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La mentira universitaria

En estos días se ha hecho viral la carta de un profesor universitario en la que afirma que ahora los profesores nos dedicamos a engañar a nuestros alumnos, que les enseñamos mal, que rebajamos el nivel, que nos hemos abandonado a un sistema universitario pernicioso.

Por desgracia, la carta contiene una buena parte de verdad, pero olvida una cuestión, la más importante, y es que los profesores tenemos la responsabilidad, cada hora de cada clase, de no cooperar con este fracaso.

Después de pensarlo mucho he decidido compartir con vosotros mi experiencia como profesor (ya 23 años), que a día de hoy es muy distinta a la que nos narra la carta y, desde luego, a la que viví en mis inicios. Habría mucho de lo que hablar, pero me detendré solo en los puntos más destacados.

En mis asignaturas no se rebaja el nivel. Más bien sucede lo contrario. A veces pensamos que la única manera de que los estudiantes aprendan es que estudien un montón de contenido fuera del aula, y no es cierto. No es el único camino. No es el mejor camino. Intento que en mis clases se vivan experiencias significativas que produzcan un aprendizaje más profundo y un recuerdo más duradero. En ellas tienen que aprender todo lo posible y de una manera que resulte inolvidable. Quiero que mis clases sean importantes para ellos. No acepto que sea indiferente asistir o no.

No hago exámenes parciales y, si la normativa del Grado me lo permite, tampoco examen final. En cada una de las clases hay ejercicios, talleres y pruebas (algunas de ellas pequeños exámenes) con los que procuro que cada uno de los alumnos y yo mismo seamos conscientes de qué se está aprendiendo, de cómo están aprendiendo y de lo que tendrían que saber bien, de lo que tendrían que haber interiorizado, a esas alturas del curso. Me parece muy importante, además, que la evaluación sea una forma más de aprendizaje.

A lo largo del curso los alumnos tienen que entregar una serie de trabajos y la mayoría los hacemos juntos, en el aula. De ellos, un par requieren un esfuerzo mayor y los hacen fuera de clase. En este caso tienen tiempo de pensar, de hacer una investigación profunda, de entregarlos sin errores, bien diseñados, etc. El nivel al que tienen que llegar es sencillo y claro, y ellos lo saben: tienen que ser trabajos notables o sobresalientes (no menos) para un entorno profesional. No se rebaja el nivel, sino que se aumenta. Y los alumnos no suspenden. Suspenderlos sin más sería como abandonarlos en mitad del camino. Si no alcanzan un nivel profesional adecuado lo tienen que repetir. Y los repiten. Y los vuelven a repetir. No lo hacen solos: les intento explicar con detalle a través de la plataforma de mi universidad, en tutorías, en videoconferencias, en correos electrónicos, por todos los medios y en todos los momentos posibles cómo pueden mejorar y cuál es el objetivo que tienen que alcanzar. Se lo repito una y otra vez. Así, por ejemplo, en mi docencia en Periodismo tienen que presentarme un reportaje de investigación que, por su redacción, profundidad de la investigación, maquetación, selección de imágenes y narratividad pudiera publicarse en cualquier periódico nacional de primera fila. El año pasado aprobaron un 99%. El 25% más o menos obtuvo sobresaliente. Uno abandonó y eso me dolió, pero después de intentar acompañarlo a lo largo de todo el año él decidió abandonar. Fue su decisión libre. Como veis, no se rebaja el nivel. Como veis, el número de aprobados no está relacionado con un descenso del nivel.

Lo que importa, lo que realmente importa, es que descubran que la realidad es apasionante, que la vida merece la pena y que tienen un gran futuro por delante si eligen amar el trabajo que tienen que hacer. Esa opción, sin duda, también les ayudará a ser más felices.

Es cierto que trabajo mucho, pero no me quejo. Si el día durara una hora más, si pudiera tener dos horas más, podría ayudar a uno más, podría contestar otro correo, podría explicar con más detalle cómo se podría mejorar un trabajo. Tal vez penséis que soy un “apasionado”, pero no es cierto: como decía, la realidad es apasionante. Y mi realidad son ellos, los estudiantes a los que acompaño cada curso para que descubran la belleza de crecer, de aprender, de desarrollarse.

Y no, no soy un profesor excelente. Por desgracia no lo soy. Tal vez si lo fuese no tendría que trabajar tanto. A veces las cosas me salen mal, no estoy acertado en el aula o cuando hago el balance final de un curso me doy cuenta de que no he conseguido lo que quería. Pero no me rindo. Aprendo y sigo. Cada año empiezo de nuevo y cada año tiene que ser mejor.

La sociedad ha cambiado, sí. La realidad es distinta. Los estudiantes son diferentes. Los docentes no podemos pensar que haciendo las mismas cosas vamos a obtener los mismos resultados.

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