«Quede muy pocas veces el teatrosin persona que hable, porque el vulgoen aquellas distancias se inquieta,y gran rato la fábula se alarga.»Félix Lope de Vega – El arte nuevo de hacer comedias en este tiempo
Hay un momento del día -a veces breve, a veces incómodo- en el que todo lo que tenemos a nuestro alrededor se aquieta, se acalla. Ese momento en el que llega un silencio que, como al vulgo de la época de Lope de Vega, nos inquieta.
Seamos sinceros, en nuestro día a día el silencio no suele llegar como una conquista. Más bien aparece por hastío, por cansancio o por descuido. Cuando no nos afanamos por llenar cada hueco, encender otra pantalla, poner otra música, o buscar otro ruido de fondo mientras estamos en la multitarea. Y entonces, sin querer, se abre un espacio que hoy no sabemos cómo afrontar.
El silencio asusta.
Asusta porque parece vacío, y no lo es. Es un lugar lleno. Lleno de preguntas que no hemos querido escuchar, o que no sabemos responder. Lleno de heridas y recuerdos que preferimos adormecer y acallar. Lleno de deseos que no se terminan de saciar del todo con la vida que llevamos.
En el silencio no hay distracciones que nos anestesien. En el silencio ya no existe la fábula teatral de nuestra vida perfecta que damos a los demás -de palabra y en redes sociales- y que a veces queremos imponernos también a nosotros mismos.
Y eso nos desarma.
Quizá por eso nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de ruido. No tanto por lo que el ruido nos da, sino por lo que nos evita, casi que nos protege. El ruido nos mantiene en la superficie, en lo inmediato, en lo que se puede resolver rápido. Nos permite funcionar -aunque un poco autómatas-, avanzar, cumplir, etc., pero rara vez nos deja habitar nuestra propia vida.
Solo desarmados y en el silencio empiezan a emerger preguntas hondas: ¿qué sentido tiene lo que hago? ¿Quién soy realmente? ¿Qué debo hacer con los talentos que me han sido dados?
Y despierta una sed interior.
Relacionarnos con el silencio hoy supone conquistar un espacio profundamente humano. Resistir a la tentación de salir corriendo, afinar la mirada y el oído, dilatar el tiempo y descubrir la presencia en lo que parecía vacío.
Guardar silencio no es quedarse sin nada. Es bucear en la realidad y atreverse a escuchar lo que ya está ahí. Es permitir que la realidad en su profundidad diga algo que dé significado a lo que vivimos.
Porque quien ha atravesado el silencio comienza a experimentar una especie de orientación interior que no depende tanto del ruido exterior. Y entonces, paradójicamente, el silencio deja de dar miedo y pasa a ser buscado. Se convierte en un lugar al que volver. Se convierte en una casa -una morada- interior que, aunque a veces olvidemos, necesitamos para poder habitarnos de verdad, comprender nuestra vida y el sentido de la misma.
«Cuando buscamos el silencio, decidimos qué no escuchar y de qué ruidos no dejarnos distraer. Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.» Discurso del Santo Padre León XIV en la Plaza de Lima (Madrid). Sábado, 6 de junio de 2026


