No hay nada que guste más que un final feliz, ¡obvio! Nuestra educación narrativa, que configura en cierto modo nuestra vida, se identifica con la catástrofe buena. Lo sabía Tolkien -que sabía muchas cosas- y recordaba que estamos sedientos de finales felices que nos anticipan un atisbo del gozo con mayúscula. No siempre ha sido esto así: los griegos antiguos acudían en masa al teatro a ver morir en escena a sus héroes. Lo que se llevaba entonces era el final trágico y daba igual cuántas veces viesen agonizar a Agamenón o a Antígona -el spoiler está hoy sobrevalorado- pues lo importante era una buena catarsis que te dejase como nuevo y te ibas llorado a casa para toda la semana.
Pero qué poco se habla de los comienzos, con lo que nos encanta comenzar una y otra vez. Así, la estructura narrativa clásica se inspira en la vida misma y el famoso planteamiento-nudo-desenlace no es más que el discurrir lógico y causal de la cotidianidad humana. Empezamos cada día, incluso varias veces al día, y vamos repitiendo ciclos y fases y estaciones y etapas con sus propios ritos en cada una de las divisiones y subdivisiones temporales que marcan el ritmo aprendido y confiado de la secuenciación vital.
Hay muchas maneras de empezar: estampar con mucho cuidado las primeras letras en un cuaderno nuevo; descifrar las confusas escenas iniciales de una película; escuchar los acordes de entrada de una canción inédita; estrenar un jersey; o comenzar el segundo cuatrimestre -así, sin contemplaciones ni días libres después de exámenes-. Pero todo inicio es un regalo inmerecido, es una segunda oportunidad que ha de suscitarnos esta pregunta: ¿cuántas veces más podré hacer esto por primera vez?
Y como empezamos hablando de finales, terminamos entendiendo que los fines son el principio de todo. En el pistoletazo de salida, agazapadas, se encuentran ya las metas de cada uno: el objetivo está claro y es lo que nos mueve a comenzar y a recomenzar; el viaje se emprende porque sabemos a dónde vamos. Así, como si todavía no hubiéramos leído nuestro libro favorito, o no hubiésemos visto nuestra serie preferida, así, conscientes de esa gracia, hemos de volver a inaugurar este año; hemos de volver a debutar en esta segunda parte del curso que promete primavera; y, por supuesto, hemos de volver a esperar el mejor de los principios felices.

