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Una declaración de intenciones

La semana pasada un viejo amigo invitó a muchos viejos amigos a cenar asado. Un jueves, a cenar, con muchos exámenes por corregir y levantándome el viernes a las 6 de la mañana.

Últimamente, la respuesta automática para mí, cuando se me plantean planes tras la puesta de sol —los niños— es la negativa. En esta ocasión me animó mi mujer y dije que sí. Era una convocatoria atípica donde el denominador común era el Departamento de Humanidades de la universidad. Tiendo a anticipar el resultado de las cosas antes de que sucedan y a menudo me privo a mí mismo de la posibilidad de que algo me pueda sorprender.

Recuerdo un artículo de Félix de Azúa que concluía afirmando que “nuestra sociedad está condenada a no conocer lo inesperado” y que nos había invadido “el tedio de la quietud”. Es el automatismo del ‘no’ lo que es terrible, es el impedimento a priori lo que me da miedo. Mi tendencia a negarme la posibilidad de que pueda suceder algo distinto de lo que ha sucedido ya demasiadas veces.

Me digo, mintiéndome, que esto me pasa desde hace poco tiempo y que estamos en una época difícil con mucho trabajo y niños pequeños. Me excuso huyendo hacia adelante.

Y, con todo, aquella cena me sorprendió mucho más que su convocatoria. Es decir, mi vida grita constantemente lo contrario: cuando doy espacio a la mera posibilidad, sucede algo que ilumina lo cotidiano. Frente a mi tendencia —nuestra tendencia— a convertirme en dictador de la realidad, mi experiencia es que la vida se resuelve en la obediencia.

Escribo esto como quien deja de fumar y se lo dice a todo el mundo para que después se lo afeen cuando le vean con el cigarrillo en la boca y el mechero encendido.

Para recordar —aunque solo sea para recordarme a mí mismo— que todo lo que tenemos es un ‘sí’ que es fecundo solamente cuando brota del agradecimiento. Y que este ‘sí’ agradecido es capaz de transformar el mundo.

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