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Viento

Viento: la terrible sobreabundancia de lo grande… Me refiero a esa sensación de que hay algo que me rodea que es tremendamente más inmenso que yo, como quien está rodeado por una fuerza extraña de la que forma parte pero que es capaz de identificarla como distinta a uno mismo. Darse cuenta requiere una cierta contemplación pausada, pero, una vez la distingues, no puedes quedarte quieto, como si fuese un viento constante y tenaz que te empuja sutilmente hacia un lado, da igual el que sea.  

Digo todo esto porque tengo que escribir una conferencia sobre la Verdad, y no sé por dónde empezar. Porque me encuentro volviendo constantemente a esa sensación que no puedo describir. Podría abstraerla y tratar de traducirla o asemejarla por alegoría. Pero me doy cuenta de que eso sería hacer una reducción, y me niego a hacerlo. Tal vez sea el precio a pagar por poder hablar de las cosas. Aunque me apenaría que quien las escuchase se quedase en terminología y se perdiese el viento.  

Es un oficio extraño, este que tenemos. Querer hablar de viento, pero no poder explicarlo por entero, verme limitado a describir como se siente en el cuerpo o tener que mostrar un estudio acerca de su comportamiento. Pero no es solo su sensación ni como mueve los prados, ni siquiera un tratado de anemología. Eso me habla de lo que rodea aquello que quiero señalar. Quizá también sus causas, pero no me parece suficiente. Me encantaría poder decir: “Ahí”, “eso” “¿lo ves?”, pero no puedo. Podría hablar de él hasta hartarme. Y todo lo que dijese hablaría de él, pero no totalmente. No totalmente… Que maravilloso y terrible es que así sea. Que maravilloso es que aquello de lo que quiero hablar no sea abarcable, y que terrible es saber que se me escapa. 

 

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