Yo estoy cansado, tú estás cansado, él está cansado, nosotros estamos cansados, vosotros estáis cansados, ellos están cansados… He dejado de sorprenderme cada día al acabar de nuevo, como en las clases de Lengua de Primaria, conjugando estos verbos. Es lo que espero escuchar al preguntar a cualquiera que se cruce por mi camino un “¿Qué tal estás?”, o al menos alguien sincero. Cuando me propongo intentar comprenderlos y comprenderme, se produce una avalancha de factores: que si tiene un horario infernal, que si no sabe qué decisión tomar, que si ha discutido con su pareja, que si este familiar no está tan bien como le gustaría… Y todo me parece razonable, ¿cómo no vas a estar cansado? ¿Cómo no vamos a estar todos crónicamente cansados? Pero cuando yo soy sincera con los “¿Qué tal estás?” de la gente y respondo que todo va bien, comprendo que también estoy cansada… De mí misma, ¿es eso también razonable? 

Que se alce ahora en mi contra toda la maquinaria de mensajes positivos de self-love, que bajo la promesa de redención solo me han devuelto la culpa por ser incapaz de “darme a mí misma todo el amor que merezco”. Porque yo me conozco y veo mejor que nadie la pequeñez, la misera y la limitación que me configuran (y me hacen ser yo).  

Seguramente habrá millones de mentiras en lo que pienso sobre mí misma, pero el barro es el barro. Me canso de mí misma cuando pido tiempo muerto a la vida porque no puedo más, me canso de mí misma cuando mis anhelos van mucho más rápidos que mi control porque mis heridas siguen llorando de miedo, me canso de mí misma cuando rechazo las promesas de felicidad del riesgo porque hace tiempo que pacté con la comodidad… Sí, me canso de mí misma… Pero, ¿y qué? 

Nos hemos acostumbrado a escandalizarnos de nuestro barro y luchar contra el cansancio que nos puede generar. Tapamos todo aquello con mil máscaras y vamos corriendo a fuentes que puedan cambiar nuestra naturaleza más íntima. Acabamos viviendo con la expectativa de ser los mejores para «ganarnos» una vida feliz en lugar de asentarnos en la esperanza de que nada de eso es necesario para encontrar el sentido. ¿Cómo no vamos a creer que estamos mal hechos, que no merecemos la pena? 

“Darme a mí misma todo el amor que merezco” amarga la sed que mi corazón implora. Me encierra en creer que mi propia capacidad debe (y si no es así, algo mal estoy haciendo) ser suficiente para granjearme la felicidad. Y no se conforma con tal tortura: se empeña en vaciar cualquier significado de amor que me valga como verdadero.  

Me niego a darme a mí misma todo. Necesito tanto mirar cara a cara mi barro como dejar a algunos que lo mimen mucho mejor que yo. Levanto los brazos cual bebé esperando ser acogida… Con qué fuerza me agarro a ese abrazo. Y todo el barro merece la pena por el sentido que me da descubrir que, en él, aun cansada de mí, hay una fuerza que no solo se recibe, sino que se da. Y es que el otro (y el Otro) no solo no se cansa de mí, sino que me espera. 

 

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