INSTITUTO JOHN HENRY NEWMAN

La noche de Reyes

Este año el día de Reyes ha sido especial.

El 31 de diciembre, por la noche, falleció mi abuela Rufina. Dejamos la cena de Nochevieja a medias para despedirla, como ella dejaba siempre la comida a medias para servirnos. Lo último que hizo, sin querer, fue juntarnos a rezar.

Al verla ‘dormidita’, como decía mi hijo Juan, emergía junto al dolor la certeza de una victoria y la alegría de un encuentro. Que mi abuela está en el cielo lo tengo por cierto no por sus méritos —no por su justicia— sino por los de Otro. Y que ya descansa, junto a mi abuelo, con Aquel que la ha aferrado y no la suelta.

Que escondemos la muerte en nuestro tiempo es evidente. En cierto modo, comprensible. Es quizá más preocupante, por inadvertido, que nos escondemos de la muerte. Y creo que es porque nos falta certeza de la vida, porque nos importa más morir que estar bien vivos.

Y he visto la vida en la noche de Reyes en la ilusión y el estupor de mi hija Blanca, que me ha hecho niño de nuevo con ella. Cómo esperaba a los Reyes en la cabalgata. Con qué ilusión los saludaba tras la expectación. Qué sorpresa a la mañana siguiente, tras comprobar que los Reyes se habían bebido los vasos de leche que les habíamos dejado.

Son las primeras navidades en las que Blanca tiene conciencia de lo que sucede. Y lo que ha sucedido es la vida, en Nochevieja y en Reyes. Y gracias a Dios que hay niños que nos enseñan a mirar.

Siempre, por estas fechas, me acuerdo de mi amiga Irene porque escribió una carta a los Reyes Magos que hago mía cada Epifanía. Este año especialmente expresa la esperanza cierta de una victoria, de una vida excesiva.

Me pido…

Me pido una hora de tiempo que no transcurra,
Estar a nanomilímetros del punto más lejano
una vista que atrape el cosmos y lo menos.

Me pido tener siempre sed y hambre,
memoria celular
y por pedir, me pido no recordar los baales
jamás.

Que no me importe morir sino estar viva.

Reconocer lo nuevo, y que el volumen o la masa
me hagan plim.

Ser sólida y gaseosa y líquida
engullida, respirada y bebida
me pido.

No irme, sino volver
estar hoy con los luegos y preguntarle a Leonardo por sus sueños polifásicos.

Me pido el rocío y el romero
quiero el exceso en todo
y todo bueno.

Me pido esa hora infinita, la del principio
para hacerme el pleistoceno y el renacimiento
y andarme la distancia entera
todos los ventrículos de una sola diástole
el río de agua viva
la ciudad sin noche.

Me pido que me lleve a mí al desierto,
y todos
seducidos de sagrario
destilar mirra sin tener que pudrirnos.

Me pido no querer pedir nada a los Reyes
por estar ya vengada
y habitada.

Irene Vázquez Romero
20 de diciembre de 2012

Yo pido, con Irene, una vida transfigurada. La que mi abuela ya disfruta y la que mi hija Blanca anhela con derroche.

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