¿De qué me disfrazo hoy?

Isabel Rodríguez

Instituto John Henry Newman

Muchas veces, cuando me voy a vestir por las mañanas, me paro y pienso: ¿quién quiero ser hoy?, ¿de qué me quiero disfrazar? Hay veces que quiero parecer una persona interesante, de esas que citan autores extranjeros con una facilidad pasmosa; otras veces quiero parecer una chica femenina, que tiene su vida en orden, y otras me gusta dar la sensación de que, sin quererlo, me ha salido el look perfecto (cuando ha llevado algo más de esfuerzo del que parece). 

Todas esas versiones de mí, y muchas más, conviven en mi armario esperando ser despertadas para salir a pasear. A veces me pregunto si soy yo la que domina a esos personajes o si los personajes me dominan a mí. El asunto es que no podría escoger uno y, lo que es peor, ni la combinación de todos ellos sería satisfactoria. Por un lado, porque se contradirían entre sí; por otro, porque, incluso juntas, ninguna combinación lograría abarcarme del todo. 

Intuyo en mí una especie de enigma que no consigo resolver, como si hubiera una parte de mi corazón que me resulta siempre indescifrable. Esa parte me pertenece y me es ajena a partes iguales: no podría ser yo sin ella, pero, al mismo tiempo, nunca consigo comprenderme del todo precisamente por su culpa. 

No solo me pasa conmigo misma; también me ocurre con los demás. A veces miro a mis amigos y me vuelvo a preguntar: ¿quién eres tú? Te conozco, pero nunca te llego a conocer del todo. Siempre hay una pieza que me falta; cada vez que te veo, descubro en ti un nuevo aspecto que te hace completamente nuevo para mí. 

Somos misteriosos y muy simples a la vez. En el fondo, todos queremos amar y ser amados; al menos, esa es la mejor forma que tengo de explicar casi todo lo que hago. Pero, al mismo tiempo, amar al otro siempre implica enfrentarse a ese misterio: vivir en la incertidumbre de que nunca comprenderás del todo el corazón de aquel que te acompaña. Sin embargo, tu propio corazón lo ama como si lo conociera en su totalidad. ¿Será que sí lo hace, pero se le ha olvidado comunicarlo al resto de mi ser?  

Puede ser que el secreto no esté tanto en conocernos o conocer al otro perfectamente, como en abrazar aquello que no comprendemos del todo, confiando en que el corazón del otro, al igual que el nuestro propio, hará lo que realmente anhela, aunque no siempre lo entienda.  

 

¿TE HA GUSTADO? COMPÁRTELO: