcati- el amor es la posibilidad de elevar un objeto a la dignidad de un objeto que no es parte de una serie, sino insustituible, incomparable, único, interrumpiendo así el deslizarse del deseo de un objeto a otro, lo que nos salva de un movimiento perpetuo que divaga sin encontrar paz en nada.

“La intimidad en los amores que duran no disuelve el misterio del cuerpo. No se dejar arrebatar por la familiaridad. Por el contrario, la repetición, lejos de exterminar lo nuevo, lo nutre”.

G., con 65 años y a escasos meses de volver a dar un sí a L. (esta vez ante el altar), interrumpió mi aplauso y felicitación con un “sin embargo no está todo dicho” (Non è ancora finita, però). Mostraba así su entender que la vida es un faciendum, que no hay institución, ni pacto, ni divinidad que nos ahorre el hacer uso de nuestra libertad, ni nos salve de la posibilidad de perdernos en la costumbre o en la comodidad.  Puede que aquí se esconda en parte el misterio de su duración, este comentario que convierte todo en inicio converge con el “¿Has visto lo guapo que es?” admirado de ella.

Es el tiempo lo que permite la renovación a cada instante del mismo origen, el ahora donde se halla la posibilidad de hacer aquella primera vez, aquella primera mirada presente. Y así, cada mañana una pregunta apasionante: ¿Qué mirada no dejará de ser la primera mirada?

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