La pretensión de Jesús de Nazaret

Jesús se pone en el lugar de Dios

Llama la atención la relación que Jesús parece mantener con Dios, en la tradición judía debía asombrar y escandalizar a sus oyentes. Un judío no la habría utilizado ni en la oración.

  • «Yo he salido y vengo de Dios, pues yo no he venido de mí mismo, antes es Él quien me ha mandado» (Jn 8, 42).

  • «No estoy solo, sino yo y el Padre que me ha mandado» (Jn 8, 16).

  • «Yo soy el que da testimonio de mí mismo, y el Padre, que me ha enviado, da testimonio de mí» (Jn 8, 18).

  • «Pero el que me ha enviado es veraz, aunque vosotros no le conocéis. Yo le conozco porque procedo de Él y Él me ha enviado» (Jn 7, 28-29).

  • «Estas obras que Yo hago dan en favor mío testimonio de que el Padre me ha enviado» (Jn 5, 36).

  • «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra» (Jn 4, 34).

Decir Abbá es decir “papá”. Esa palabra expresa la misma realidad a la que alude Jesús, de forma tan sencilla y al mismo tiempo tan extraordinaria, con las palabras: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo quisiere revelárselo» (Mt 11, 27; Lc 10, 22). En un texto de Jeremías se habla de que Dios espera que se le invoque como Padre: «Vosotros me diréis: ¡Padre mío!» (Jer 3, 19). Es como una profecía que se cumpliría en los tiempos mesiánicos. Jesús de Nazaret la ha realizado y superado al hablar de sí mismo en su relación con Dios como de aquel que conoce al Padre. Jesucristo, que conoce al Padre tan profundamente, ha venido para «dar a conocer su nombre a los hombres que el Padre le ha dado» (Jn 17, 6). Un momento singular de esta revelación del Padre lo constituye la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le piden: «Enséñanos a orar» (Lc 11, 1). Él les dicta entonces la oración que comienza con las palabras «Padre nuestro» (Mt 6, 9-13), o también «Padre» (Lc 11, 2-4). Realmente, solo quien se consideraba Hijo de Dios en un sentido propio podría hablar así de Él y dirigirse así a Dios como Padre.

La Ley

Los Evangelios sinópticos concuerdan al decir que los que escuchaban a Jesús «se maravillaban de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mc 1, 22; y Mt 7, 29; Lc 4, 32). Es una información preciosa que Marcos da al comienzo de su Evangelio. Atestigua que la gente había captado enseguida la diferencia entre la enseñanza de Cristo y la de los escribas israelitas, y no solo en el modo, sino en la misma sustancia: los escribas apoyaban su enseñanza en el texto de la ley mosaica, de la que eran intérpretes y glosadores, y Jesús no seguía el método de uno que enseña o de un comentador de la ley, sino que se comportaba como un legislador y, en definitiva, como quien tiene autoridad sobre la ley. Los que escuchaban sabían bien que se trataba de la Ley Divina que dio Moisés, en virtud de un poder que Dios mismo le había concedido como su representante y mediador ante el pueblo de Israel.

El libro de Benedicto XVI “Jesús de Nazaret” explica la reacción de los oyentes ante estas enseñanzas del sermón de la montaña, que son comentarios sobre la Torá.

«Si al comienzo de la nueva lectura de partes esenciales de la Torá [que hace Jesús en el sermón de la montaña] se pone el acento en la máxima fidelidad, al seguir leyendo llama la atención que Jesús presenta la relación de la Torá de Moisés con la Torá del Mesías mediante una serie de antítesis: a los antiguos se les ha dicho, pero yo os digo. El Yo de Jesús destaca de un modo como ningún maestro de la Ley se lo puede permitir. La multitud lo nota; Mateo nos dice claramente que el pueblo «estaba espantado» de su forma de enseñar. No enseñaba como lo hacen los rabinos, sino como alguien que tiene «autoridad» (Mt 7, 28; cf. Mc 1, 22; Lc 4, 32). Naturalmente, con estas expresiones no se hace referencia a la calidad retórica de las palabras de Jesús, sino a la reivindicación evidente de estar al mismo nivel que el Legislador, a la misma altura que Dios. El «espanto» (término que normalmente se ha suavizado traduciéndolo por «asombro») es precisamente el miedo ante una persona que se atreve a hablar con la autoridad de Dios. De esta manera, o bien atenta contra la majestad de Dios, lo que sería terrible, o bien —lo que parece prácticamente inconcebible— está realmente a la misma altura de Dios» (p. 132).

Jesús de Nazaret. Benedicto XVI

Después de tantos años de cristianismo es difícil imaginar esas primeras reacciones, el surgir de la fe o el rechazo de su pretensión y, sin embargo, es algo que está llamado a suceder continuamente si su pretensión es verdadera. Los comentarios de Benedicto XVI en Conversaciones con un Rabino son de inestimable ayuda para comprender lo que pasó en aquel momento.

Conversaciones con un Rabino


El sábado

Jesús se hace dueño del sábado, está por encima del precepto del sabbat, no porque lo desprecie, sino porque se coloca como dueño de ese día donde el pueblo judío se disponía a admirar las grandezas de Dios, su señoría sobre la creación. Cuando el ser humano hace esto, descansa. Jesús tiene la pretensión de ser Él el descanso.

  • «Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo» (Mt 5,17-37) 

  • «El hijo del hombre es señor del sábado» (Lc 6, 1-5)

El templo

Jesús también se consideraba superior al Templo, creía ser la Presencia misma de Dios: «Pues os digo que aquí hay uno que es más grande que el templo» (Mt 12, 6). Neusner añade: «Él y sus discípulos se han puesto en el lugar de los sacerdotes en el templo: el lugar sagrado se ha trasladado. Ahora está en el círculo del maestro con sus discípulos» (p. 137).

Jesús ha venido a rescatar al ser humano del dolor y sufrimiento que entraña la culpa. Esta es una experiencia muy dura del ser humano de todas las épocas. En vano diversas escuelas de psicología han tratado de disolverlo negando la culpabilidad o huyendo de ella como de un fantasma que, testarudo, vuelve siempre expresándose de mil formas.Tenemos necesidad de ser perdonados, aceptados en la fragilidad, dicho en terminología teológica, salvados. ¿A esto sale al encuentro Cristo cuando perdona? Esta pregunta podría levantar ahora el mismo espanto de los oyentes de Jesús, justificada porque este hombre que ha surgido en el seno del pueblo de Israel pone en juego el anhelo más íntimo de felicidad. Desde el principio de su vida pública, no se limita a proclamar la necesidad de la conversión «Convertíos y creed en el Evangelio» Mc 1, 15 y a enseñar que el Padre está dispuesto a perdonar a los pecadores arrepentidos, sino que Él mismo perdona los pecados.

Precisamente, en esos momentos, es cuando más brilla el poder de Jesús: «El Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados» (Mc 2, 10). Lo afirma ante los escribas de Cafarnaúm, cuando le llevan a un paralítico para que lo cure. Es comprensible la admiración por esa curación y también el sentido de temor o reverencia que, según Mateo, sobrecogió a la multitud ante la manifestación de ese poder de curar que Dios había dado a los hombres (Mt 9, 8). Como escribe Lucas, ante las «cosas increíbles» que habían visto ese día (Lc 5, 26). Importa entender que el milagro de la curación no es un fin en sí mismo, sino una confirmación de la pretensión de Jesús discutida por los escribas: «El Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados».

Su poder de perdonar los pecados, que ejerce mientras se mueve como “Hijo del Hombre” por los pueblos y calles de Palestina, lleva a algunos de los presentes a escandalizarse:

  • Cuando estaba sentado a la mesa del fariseo, Jesús dice a una mujer: «Tus pecados te son perdonados» (Lc 7, 48). «Comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es este para perdonar los pecados?» (Lc 7, 49).
  • En el episodio de la mujer sorprendida en adulterio ofrece una consideración realista de la condición humana, comenzando por la de sus interlocutores que van marchándose uno tras otro: «El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra primero» (Jn 8, 7). Se entrevé la profunda humanidad de Jesús al tratar a aquella desdichada, cuyos errores ciertamente desaprueba, como una persona a la que no aplasta bajo el peso de una condena: «¿Nadie te ha condenado?». «Nadie, Señor». «Ni yo tampoco te condeno; vete y no peques más» (Jn 8, 10-11). Ante ese “ni yo tampoco” cuesta permanecer indiferente.
  • «Hijo, tus pecados te son perdonados» (Mc 2, 5)

  • «¿Cómo habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?» (Mc 2, 7)

  • «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico tus pecados te son perdonados o decirle levántate, toma tu camilla y vete? Pues para que veáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, yo te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2, 8-11)

  • «Jamás hemos visto cosa igual» (Mc 2, 12

Jesús nace en el pueblo judío, crece en su religión y en su cultura hebraica. Es un verdadero israelita, que piensa y se expresa en arameo, según las categorías conceptuales y lingüísticas de sus contemporáneos, y sigue los usos y costumbres de los suyos. Como israelita es heredero fiel de la Alianza del Sinaí. Vivió en una determinada familia, en la casa de José, quien hizo las veces de padre del hijo de María, asistiéndolo, protegiéndolo y enseñándole su mismo oficio de carpintero. A los ojos de los habitantes de Nazaret, Jesús aparecía como «el hijo del carpintero» (Mt 13, 55).

El pueblo judío desde Moisés (Dt 18, 15) espera la realización de la promesa que Dios había hecho de enviar un Mesías. Ya en el acto mismo de su constitución como pueblo y religión, se espera la tierra que Dios mostrará a Abrahán cuando le manda salir de su patria y promete hacer de él una gran nación (Gen 12,1). Al salir de Egipto caminan durante 40 años movidos por la esperanza de la tierra prometida. A partir del año 587 a.C., fecha de la destrucción del templo por Nabucodonosor y de la deportación de la mayoría de los judíos a Babilonia, su país ha estado sucesivamente sometido bajo el dominio babilónico persa, greco-macedonio, romano, árabe, turco y británico. Tras la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 d.C. se vieron obligados a vivir dispersos por el mundo hasta la creación del moderno Estado de Israel. Desde el 587 a.C. han estado esperando el advenimiento del Mesías que los hiciera retornar a su tierra o los librara de la dominación extranjera. Promesa que era su razón de ser y que mantuvo a ese pueblo cohesionado a lo largo de muchos avatares históricos: toda una esperanza nacional.

Sorprendentemente, Jesús de Nazaret pretende ser el Mesías esperado y tiene una conciencia muy peculiar de que los tiempos han sido largamente preparados para Él. Sin embargo, los rasgos de la interpretación étnico-política del Mesías (un caudillo judío de rasgos político-militares y para bien del pueblo judío en esta vida) provocaron en gran medida la incomprensión de Jesucristo (Mesías salvador espiritual de todos los hombres mediante la muerte humillante en Cruz y la Resurrección).

Cuando comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos: «¿De dónde le viene todo esto? ¿Qué sabiduría es la que le ha sido dada? ¿Y los milagros hechos por él? ¿No es acaso el carpintero, hijo de María? …» (Mc 6, 2-3). Mencionaban también a sus hermanos, es decir, aquellos miembros de su parentela (primos) que vivían en Nazaret e intentaron disuadir a Jesús de su actividad de Maestro (Mc 3, 21). Evidentemente, ellos no encontraban en Él algún motivo que pudiera justificar el comienzo de una nueva actividad, consideraban que Jesús era y debía seguir siendo un israelita más. En su actividad de Maestro, que arranca en Nazaret y se extiende a Galilea y a Judea hasta la capital Jerusalén, Jesús muestra con obras y palabras su condición de Mesías de Israel.

Jesús comienza su actividad pública

  • «Según su costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del profeta Isaías…» (Lc 4, 16-17).
  • «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres» (Lc 4, 18).
  • «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír…» (Lc 4, 21).

Sus palabras son elocuentes

  • «Abraham, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día». «¿No tienes aún cincuenta años y has visto a Abraham?». «En verdad, en verdad os digo: antes que Abraham naciese, era Yo» (Jn 8, 56-58). Jesús afirma que su existencia precede al tiempo de Abraham, llegando a identificarse como «El que es» (Ex 3, 14). Pretende ser Aquel que ellos esperaban, pero más grande y misterioso de lo que podían imaginar. Se encontraban ante un misterio religioso, algo que no se entiende del todo, pero se comprende de alguna manera y que les interpela.

Juan Bautista había señalado a Jesús en el río Jordán

  • «El que tenía que venir» (Jn 1, 15-30), que administraría un «nuevo bautismo con la fuerza del Espíritu» (Jn 1, 24-34).
  • Cuando Juan se hallaba en la cárcel, mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro?» (Mt 11, 3). No deja sin respuesta a Juan y a sus mensajeros: «Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados» (Lc 7, 22). Confirma su misión mesiánica y recurre a las palabras de Isaías (Is 35, 4-5; 6, 1).
  • «Bienaventurado quien no se escandaliza de mí» (Lc 7, 23). Evita proclamarse Mesías abiertamente, ya que en el contexto social de la época ese título se interpretaba en sentido político. Prefiere referirse al testimonio ofrecido por sus obras, deseoso de persuadir y suscitar la fe.

Casos especiales

Diálogo con la samaritana

  • Jesús intuyó la disponibilidad de la mujer samaritana para la escucha a la hora de revelar su misión: «Yo sé que el Mesías, el que se llama Cristo, está para venir y que cuando venga nos hará saber todas las cosas» … «Yo soy, el que habla contigo» (Jn 4, 25-26). De hecho, cuando ella volvió a su ciudad se apresuró a decir a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?» (Jn 4, 28-29). Muchos salieron a su encuentro, lo escucharon y concluyeron a su vez: «Este es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4, 22).
  • Las palabras y los milagros de Jesús levantaron recelos entre los habitantes de Jerusalén en torno a su condición mesiánica: «De este sabemos de dónde viene, mas del Mesías, cuando venga nadie sabrá de dónde viene» (Jn 7, 27). «El Mesías, cuando venga, ¿podrá hacer signos más grandes de los que ha hecho este?» (Jn 7, 31). «¿No será este el Hijo de David?» (Mt 12, 23).

La conversación de Jesús con los apóstoles 

  • «Jesús les preguntó: ¿quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron, diciendo: unos, que Juan Bautista; otros, que Elías y otros, que uno de los profetas. Pero Él les preguntó: y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo» (Mc 8, 7-29; Mt 16, 13-16; Lc 9, 18-21). Ordenó a los apóstoles que no dijeran nada a nadie (Mc 8, 30) porque quería que sus contemporáneos llegaran a ese convencimiento contemplando sus obras y escuchando su enseñanza. El mismo hecho de que los apóstoles estuvieran convencidos de lo que Pedro había dicho demuestra que las obras y palabras de Jesús constituían una base suficientemente sólida sobre la que podía fundarse la fe en que Él era el Mesías.
  • La continuación del diálogo es aún más significativa (Mc 8, 31-33; Mt 16, 21-23). «Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas y que fuese muerto y resucitado al tercer día» (Mc 8, 31). «Les hablaba de esto abiertamente» (Mc 8, 32). Jesús sostiene con firmeza esta verdad sobre el Mesías, pretendiendo realizarla en Él hasta las últimas consecuencias, ya que en ella se expresa la voluntad salvífica del Padre: «El Justo, mi siervo, justificará a muchos» (Is 53, 11). Así se prepara personalmente y prepara a los suyos para el acontecimiento en que el misterio mesiánico encontrará su realización plena: la Pascua de su muerte y Resurrección.

¿Es casualidad que los textos considerados sagrados y la vida extraordinaria de Jesús coincidan de manera provocadora o es signo de algo más grande? ¿Quién es este que, a continuación de la lectura en la sinagoga de uno de esos textos sagrados más solemnes, tiene la pretensión de decir: «Hoy se cumple esta escritura»? (Lc 4, 21). Es una pregunta seria, no retórica. ¿Puede haber intervenido Dios en la historia por medio de este pueblo y de este hombre? ¿Cómo se explica que, en una comunidad que poseía una religiosidad tan arraigada, surgiera una innovación tan audaz e inconcebible para ella? Puede que la revelación esperada sea la de alguien que entra en relación humana con el ser humano, en un pueblo que tiene una historia, que ha aprendido a esperarlo.

La cabeza se llena de preguntas y el corazón se conmueve de asombro, como experimentó el filósofo jacobino Jean-Jacques Rousseau, nada sospechoso de catolicismo.

«¿Podremos decir que la historia del evangelio se inventó por capricho? Amigo mío, no es así como se inventa. Las obras de Sócrates, de las que nadie duda, están menos atestiguadas que las de Jesucristo. En el fondo es desviar la dificultad sin resolverla. Es más inconcebible que muchos hombres hayan compuesto este libro de común acuerdo que admitir que uno solo haya proporcionado el tema. Nunca los autores judíos habrían hallado ni este tono ni esta moral. El evangelio tiene rasgos de verdad tan grandes, tan evidentes, tan perfectamente inimitables que su inventor sería más grandioso que el héroe».

Emile I, V. Jean-Jacques Rousseau

En febrero de 1945, el gran rabino de Roma Eugenio Zolli dejaba por escrito el cumplimiento de esta pretensión en su propia vida. ¿Puede cumplirse en otras vidas más?

«Quizá, en el curso de treinta años o más, yo he recorrido el largo camino que conduce desde una exquisita sensibilidad genérica humana, a través de la vida y de las prácticas religiosas hebraicas bíblico-talmúdicas, y más tarde a través del pensamiento neotestamentario, hasta el logro definitivo del don sublime de la fe en Jesucristo. …En el fondo del alma se ha desarrollado el germen de la manera más normal y ordinaria. No he sufrido extravío. Era un dulce canto que de lejos llegaba hasta mis oídos. El canto se me iba aproximando cada vez más, y yo me iba dejando cautivar por su hechizo irresistible. …El hombre honesto se ha atenido a las consecuencias. Yo había llegado en mis meditaciones sobre el mesianismo hasta el límite extremo del pensamiento del Antiguo Testamento, hasta el Siervo de Dios. Chorreando sangre de muchas, quizá demasiadas heridas, iba buscando alivio, amor, piedad, caridad, esperanza, fe, consuelo.

…Mi alma estaba llena de nostalgia; era toda ella un puro dolor. ¿De dónde vendrá —me preguntaba con el salmista— ayuda para mí? ¡Me sentía tan solo, tan frágil, y tan molido! Un polvillo disperso en el inmenso espacio del Universo. Yo era una hoja marchita, …una brizna de hierba traída y llevada por las tempestades de la vida. Y yo me preguntaba: ¿es posible que la vida no tenga guardada otra cosa para mí? ¿Tan miserable es la vida humana? Mientras más alto me elevaba, en ciertas épocas de mi vida, el esfuerzo de la mente, el trabajo científico, con tanta mayor fuerza volvía a experimentar la recaída en la nada. ¡Qué vacío! ¡Qué tristeza! El Siervo de Dios es punto de llegada en el pensamiento del Antiguo Testamento. Para mí el Siervo de Dios se había convertido en un punto de partida.

La figura doliente del Ebed me la volvía a encontrar en alguna página de la literatura midráshica; en algún poeta hebreo moderno. Yo avanzaba mendigando paz, caridad; invocando fe, llamando a Dios… Y fue en una tarde estival del terrible 1917: la pluma se me cayó de la mano, la superficie de mi alma se cubrió de olas encrespadas, y del fondo se elevó un grito angustioso; era una voz, y más que una voz, un alma que gritaba: ¡Cristo, sálvame! ¿Y después?

Cristo, Tú lo sabes. Yo había llegado hasta los confines extremos del reino de la Sagrada Escritura del Antiguo Pacto. Yo me dije: pero ¿no era Jesucristo un hijo de mi pueblo? ¿No era espíritu del mismo espíritu? Volví a emprender el difícil camino, sembrado de zarzas que herían la planta del pie, e iba dejando a lo largo de todas las sendas huellas de mi sangre bermeja, brotaba de las heridas antiguas no cicatrizadas y de otras que se iban abriendo. Y yo no sabía que esta era la sangre del Pacto Nuevo, que gracias a esta sangre yo encontraría el camino y la vida en un lejano mañana. ¿Quién podrá comprenderme? Uno solo: Dios.

Me encontraba en la situación de aquel pobre peregrino que iba de provincia en provincia, de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de casa en casa, orando, para mendigar un mendrugo de pan, hasta que fue detenido por un guardia que él al principio no reconoció y que le dijo: “¡Si tú eres un expatriado!”. En la vida mesiánica de Israel hay una solución de continuidad, que vuelve a cerrarse desde el Siervo de Dios adelante. Y yo había continuado mi camino, encerrando en el corazón el tesoro escondido del Doliente. Yo, doliente, hijo de doliente, no lo había abandonado. Para mí había llegado a constituir todo mi ser, ¿y por ventura puede un hombre deshacerse de la propia alma, del propio corazón, ser sordo a la sangre que canta en sus venas, al amor, a la luz, a la nostalgia, a la sed que lo devora? Volví la cara, y vi a la gente de mi raza lejos, muy lejos. ¿Pero cómo es posible —me pregunté— que hayas recorrido tanto camino sin darte cuenta? ¿Y así, solo, solito? ¡Los veía yo tan lejos! Vivía de su dolor; me hartaba de derramar por ellos muchas, muchas lágrimas ardientes; por ellos multiplicaba mis plegarias más fervorosas. “Señor —exclamaba con Ezequiel—, ¿vas a destruir el resto de Israel?” …y el cielo se iba tornando sereno por encima de sus cabezas… el bienestar volvía a albergarse en medio de ellos. Y yo dije: Cristo, soy tuyo».

Eugenio Zolli

Hay un elemento nuevo y sorprendente en la enseñanza de Cristo cuando llama a seguirle personalmente. Jesús lanza esta llamada y hay personas que lo siguen, aún más, algunas lo dejan todo para seguirle: «Un discípulo le dijo: Señor, permíteme ir primero a sepultar a mi padre; pero Jesús le respondió: sígueme y deja a los muertos sepultar a sus muertos» (Mt 8, 21-22). Lucas añade la connotación apostólica de esta vocación: «Tú vete y anuncia el reino de Dios» (Lc 9, 60). En otra ocasión, al pasar junto a la mesa de los impuestos, dijo a Mateo: «Sígueme. Y él, levantándose lo siguió» (Mt 9, 9; Mc 2, 13-14).

Seguir a Jesús significa dejar las ocupaciones, distanciarse de la agitación que estas conllevan e incluso dar los propios bienes a los pobres. No todos son capaces de hacer ese desgarrón radical: no lo fue el joven rico, a pesar de que desde niño había observado la ley y quizá había buscado seriamente un camino de perfección, pero al oír la invitación de Jesús se fue triste «porque tenía muchos bienes» (Mt 19, 22; Mc 10, 22). Pero hay otros que no solo le siguen, sino que, como Felipe de Betsaida, sienten la necesidad de comunicar a los demás su convicción de haber encontrado al Mesías (Jn 1, 43). Al mismo Simón es capaz de decirle desde el primer encuentro: «Tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro» (Jn 1, 42). No cabe duda de que Pedro y los apóstoles comprenden y aceptan la llamada a seguir a Jesús como una donación total de sí y de sus cosas para la causa del anuncio del reino de Dios. 

  • «Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19, 27). Lucas añade: «Todo lo que teníamos» (Lc 18, 28).

  • «En verdad os digo que ninguno que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres e hijos por amor al reino de Dios dejará de recibir mucho más en este siglo, y la vida eterna en el venidero» (Lc 18, 29-30).

  • «El céntuplo ahora en este tiempo en casas, hermanos, hermanas, madre e hijos y campos, con persecuciones, y la vida eterna en el siglo venidero» (Mc 10, 29-30).

¿Quién es ese que pide que lo sigan y que promete a quien lo haga felicidad en esta vida y hasta la vida eterna? ¿Puede prometer tanto y ser creído y seguido? ¿Puede tener tanto atractivo no solo para aquellos discípulos felices, sino para millones de personas en todos los siglos? Jesús, al establecer la exigencia de la respuesta a la vocación a seguirlo, no esconde a nadie que su seguimiento requiere sacrificio, a veces, incluso el sacrificio supremo: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la salvará…» (Mt 16, 24-25). «Por mí y el Evangelio» (Mc 8, 34-35). Pero, al mismo tiempo, proclama la bienaventuranza de los que son perseguidos «por amor del Hijo del Hombre» (Lc 6, 22): «Alegraos y regocijaos, porque grande será en los Cielos vuestra recompensa» (Mt 5, 12).

¿Quién es ese que llama con autoridad a seguirlo, predice odio, insultos y persecuciones (Lc 6, 22), y promete recompensa en los Cielos? Solo un Hijo del Hombre que tenía la conciencia de ser Hijo de Dios podía hablar así. En este sentido lo entendieron los apóstoles y los discípulos, que transmitieron su revelación y su mensaje. Y así se puede entender ahora también la expresión del apóstol Tomás: “Señor mío y Dios mío”.

Los testimonios de los evangelistas muestran la potencia de un hombre excepcional en la historia. Tan excepcional que lo más preciado que tenía, su vida, es entregada en sacrificio. ¿Cómo entender estos efectos si no es por referencia a una causa primera originaria de tales decisiones personales? No se comprendería quién es Jesús de Nazaret ni de qué manera se gestaron las primeras comunidades si no fuera porque su paso por la vida terrena cambió por completo a aquellos que se encontraron con Él. Jesucristo constituye, por tanto, una presencia nueva en el mundo sin pasar desapercibido. De tal magnitud fue este hecho que dividió la historia en un antes y un después.

Conviene preguntarse con seriedad si es creíble todo esto y si su vida no acabó con una muerte como la de todos, porque en ese episodio puede hallarse un signo especial de paz y de sentido último de la vida.

Un gran número de lectores de los Evangelios, al llegar a los milagros, los toman como algo que el evangelista añade de su cosecha para hacer creíble al personaje central, incluso como algo normal en aquella época cuando se escribía sobre grandes figuras. Conviene dejar constancia de una fuente histórica de primer orden que es independiente de los documentos cristianos: el Talmud de Babilonia, escrito en el siglo II, que recoge tradiciones muy antiguas.

“Fue transmitido: Jesús el nazareno fue colgado la vigilia de la Pascua. Cuarenta días antes el heraldo había gritado: “Se le está conduciendo fuera para que sea lapidado, porque ha practicado la hechicería y conducido a Israel fura del camino llevándolo a la apostasía. Quien tenga algo que decir, venga y lo declare”. Dado que nada fue presentado en su defensa, fue colgado la vigilia de Pascua”.

Talmud de Babilonia

Comenta un texto de la Mishná que describe cómo el reo de blasfemia o herejía debe ser llevado a lapidar. Este pasaje pertenece a una obra escrita por judíos que rechazaron el anuncio cristiano. Según el testimonio, Jesús fue condenado justamente por el tribunal del Sanedrín a causa de un delito descrito con la expresión “practicar la hechicería”. Se usa una fórmula muy semejante a la que utilizan los adversarios de Jesús en los Evangelios, cuando le acusan de pacto con Beelzebul (Mc 3, 22; Mt 12, 24-27). Pero diciendo que Jesús practicó la hechicería o tuvo un pacto con Beelzebul se está reconociendo que realizó obras que llamaron la atención por su carácter extraordinario. Mientras los discípulos de Jesús vieron en ellas milagros auténticos, sus adversarios las consideraron obras de hechicería. El hecho de que tales obras no se nieguen, sino que se interpreten de distinta manera juega a favor de la historicidad de esas obras prodigiosas. Desde los comienzos del cristianismo no se pudo negar que Jesús las realizó:

  • La súplica del leproso: «Si quieres, puedes limpiarme». «Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio» (Mc 1, 40-42).

  • La hija de Jairo: «Él, tomándola de la mano, le dijo Talitha qumi que quiere decir: Niña, a ti te lo digo, levántate. Y al instante se levantó la niña y echó a andar» (Mc 5, 41-42).

  • El joven muerto de Naín: «Joven, a ti te hablo, levántate. Se sentó el muerto y comenzó a hablar» (Lc 7, 14-15).

  • La resurrección de Lázaro: «Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto» (Jn 11, 41-44).

La excepcionalidad del personaje es inseparable de sus milagros. ¿Qué sería de los Evangelios, con los mismos dichos y hechos, pero sin milagros? Por algo Él mismo usó ese argumento con amigos y enemigos: «No me creáis a mí, creed las obras» (Jn 8, 14). No son una prueba de la divinidad de Cristo, sino una llamada a la fe. Son un signo de Él, y es Él quien da credibilidad a los milagros. Además, subraya que esos mismos milagros están vinculados a la fe que se tenga:

  • La mujer que padecía hemorragias al tocar el borde de su manto: «Tu fe te ha curado» (Mt 9, 20-22; Lc 8, 48; Mc 5, 34).

  • La curación del ciego Bartimeo: «¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!» (Mc 10, 46-52). «Ve, tu fe te ha hecho salvo» (Lc 18, 42).

  • Los otros ciegos que invocan volver a ver: «¿Creéis que puedo yo hacer esto? Hágase en vosotros, según vuestra fe» (Mt 9, 28-29).

  • La mujer cananea que pide ayuda para su hija atormentada por un demonio: «No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos». «Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». «¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres» (Mt 15, 21-28).

  • El diálogo entre Jesús y Marta: «Le dijo Jesús: resucitará tu hermano. Marta le dijo: sé que resucitará en la Resurrección, en el último día. Le dijo Jesús: Yo soy la Resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto? Le dijo ella: sí, Señor, yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que ha venido a este mundo» (Jn 11, 23-27).

No cabe neutralidad: Tríada de Lewis

Meir Soloveichik hace suyo un planteamiento clásico de C.S. Lewis (Lord, Lunatic, Liar), quien lo aprendió de su maestro Chesterton (en su obra “El Hombre Eterno”), y quien lo toma de la tradición cristiana que llega a San Agustín.

«Frente a un hombre que insiste en ser el equivalente al Señor, uno no puede estar en desacuerdo “con respeto y reverencia”. Uno no puede descartar la pretensión de este hombre y permanecer “movido” por su grandeza. “Un hombre que fue un simple hombre y dijo las cosas que Jesús dijo no sería un gran maestro de vida moral”, escribió C.S. Lewis en su famosa cita. “Él sería o un demente profundo (lunatic) o el mismo Demonio. Hemos de tomar postura. O este hombre era y es el Hijo de Dios; o bien un loco o algo peor.  … Pero no nos pongamos en una condescendencia sin sentido acerca de Su ser un gran maestro de vida moral. Él no lo dejó abierto para nosotros, no fue su intención».

Meir Soloveichik

Es un planteamiento más coherente con la realidad de Jesús de Nazaret. Las cosas no son como queremos que sean, sino como son, y esto también se aplica a la pretensión de Jesús. Si no se mostró como Dios encarnado cabe condescendencia, pero si lo pretendió en serio sin serlo realmente era un loco o algo peor.

Parece que Meir Soloveichik comprende bien el dilema al situarnos ante un personaje de esta excepcionalidad. Así se pone en juego con mayor realismo la libertad al verse interpelada por Jesús. ¿Qué certeza puede haber en la cuestión de la pretensión de Jesús de Nazaret? ¿Era Jesús un impostor, un demente o era el Señor? No es un juego de palabras, sino una llamada al juicio para posicionarse ante la pretensión de este hombre.

¿Mentiroso?

Si Jesús miente, no se habla de una mentira cualquiera, inofensiva, sino de una mentira que juega con los sentimientos más nobles. El fraude no puede ser mayor. Esto, ya de entrada, desconcierta. Una mentira tan descomunal no casa bien con otros rasgos de su personalidad. ¿Qué clase de impostor es el que crea la parábola del hijo pródigo? El que proclama que ha sido enviado a buscar a los pobres, ciegos…, que escoge como apóstoles a un grupo de pescadores y poco más… ¿Este compuso el Padrenuestro? Una mentira para funcionar tiene que ser verosímil, estar apoyada en un sustrato de realidad. ¿Cómo se le iba a ocurrir a Jesús que los judíos iban a aceptar que un hombre fuese igual al Dios del Sinaí, a Aquel que nadie podía ver sin morir al instante?

Lo más paradójico del caso sería que logró hacer triunfar su engaño y lo logró después de muerto cuando su magnética personalidad había sido totalmente destruida. Lo logró a través de unos hombres rudos que no tenían su genio. ¿Qué pretendería conseguir con el engaño? La gran conquista de esta supuesta mentira hubiera sido que le proclamaran rey. De hecho, lo intentaron, pero él se retiró. Jesús no persigue poder ni gloria ni fama. Nada de eso, la presunta mentira le lleva a la muerte. ¿Una falsedad que conscientemente lleva a su autodestrucción? Si así fuera, estaríamos ante un enfermo, más que ante un impostor.

¿Loco?

Si se tratara de un trastorno psíquico, también llama la atención la magnitud de esta locura. No es un trastorno leve. Los manuales de psiquiatría tienen bien tipificado el delirio mesiánico. Si Jesús era un megalómano tan trastornado, ¿cómo es que no participa de los delirios de grandeza de su propio pueblo? Los judíos esperaban a un Mesías triunfante, pero Jesús decía que su reino no es de este mundo. ¿Cómo es que el supuesto megalómano predica un mensaje de humildad, pobreza y amor? ¿Cómo revela esa ternura hacia los pobres y enfermos, y proclama que lo que hicieran a uno de ellos a Él se lo hacían?

Este delirante mensaje no ha sido superado, como hace patente el testimonio de Ernest Renan.

«Jesucristo no será superado jamás… queda para la humanidad como un principio infranqueable de todo renacimiento moral… En Él se ha condensado todo lo que hay de bueno y de elevado en nuestra naturaleza. Reposa ahora en tu gloria, noble iniciador… al precio de unas horas de sufrimiento, que no han llegado a tocar tu gran alma, Tú has comprado la más completa inmortalidad. Signo de nuestras contradicciones, Tú serás la bandera en torno a la cual se librará la más ardiente batalla. Mil veces más viviente, mil veces más amado después de tu muerte que durante los días de tu vida mortal, Tú llegarás hasta tal punto a ser la piedra angular de la humanidad que arrancar tu nombre de este mundo sería sacudirlo en sus mismos cimientos. Entre ti y Dios no se distinguirá jamás. Plenamente vencedor de la muerte, tomas posesión del reino, en el cual te seguirán millones de adoradores… Todos los siglos proclamarán que entre los hijos de los hombres no ha habido ninguno más grande que Jesús».

Ernest Renan

Sus enemigos no le acusaron de locura. La acusación oficial fue de blasfemo. Cuando una persona está tan profundamente trastornada, nada más fácil que descalificarlo como perturbado delante del pueblo. Si realmente hubiera sido un demente, su locura sería de tal calibre que estaría a la vista de todo el mundo, sería tan evidente que tanto personas formadas como personas sin cultura podrían darse cuenta. Sin embargo, esos enemigos que le persiguieron hasta colgarlo de una Cruz no le acusaron de loco. Los escribas y fariseos, hombres inteligentes y preparados, le tomaron en serio, pendientes hasta el detalle para poder enjuiciarlo. Y si un loco vivo no puede convencer a nadie que esté en sus cabales, ¿a quién va a convencer un loco muerto y fracasado por su locura? La fe de sus discípulos hasta la muerte habría sido únicamente en virtud de la fuerza de esa ilusión. ¿Más locos ellos?

Señor

Si no fue un impostor ni un loco, la pretensión de ser Dios – Señor –  puede ser verdadera. Este razonamiento no es una prueba racional, esa pretensión no puede demostrarse como si fuera un silogismo. Esta argumentación simplemente lleva al límite de la exploración racional y pone ante una encrucijada la libertad. Es un dedo que apunta en una dirección.

Es raro que una presencia como la de Cristo deje indiferente a alguien, pero también es incomprensible que Él sea indiferente a la respuesta del ser humano. Los hechos muestran la conciencia de la propia divinidad, pero también habla de sí mismo como el Hijo del Hombre para seguir la pedagogía de conducir gradualmente a los discípulos en lo alto y profundo del misterio de su verdad. Como Hijo del Hombre no duda en pedir: «Creed en Dios, creed en mí» (Jn 14, 1).

En su diálogo con los judíos durante el transcurso de la fiesta de la Dedicación, apela a sus obras para ofrecer motivos de credibilidad. Se trata de obras extraordinarias, realizadas como signos de su verdad. Por eso, merece que tengan fe en Él. Jesús lo dice no solo en el círculo de los apóstoles, sino ante todo el pueblo. Al día siguiente de la entrada triunfal en Jerusalén, la gran multitud que había llegado para las celebraciones pascuales discutía sobre la figura de Cristo y la mayoría no creía en Jesús, «aunque había hecho tan grandes milagros en medio de ellos» (Jn 12, 37). En un determinado momento «Jesús, clamando, dijo: el que cree en mí no cree en mí, sino en el que me ha enviado, y el que me ve, ve al que me ha enviado» (Jn 12, 44). Así, se puede comprobar que Jesucristo se identifica con Dios como objeto de la fe que pide y propone a sus seguidores. Les explica: «Las cosas que yo hablo, las hablo según el Padre me ha dicho» (Jn 12, 50).

«En esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón. Entonces los judíos le rodearon, y le decían: ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si Tú eres el Cristo, dínoslo claramente. Jesús les respondió: os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en el nombre de mi Padre, estas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno. Los judíos volvieron a tomar piedras para apedrearle. Jesús les dijo: os he mostrado muchas obras buenas que son del Padre. ¿Por cuál de ellas me apedreáis? Los judíos le contestaron: no te apedreamos por ninguna obra buena, sino por blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios. Jesús les respondió: ¿A quien el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: “Blasfemas”, porque dije: “Yo soy el Hijo de Dios”? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed las obras; para que sepáis y entendáis que el Padre está en mí y yo en el Padre».

Evangelio de Juan. Jn 10, 22-38

El rasgo de la pretensión de Cristo se puede contrastar con la experiencia de un personaje peculiar. Oscar Wilde, en la cárcel de Reading, después de una vida agitada y transgresora, tuvo durante los años 1895-1897 un encuentro imprevisto con Cristo leyendo el Evangelio, que dejó por escrito en una larga carta titulada De Profundis.

El sufrimiento de la cárcel y la lectura del Evangelio sacan de la pluma de Wilde una certeza especial porque otorga un sentido a todo lo que sucede. “No es difícil creer” no es una frase que alude a un punto de partida, sino el resultado de un camino interior, no siempre lineal, en la azarosa vida de Wilde. Su travesía vital pasó por muchas cañadas oscuras, pero llegó a los verdes pastos de la fe. No son muchos los que pueden decir que no les es difícil creer, sobre todo, cuando sus circunstancias se encuentran a mitad de camino. ¿Cómo estar seguro de haber encontrado algo de luz, de estar en el camino de conocer a Jesús de Nazaret?

De Profundis – Oscar Wilde