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Mañana en la batalla piensa en mí

Victoria Hernández. Profesora de Literatura UFV.

Este armónico adagio da título a una de las novelas de Javier Marías (Debolsillo, 2014) y procede de unos versos de la inmortal obra de Shakespeare, Ricardo III. Durante la escena III del acto V, los espectros de los asesinados presa de la infame codicia del rey se aparecen al protagonista uno a uno en sueños la noche anterior a la batalla de Borsworth. El de la Reina Ana, su difunta esposa, sentencia así: “Mañana en la batalla piensa en mí, caiga tu espada sin filo, desespera y muere”.

No imagino peores augurios para un enemigo, y así lo cree también C. S. Lewis cuando pone en boca de la Bruja Blanca estas palabras mientras asesina a Aslan la noche anterior a la batalla final. Y aquí y ahora, en nuestro Borsworth particular, la noche anterior a la batalla, velamos armas y rogamos que todo pase raudo; que las bajas no sean incontables; que no nos abandone el valor en la hora decisiva; que el enemigo sea débil y muerda el polvo; que ofrezca, cobarde, su reino por un caballo con el que huir.

Lady Ana dedica, sin embargo, este dulce presagio a Richmond, el aspirante de la casa Lancaster: “¡Tú, alma tranquila, duerme con sueño tranquilo! ¡Sueña con el éxito y la feliz victoria! Vive y florece. La mujer de tu adversario reza por ti”. ¡Vive y florece! Como una salmodia, todos los enemigos difuntos de Ricardo, repiten su buenaventura. Y aquí y ahora, en la vigilia de la contienda, velamos armas elevando la plegaria que mantiene la esperanza, que aviva el coraje, que afila las espadas, que vive y florece.

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